Sri Lanka: queman 38 casas de políticos y el ejército se despliega
La isla que el imaginario occidental asociaba a té y playas se ha convertido en un polvorín. La policía de Sri Lanka ha informado de que los manifestantes han incendiado las residencias de
38 políticos, entre ellas un complejo ecológico de alojamientos propiedad del presidente del país. El ejército ha desplegado más efectivos por todo el territorio, especialmente en la capital, para contener nuevas protestas. Y el primer ministro, Ranil Wickremesinghe, ha declarado que «los próximos meses serán los más difíciles de nuestras vidas», con cortes de electricidad diarios de hasta
15 horas porque solo disponen de petróleo «para un día».
No es una revuelta de manual. Es el resultado de una bancarrota que ya estaba escrita antes de que nadie encendiera una cerilla.
Qué ha pasado en Sri Lanka y por qué arde la isla
El detonante es económico y tiene nombre:
default. El país suspendió el pago de su deuda externa en abril, según los datos que maneja el propio debate, con vencimientos de unos
7.000 millones frente a apenas
3.000 millones disponibles. El resultado es una escasez de combustible, alimentos y productos básicos que ha llevado a la población al límite. La gente no protesta por ideología: protesta porque no come.
Las imágenes que circulan muestran vehículos de políticos arrojados al río, residencias incendiadas y una policía que, según los relatos, se ve obligada a retroceder ante la multitud. A los funcionarios se les ha pedido que no acudan a su puesto de trabajo. La caza de políticos, dicen, continúa.
Los Rajapaksa: una familia, un país en llamas
El foco de la ira está en los hermanos
Rajapaksa, que acaban de abandonar el poder. La coalición anterior a 2020 les dejaba menos margen; convocaron elecciones durante el único cierre pandémico que hicieron y lograron una mayoría abrumadora. Dos años después, los mismos que les votaron tiran sus coches al agua.
El relevo no ha calmado nada. La nominación de Wickremesinghe como primer ministro ha sido recibida con recelo: hay quien recuerda que fue él quien metió al país en la trampa de la deuda china, con el arrendamiento del puerto de Hambantota por 99 años y proyectos faraónicos como la super-isla artificial frente a Colombo. Los chinos se hacen los cautelosos, pero cuentan con él como garantía de continuidad. La oposición lo denuncia como un intento de proteger a la familia presidencial.
El efecto dominó que nadie quiere mirar
La crisis de Sri Lanka no es un caso aislado. El encarecimiento del grano tras el conflicto en Ucrania ha golpeado los mercados internacionales, y cuando falta trigo se encarecen también el arroz y la patata. En países con monedas débiles y agricultura menos desarrollada —Nigeria, Egipto, el Magreb— el cóctel es explosivo. Se habla abiertamente de oleadas migratorias que dejarían la crisis siria como una anécdota.
La pregunta no es si habrá más estallidos, sino dónde. Y la respuesta, por desgracia, es fácil: donde el cuenco de arroz vacío coincida con un gobernante que viva en un chalet.
Qué se cuece detrás: conspiración, deuda o simple hambre
En el análisis de la revuelta conviven varias lecturas. Una sostiene que se trata de un golpe orquestado desde fuera, con la OTAN como sospechosa habitual. Otra apunta a la deuda china y al puerto inútil construido con obreros chinos y calidad china. Una tercera, más prosaica, señala que la gente se pone de muy mal humor cuando pasa hambre, y que el caos se irá extendiendo por los países más pobres.
Lo que nadie discute es el dato: un país que era relativamente próspero, con reinos budistas estables y una agricultura decente, ha acabado con la luz cortada 15 horas al día. El gatopardismo de cambiar un primer ministro por otro no ha detenido las protestas. La gente quiere reformas más profundas, no un recambio de apellidos.
El precedente que Europa prefiere ignorar
Hay un detalle incómodo: los políticos viven muy bien. Para ellos, que suban los alimentos y la energía da igual. Lo dijo un comisario europeo con una

básicamente, que pasemos frío y hambre. En Sri Lanka, ese mensaje ha dejado de ser una metáfora.
La comparación con lo que puede venir aquí no es alarmismo, es aritmética. Cuando el precio de la cesta de la compra se come el salario, la paciencia se agota. Y la paciencia, en Europa, también tiene fecha de caducidad.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar que la crisis se extienda a otros países endeudados y con monedas frágiles antes de que acabe el año. Lo que no está escrito es si alguien con poder hará algo antes de que la mecha llegue a su portal.