Por qué 3.500 euros netos en Europa no son lo que parecen
Un guía turístico en Islandia lo soltó sin anestesia: allí un sueldo normal son
3.500 euros al mes, y a partir de 5.000 se considera bueno. Quien lo escuchó había dado por hecho que en el norte de Europa cualquier cuarentón con vivienda en propiedad pasaba de los 4.000 sin despeinarse, y sospechaba que esos salarios bajos eran cosa de treintañeros. La realidad de las nóminas que circulan por Bélgica, Países Bajos y Centroeuropa es más terrenal: la mayoría se mueve entre
2.500 y 3.500 euros netos, y rebasar los 4.000 exige mucho más que cumplir años.
Entre el relato de la Europa próspera y el papel de la nómina hay un trecho.
Gracias a la suciamemocratia, ironizaba la tesis inicial. El asunto de fondo es otro: ¿dónde se ha quedado el dinero de la zona más rica del planeta?
Las nóminas que llegan de Flandes, Holanda e Islandia
Los casos concretos que se han ido acumulando rompen el mito. Ingenieros, administrativos y mandos intermedios de Flandes y Países Bajos, muchos por encima de los 45 años y con casa en propiedad en España, presentan nóminas que no pasan de
3.500 euros al mes. La explicación más repetida es que el salario depende del trabajo y no del país, y que en cualquier promoción universitaria convive quien no llega a 1.000 euros con quien supera los 400.000 al año.
Lo que sí marca diferencias es la estructura del mercado. Quien sale de una ingeniería y entra en una multinacional —farmacéutica o energética— parte de un punto muy distinto. Fuera de eso, el grueso del
empleo asalariado europeo se queda en una franja media que apenas se despega de la española en términos nominales. Un administrativo alemán puede estar en 1.800 o 2.000 euros, más que aquí, pero tampoco
muchísimo más.
¿Cuánto hace falta en Madrid para vivir como en Lausana?
Aquí aparece el dato que desmonta la comparación simplista. Mantener el mismo nivel de vida que con
7.800 euros al mes en Lausana exige
3.600 euros en Madrid. El salario neto medio mensual de Lausana ronda los 5.400 euros; el de Madrid, los 2.500. La proporción se mantiene en ambos casos, y ahí está la clave: la brecha nominal es enorme, la brecha real se estrecha.
La duda es qué lado de la balanza pesa más. Hay quien sostiene que la capacidad de ahorro en Suiza es inalcanzable en España; la respuesta contraria subraya que tener que comprar la cesta semanal en Francia o Alemania para que el sueldo cunda revela un modelo caro por definición. Ninguna de las dos posturas se cierra del todo.
Los 3.000 francos que son los 1.000 euros de aquí
La correlación que más se repite al hablar de poder adquisitivo es contundente: lo que se puede hacer con 3.000 francos en Suiza equivale a lo que se hace con 1.000 euros en España. En Zúrich, un alquiler por encima de los
2.000 euros se come media nómina alta. Un trabajador sin cualificación ronda los 3.000 al mes, cierto, pero el coste de la vida se lleva buena parte y quien se queda sin cubrir esas cifras trabaja por menos.
Holanda, en cambio, se percibe como mucho más española en precios. Ese matiz rompe la ecuación de que a más PIB, más margen. Y explica por qué media Europa vive con la sensación de que el sueldo se evapora antes de llegar a fin de mes.
El bruto que nunca se ve en la cuenta
Hay un factor que distorsiona todas las comparaciones: el neto mensual no equivale al coste real del trabajador. Alrededor de un
30% del salario queda oculto en forma de cotizaciones a cargo de la empresa. Si ese importe apareciera en la nómina, una retribución bruta de 2.700 euros se quedaría, tras IRPF y cotizaciones, muy por debajo de los 1.800.
A eso se suman los extras que no figuran como sueldo: cheques restaurante, renting de coche, ordenador y móvil de empresa, planes de pensiones privados, dietas, seguro médico o ayudas de guardería. El desglose completo de partidas cambia el resultado de cualquier comparación. Medir dos nóminas por el ingreso neto es comparar peras con manzanas, y es el argumento que más se repite cuando alguien presume de retribución en un país del centro de Europa.
El ladrillo que sí aguanta la comparación
Donde España sale peor parada no es en el sueldo, sino en el precio de la vivienda. Un piso de
235.000 euros en Dordrecht, a media hora de Róterdam, sirve como ejemplo de lo que en Barcelona o Bilbao exigiría bastante más dinero. La conclusión es incómoda: incluso con nóminas mediocres, el mercado inmobiliario del centro de Europa permite comprar antes.
En el lado opuesto, en Valencia el sueldo más habitual, al margen del sector público, es la base:
1.080 euros brutos. Y hay quien recuerda que cualquier funcionario municipal cobra 2.000 netos al mes, mientras en un mismo entorno laboral se puede bajar de esa cifra. Dos realidades del mismo país.
Lo que no sale en la nómina
La estabilidad laboral o la tasa de desempleo juvenil también cuentan, y no se ven en un recibo de sueldo. Tampoco la fiscalidad, que castiga con dureza al soltero sin hijos en buena parte del continente, ni la inflación que se come el poder de compra. Comparar países por la cifra que llega a la cuenta es, en el mejor de los casos, media película.
Lo llamativo es que casi nadie discute los números. Discuten qué significan. Y la conclusión que descoloca no es un sueldo alto o bajo: es que en España hay quien no conoce a nadie que llegue a 2.000 euros al mes, mientras en Europa quien cobra 3.500 se plantea si llega.