La minifalda en misa y el fin de la iglesia como obligación social
La escena tiene lugar en los Escolapios de la Plaza Santa Ana de Mataró: una celebración de confirmación presidida por el obispo y adolescentes en minifalda y minishort. En los años 60 y 70 esto no pasaba; entonces se vestía largo y el traje de domingo era obligatorio. Ahora también abundan los hombres en bermudas. La pregunta es si a Dios le importa el largo de la tela o si el escándalo es pura nostalgia sociológica.
De la obligación social a la libertad individual
Hay quien sostiene que la minifalda en misa no es el fin de la cristiandad, sino el fin de la iglesia como acto social del pueblo. Antes se iba de domingo porque era el único acto comunitario, no por devoción. La piedad era fachada: la madre se ponía el vestido de los domingos y en casa el padre no la dejaba abrir la boca. La vestimenta era el uniforme de la hipocresía, y su caída no debería confundirse con una pérdida de fe.
Otros, en cambio, separan la libertad de vestimenta del respeto al rito. No les molesta la minifalda en un banco, pero sí ver a un adulto comulgar en chanclas y pantalones cortos. La frontera es difícil de trazar y cada cual la coloca donde le conviene. Lo único que no se discute es la anécdota: el caso de Mataró, con el obispo presidiendo la confirmación y las chicas en minishort, se ha convertido en símbolo de un cambio cultural que nadie sabe muy bien cómo gestionar.
La teología y el islam como espejo
La discusión derivó incluso hacia la exégesis bíblica. En el Evangelio de Juan (21,7), Pedro se echa al agua al ver al Señor y se ciñe la ropa de la que se había despojado. El pasaje dio para un debate sobre si vestirse era un gesto de respeto o puro instinto, pero la conclusión práctica parece clara: ni Cristo ni los santos se escandalizan por ver unas piernas.
La comparación con otras religiones se antoja inevitable para algunos. En una mezquita, una mujer en minifalda no duraría ni un minuto. Es cierto, pero eso dice más de la rigidez de otros cultos que de una supuesta superioridad católica. La incomodidad que produce el vestuario ajeno es casi siempre un problema del que mira, no del que viste.
El dato que descoloca de todo este episodio es el más simple: cuanto más control social había, más ropa se llevaba. Y hoy, quien más critica la minifalda suele pasar más tiempo mirando las piernas del prójimo que el altar. El pudor no ha cambiado de siglo; ha cambiado de bando.