España es campeona del mundo de fútbol femenino: 1-0 y mucho ruido
España ganó el Mundial de
fútbol femenino y no ha sido capaz de ponerse de acuerdo ni en la celebración. El marcador se cerró con un
1-0 frente a Inglaterra, un título para una selección recompuesta a toda prisa tras el boicot de las veteranas. El mérito deportivo no admite discusión. El relato público que lo envolvió, en cambio, se fue por otros derroteros el mismo día de la final.
Y no es una forma de hablar. A las pocas horas, el tema estrella dejó de ser el gol, la defensa o el portero. Era un beso en la entrega de medallas, un tuit de la ministra de Igualdad y una portada extranjera que titulaba con violencia sexual. La victoria deportiva quedó de fondo, como el ruido del aire acondicionado.
El 1-0 contra Inglaterra y una plantilla recompuesta a la fuerza
El partido se siguió con España por delante desde antes del descanso, 1-0, y con la segunda parte arrancando mientras medio país hacía cuentas. En el campo, un bloque cosido con alfileres: una parte importante de la plantilla renunció a ir al Mundial y, según el recuento que hace un participante del hilo,
doce jugadoras nuevas entraron en la lista. Una lectura que circula en el hilo es que el seleccionador acertó al tirar de piernas frescas y dejar fuera a las veteranas. La menos amable sostiene que el nivel del torneo no daba para más y que cualquier equipo con orden habría competido igual.
Hubo incluso quien vio en la final la prueba definitiva de un teorema incómodo: con un hombre en el banquillo y un grupo de jugadoras ordenadas, el resultado llegó igual que habría llegado sin tanto folclore. Es una hipótesis, no un dato, y como hipótesis se sostiene regular.
El boicot a Vilda: las que no fueron también están en el resultado
Parte de la plantilla renunció a la convocatoria antes del torneo. Es la parte incómoda que ninguna celebración tapa: el equipo que levantó la copa no era el equipo que debía haberlo hecho, y varias de las mejores se quedaron en casa por un conflicto interno que nunca se cerró del todo. Hay quien subraya que el Estado había invertido más que nadie en médicos y preparadores para ese grupo, y que el título llegó igualmente, con o sin las que dijeron no.
La comparación que más circula es la del Mundial masculino de 2010: entonces nadie tituló aquello como un hito histórico del hombre español. La reflexión es simple — el éxito se mide distinto según quién lo firma, y esa asimetría incomoda a los dos lados de la trinchera.
El beso en las medallas y el tuit que se comió la final
El episodio que arrasó la actualidad fue un beso en la entrega de medallas a la jugadora Jenni Hermoso. La ministra de Igualdad, Irene Montero, publicó que dar un beso sin consentimiento es una forma de violencia sexual que no se debe normalizar, y esa lectura marcó la agenda de los días siguientes. Otra corriente del análisis sostiene justo lo contrario: que se ha instrumentalizado el episodio para colocar a la campeona en el papel de víctima y no en el de campeona, que es lo único que había pedido.
Entre las dos versiones se perdió el partido. Y el asunto quedó abierto, sin una resolución que lo cerrara, mientras el equipo celebraba el título.
RTVE y la prensa británica: dos coberturas y dos relatos
La televisión pública emitió el análisis del descanso con una mesa integrada solo por mujeres, un detalle que se comentó más que el propio juego. Y la prensa británica tituló que España había ganado «a pesar del seleccionador», acompañando la pieza con la etiqueta de violencia sexual del beso.
Dos coberturas, dos relatos. La cobertura dejó de describir un partido para posicionarse sobre quién tenía derecho a celebrarlo y con qué palabras.
¿Por qué se discute más la política que el fútbol?
Porque en el deporte profesional hay política desde el momento en que hay dinero público, federaciones y cuotas. La sospecha de que un Estado puede engordar un palmarés invirtiendo en disciplinas con poca competencia es vieja y no la inventó nadie este mes: es el reproche clásico a cierto medallero olímpico.
Lo que cambia con un Mundial femenino es la escala. El escaparate es enorme, el público también, y cada actor tiene interés en colgarse la medalla: unos por el empoderamiento, otros por la igualdad, otros simplemente porque la victoria es de todos. El resultado es un título que nadie deja tranquilo y que sirve de argumento para cualquier causa menos la deportiva.
A eso se suma el cansancio. Hay una parte del público que hace tiempo que dejó de seguir el fútbol, masculino incluido, y que anticipa con resignación la
turra que llega: semanas de soflamas, declaraciones institucionales y celebraciones televisadas de un deporte que ya casi nadie ve entero.
Queda la pregunta aburrida: si el equipo hubiera perdido, ¿de quién habría sido la culpa? Con este precedente, la próxima gran cita internacional llegará cargada de expectativas cruzadas. Quien ganó en el campo tendrá otra vez el titular; quien no juega en el campo, otra vez el megáfono. Y conviene no apostar muy fuerte a que el próximo debate sea, por fin, sobre fútbol.