Bilbao, una bandera de Ucrania y el viejo relato ETA-Kremlin
Un único asistente con la bandera de Ucrania y un grupo de independentistas vascos que ocultan sus caras en una plaza de Bilbao. La escena, descrita en redes sociales, ha reabierto un interrogatorio que lleva medio siglo sin cerrarse: si ETA fue una pieza del Kremlin, si nació en una sacristía o si la trajo Washington. La convocatoria se enmarca en la
guerra de Ucrania y se presenta como hostil hacia los refugiados ucranianos. Lo que ha encendido el intercambio no es el cartel, sino el relato sobre los orígenes del terrorismo vasco y sobre quién lo sostuvo durante décadas.
¿Por qué se vincula a ETA con el Kremlin?
El vínculo se apoya en la pertenencia de ETA al bloque comunista y en el apoyo material que habría recibido de Cuba y de la URSS. Según esta lectura, el primer grupo de etarras llegó a Cuba en
1964 y pasó por campamentos de instrucción supervisados por oficiales de la KGB, con el campo de Güines como referencia, además de entrenamiento por la OLP en Líbano. La tesis se refuerza con una coincidencia: la caída de la Unión Soviética coincide con el desplome de los asesinatos atribuidos a la banda, y el repunte llega con Putin en el poder. Correlación no es causalidad, pero el patrón se repite como si lo fuera.
A esa línea pertenece también la financiación en rublos y las conexiones que se sitúan en la estela de la Komintern. En el extremo más duro, hay quien sostiene que el separatismo armado le debe su existencia al Kremlin y que parte del independentismo vasco actual sería heredero directo de esa órbita. El origen de la banda, en cambio, se discute: unos lo sitúan en una sacristía, otros directamente en una agencia extranjera.
Los apoyos de Cuba, Argelia y la URSS
El documento más citado es la investigación periodística
La red del terror, firmada por Claire Sterling y resumida en la prensa española en 1981, que atribuía a Cuba, Argelia y la Unión Soviética el respaldo a ETA. La referencia se completa con la Conferencia Tricontinental de La Habana y con la red de campamentos de instrucción montada en la isla bajo supervisión soviética.
El argumento se apoya también en los destinatarios de ese respaldo. Frente a la objeción de que Cuba o Argelia no son Moscú, la respuesta es que operaban como satélites de la misma órbita. Y frente a la objeción de que ETA mataba en España y no en la URSS, la contrarréplica es que la utilidad de una banda armada se mide en la desestabilización del adversario, no en el territorio donde coloca la bomba.
Uno de los episodios citados para dar carta de naturaleza al relato es el asesinato de una niña de año y medio en San Sebastián el 28 de junio de 1960, con el que se fecha el arranque de la violencia etarra. El dato se usa para cortar de raíz cualquier lectura épica del grupo.
La versión opuesta: la CIA, el GAL y Gladio
Frente a la tesis del Kremlin, otra corriente sostiene exactamente lo contrario: que ETA es un producto de Washington. Los indicios que se enumeran son el santuario francés, la buena prensa en Estados Unidos, la ley de Amnistía de 1977 y una nómina de mediadores internacionales de postín —el ex secretario general de la ONU Kofi Annan, la ex primera ministra noruega Gro Harlem Brundtland, el ex ministro francés Pierre Joxe o el ex jefe de gabinete de Tony Blair, Jonathan Powell—.
A eso se añade que la CIA se dedicaba a la subversión ideológica a través del Congreso por la Libertad de la Cultura, con financiación oculta, y que el marxismo cultural que hoy se combate llegó precisamente desde las universidades estadounidenses. Sobre el GAL, que comienza en
1983, se apunta a la OTAN y a la operación Gladio: terrorismo y contraterrorismo como un mismo mecanismo. Es la hipótesis espejo, y no tiene menos agujeros que la primera.
Cuando se pregunta a los defensores de esta versión por Venezuela o Cuba, la respuesta se desplaza: si el refugio de etarras en esos países prueba algo, dicen, también lo probaría la tolerancia francesa durante años.
¿Por qué Francia aparece descrita como santuario?
Porque durante décadas los miembros de ETA vivieron y se movieron con amplia impunidad al otro lado de la frontera. El relato señala que la policía francesa los tenía localizados y dejaba estar, y que solo a partir de 1984 empezó a colaborar de verdad en las detenciones, precisamente cuando empezó a sufrir en su propio suelo la actividad de Iparretarrak, un grupo armado que perseguía un departamento con las provincias vascas.
Ese cambio de actitud se interpreta de dos maneras opuestas. Unos lo leen como presión insoportable del Gobierno español, desesperado ante la pasividad francesa. Otros, como puro cálculo: se detiene al etarra cuando molesta en casa. En 2001 se anunció la desarticulación de la dirección del aparato logístico de ETA en Francia, un hito que cada bando coloca en su propio relato.
El refugio actual y el eco de los Montoneros
La discusión se extiende a América Latina. Se cita a Venezuela como último refugio de etarras en busca y captura, y a Argentina como precedente: tras los pactos comerciales de 1977 con la URSS, los Montoneros habrían colapsado, según la versión que circula. El dato se usa como patrón general: donde entra Moscú, el grupo armado local se apaga o se reconfigura.
La objeción contraria es que ese patrón se puede leer igual al revés, con intervenciones de otro signo. En el trasfondo está una acusación recurrente: que los sueldos de los primeros etarras se pagaron con dólares procedentes de la droga que comercializaba la CIA. La afirmación se lanza sin más prueba que la analogía.
Lo que está en juego
El trasfondo real del intercambio es geopolítico. Una parte del análisis sostiene que España es vasalla de los anglosajones y que debería romper con la OTAN; la respuesta es que Polonia y Turquía están en la Alianza y su Gobierno no rinde cuentas a nadie, y que la única razón por la que nadie ha apoyado a los separatistas catalanes en el mundo civilizado es la pertenencia a la OTAN. La discusión sobre ETA termina siempre en el mismo sitio: en si España debe estar donde está.
Si el patrón de correlaciones se sostiene, la conclusión sería que el terrorismo vasco fue un subproducto de la guerra fría y que su final depende de equilibrios ajenos. Con los datos disponibles, esa predicción tiene más de apuesta que de pronóstico. Y las apuestas, en esta plaza, se cobran tarde o no se cobran.