Vuelta a Pontevedra: 700 euros de alquiler y una empresa que se va
Trece años fuera y quince días de vuelta. Ese es el intervalo con el que este regreso ha vuelto a medir la ciudad, después de un periplo por Barcelona, Gerona y Toledo, y el resultado no encaja con el relato del despegue gallego. Pontevedra tiene
83.000 habitantes y una casera que tardó
24 horas en colocar un piso de 90 metros por 700 euros al mes, con cola de candidatos. En el otro platillo,
una de las mayores empresas de la ciudad ha anunciado que se marcha a Madrid y la noticia no ha sido portada en la prensa local. Ni siquiera ha aparecido en el medio digital de la competencia.
700 euros por 90 metros y cola de inquilinos
Un piso de alrededor de 90 metros cuadrados en un barrio medio de la ciudad se cierra en
700 euros al mes. La casera apenas necesitó 24 horas y tuvo lista de espera. Para una urbe de 83.000 habitantes, ese comportamiento responde a la escasez y a una demanda sostenida de funcionarios y profesionales.
El diagnóstico de quien vuelve apunta a una ciudad
más envejecida, con una escena social distinta y un relevo visible en sus élites. Los vástagos de las familias acomodadas se marchan a Madrid, y en su lugar llega población del resto de Galicia. El resultado, se sostiene, es un lugar con ínfulas de modernidad y un fondo cada vez más pueblerino. La paradoja se aguanta mal: la ciudad envejece y, sin embargo, la vivienda se ha convertido en un bien escaso.
Una de las mayores empresas de la ciudad se muda a Madrid
El tejido productivo existe, solo que nadie parece mirarlo. En el polígono cercano de O Campiño operan
Aludec, Arnoia, Mape y Comercial Martínez Sánchez, propietaria de Cash Galicia. A eso se suman las empresas pesqueras de Marín y la proximidad de Vigo, a menos de treinta kilómetros.
La que se va es Eidf, con sede en Barro. Ocupa, según este diagnóstico, el tercer puesto local por tamaño, solo por detrás de San José —que tiene la sede central en Madrid— y de Froiz. Su traslado a Madrid no fue portada en el
Diario de Pontevedra y no mereció ni una línea en el digital de la competencia.
Lo que sí ocupa titulares es que en Pontesampaio, una parroquia del municipio, no haya médico, o la fiesta corsaria de Marín. La desconexión entre la ciudad y su propia economía no es nueva, pero quien vuelve la percibe más profunda que hace una década. El detalle de qué empresas sostienen realmente el empleo comarcal, con nombres y sectores, da para un mapa que la conversación pública ignora.
Hostales, lavanderías y geriátricos: el negocio que sí crece
Alrededor del Camino de Santiago, que atraviesa el casco urbano, han proliferado albergues y lavanderías hasta extremos que sorprenden: aparecen junto a la estación de tren y en pleno centro, a la altura de Uxío Novoneyra. En paralelo se multiplican los geriátricos y las empresas de cuidados. Una de las que más trabajadores emplea en la ciudad es
Idades, dedicada a la atención a dependientes. El envejecimiento deja de ser un tema de portada y se convierte en un sector económico con plantilla.
El Casino que se apaga y un cumpleaños con espectáculo
El Liceo Casino, sociedad de recreo más elegante de la ciudad, tiene pinta de estar medio muerto. Ya estaba en decadencia cuando el empresariado dejó de interesarse por él y quedó reducido a club de médicos y abogados, con el baile de las fiestas locales como única excepción. Su rival, el Casino Mercantil, está peor. La nueva directiva la encabeza un miembro de la familia propietaria del hospital privado, vendido años atrás al grupo Quirón.
El episodio más comentado ha sido otro: la reserva de parte de las instalaciones para el cumpleaños de dos socios, con un espectáculo de la cantante Leticia Sabater. El revuelo fue inmediato. Sobre el fondo cultural pesa el mismo diagnóstico que se aplica a Cataluña: fuera de la escena autóctona —Baiuca, Mercedes Peón, Susana Seivane— hay poco donde agarrarse desde que Caixanova dejó de financiar la vida cultural de la ciudad.
¿Por qué se oye más gallego que hace trece años?
Es uno de los cambios más notables. Sin ser mayoritario, en quince días se escuchan conversaciones en gallego que antes eran improbables en la ciudad. El fenómeno ha derivado en un choque de marcos. Una parte sostiene que la lengua es la base misma de la cultura y que sin idioma propio no hay diferencia real. Otra responde que las diferencias culturales entre pueblos que comparten idioma no son anecdóticas, que los furanchos y la retranca seguirían ahí sin la lengua, y que el discurso del idioma como seña de identidad bebe de un victimismo construido.
De fondo asoma la escuela y la televisión pública, con un canal autonómico frente a decenas en castellano, y la sospecha —discutida— de que el modelo avanza en la dirección del catalán, aunque partiendo de una situación distinta.
«Pontevedra está muy sucia»: la pelea sobre limpieza y ratas
La acera fue el primer campo de batalla. Quien vuelve sostiene que la ciudad está muy sucia, con puntos negros que persisten incluso en Benito Corbal, la arteria comercial, y la compara con Toledo, el centro de Madrid o Vigo. La réplica llegó rápida: comparar el centro de Pontevedra con el de Madrid es, se dice, un clásico, y la única ciudad gallega donde este interlocutor ha visto ratas grandes y sin temor es Vigo, en pleno Urzaiz. Hay desacuerdo hasta en la limpieza, que es lo más objetivo del mundo.
Lo que se atasca
La parte amable son las conexiones:
Pontevedra-Vigo Urzaiz en 13 minutos, estación intermodal, trenes a Coruña y Santiago que nada tienen que ver con lo que había. La parte incómoda es que, con esos tiempos y esos precios, la ciudad debería atraer población y actividad de forma masiva. No ocurre. Y nadie termina de cuadrar por qué.