Por qué las niñas dejan de creer que valen para las matemáticas a los seis años
La profesora María Villarroya Gaudó lleva décadas promoviendo vocaciones científico-técnicas entre las niñas. Su diagnóstico es incómodo: la brecha no nace en la universidad, sino en la Educación Primaria. Según un estudio con 2.000 escolares de Aragón y 200 docentes, las niñas ya sienten que se les dan peor las matemáticas mucho antes de elegir carrera. Y el profesorado no lo ve. En 160 de los 200 casos, los maestros respondieron que «nunca» o «casi nunca» habían notado esa percepción. El dato descoloca: no hay una barrera legal, pero sí un condicionante social que pesa desde los seis años.
Una ingeniera en cada cole: de 5 voluntarias a más de 500
El proyecto que Villarroya Gaudó impulsa junto a otras compañeras empezó con cuatro o cinco ingenieras voluntarias. Una reseña en el suplemento
Tercer Milenio del
Heraldo de Aragón sirvió de reclamo. Hoy son más de 500 voluntarias y han pasado por las aulas más de 20.000 escolares, incluidos entornos rurales de Aragón. La clave, según la investigadora, no son los grandes referentes mediáticos, sino los próximos: la ingeniera que estudió en tu colegio, la que vive en tu barrio. «Hacen falta referentes, no solo de grandes mujeres y grandes científicas reconocidas, sino próximos», explica.
El porcentaje de mujeres en carreras de ingeniería sigue por debajo del 30% y, en algunas ramas, del 20%. La divulgación intenta corregir esa tendencia trabajando con alumnado y profesorado, para que «cuando las niñas tomen una decisión, lo hagan contando con toda la información y tengan igualdad de oportunidades».
El desfase entre lo que las niñas sienten y lo que los maestros ven
El estudio en Aragón encuestó a 2.000 escolares de Primaria y 200 docentes. Las respuestas de las niñas mostraban que sentían que se les daba peor las matemáticas. La pregunta al profesorado era directa: ¿habían notado esa percepción? La respuesta fue «nunca» o «casi nunca» en 160 de los 200 casos. Esa ceguera docente explica por qué muchas niñas enfocan su futuro profesional a ramas biosanitarias, de humanidades o de ciencias sociales.
Villarroya Gaudó también señala un sesgo en la propia carrera investigadora: cuando las mujeres son minoría en ámbitos como la Informática o la Ingeniería, los resultados de sus trabajos tardan más en tenerse en cuenta. «A veces nosotras tenemos más miedo al fracaso y al error en las aulas y el profesorado debe ser consciente», detalla.
El libro y la asociación: 17 amigas y un experimento para cada una
La profesora es promotora de
10001 amigas ingenieras, un libro que explica qué es la ingeniería a través de la experiencia de 17 amigas, cada una con un experimento pensado para niños y niñas a partir de 6 años. Se publicó mientras presidía la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas en Aragón (AMIT-ARAGÓN), fundada para fomentar la plena incorporación en igualdad de condiciones de las mujeres en el sistema de Ciencias y Tecnología.
El libro no es un manual técnico. Es una herramienta de divulgación que busca que las niñas se vean reflejadas en profesionales cercanas. La estrategia no es convencer, sino mostrar. Y ahí entra el dato que descoloca: si la percepción de incapacidad aparece a los seis años, cualquier intervención posterior llega tarde.
La brecha que no se cierra con charlas
El debate sobre la presencia de mujeres en carreras técnicas tiene una derivada incómoda: la empleabilidad y el retorno económico de esos estudios. La propia investigadora reconoce que la minoría femenina en Informática o Ingeniería provoca que los resultados de sus trabajos tarden más en tenerse en cuenta. No es solo una cuestión de acceso, sino de reconocimiento posterior.
El proyecto
Girls Day, en funcionamiento desde 2008, acerca las vocaciones científico-tecnológicas a alumnas de la ESO y Bachillerato de la mano de mujeres profesionales. La conclusión que sacaron Villarroya Gaudó y sus compañeras es que muchas chicas tenían asentada la idea de que no valían para esas carreras desde etapas educativas anteriores. La intervención, por tanto, llega cuando el prejuicio ya está instalado.
¿Sirven las charlas para revertir una percepción que se forma a los seis años? La respuesta no está en los datos. Lo que sí está es el desfase: menos del 30% de mujeres en ingeniería, más de 500 voluntarias intentando cambiarlo y 160 docentes que no ven el problema. Con esas cifras, la brecha no se cierra con buena voluntad.