La conspiración de la entrega: un bulo que gana adeptos
Las ciudades autónomas son la única frontera terrestre de la Unión Europea en África. Su soberanía parece blindada por la Constitución y por la voluntad de la mayoría de sus habitantes. Pero hay una corriente —soterrada en redes y grupos de mensajería— que sostiene lo contrario: España estaría preparando la cesión de Ceuta y Melilla a Marruecos a través de un plan de desgaste y hechos consumados.
El relato se apoya en supuestas órdenes a las Fuerzas de Seguridad de no intervenir durante una entrada masiva de migrantes. A partir de ahí, se hilvana la tesis de que miles de presos marroquíes —hablan de 20.000— deambulan por Ceuta para forzar el abandono de la población española. La Casa Real estaría chantajeada por Marruecos con el Sáhara y con la herencia de la Marcha Verde de 1975, de modo que acabaría entregando las plazas para salvarse. Ni Canarias se libra: el Mundial de 2030 aparece como fecha simbólica para una eventual entrega, y algunos extienden el plan a Andalucía.
El contraargumento
Frente a esta tesis, el escepticismo recuerda que cualquier cesión de soberanía exige un proceso político y jurídico visible, no simples incidentes fronterizos. La presión migratoria real no equivale a un complot. Y las pruebas, cuando se piden, se disuelven en generalidades. «Intentar entender a un musulmán desde el punto de vista occidental trae consigo errores fatales de interpretación», advierte una de las líneas más reflexivas de esta corriente de opinión, que prefiere no reducir todo a una conspiración contra España.
Lo curioso es que la teoría ni siquiera se detiene en las fronteras. Según los más exaltados, el plan ya se está aplicando en el resto de la Península, con episodios como Torre Pacheco como supuesta prueba del ensayo general.
La pregunta queda en el aire: ¿por qué, pese a la falta de evidencias, este relato sigue creciendo? Quizá porque la opacidad oficial sobre la gestión de la frontera sur convierte cualquier explicación alternativa en creíble. Y eso, en plena era de la posverdad, es un problema tan real como las propias fronteras.