Un analista alerta de que China se prepara para la guerra con EEUU
El analista Jonathan D. T. Ward sostiene que China se está preparando activamente para un conflicto armado con Estados Unidos. Su currículum, que incluye asesoría al Pentágono y dominio de ruso, chino, español y árabe, le otorga credibilidad para algunos. La tesis ha reabierto el pulso sobre si la guerra es inevitable o si se trata de una pieza más de la maquinaria de propaganda. El eco de sus declaraciones ha llegado a un foro donde la desconfianza hacia el relato oficial es la norma.
Quién es Jonathan D. T. Ward y por qué importa
El nombre que ha encendido la mecha es el de
Jonathan D. T. Ward. Su perfil, difundido en medios como Fox Business y El Confidencial, incluye una trayectoria como asesor del Pentágono y un conocimiento profundo de la geoestrategia de China e India. Habla ruso, chino, español y árabe. Para una parte del público, ese currículum es garantía de que sabe de lo que habla. Para otra, es exactamente el tipo de credencial que convierte a alguien en altavoz de la línea oficial de Washington.
La discusión no tardó en virar hacia el medio que lo publica.
Fox es descrito por algunos como el equivalente estadounidense del
Pravda, un vehículo de propaganda más que una fuente neutral. Esa sospecha no invalida automáticamente el análisis, pero sí explica por qué muchos lectores reciben la noticia con la ceja levantada.
El choque de narrativas: ¿amenaza china o cerco estadounidense?
La tesis de Ward no ha caído en saco roto, pero ha chocado con una contra-narrativa bien armada. Hay quien sostiene que China no se está preparando para atacar, sino para defenderse de un cerco económico y militar que lleva años estrechándose. Se argumenta que Pekín compra materias primas e hidrocarburos a Rusia con descuentos de hasta el
20% gracias a las sanciones occidentales, y que se está autoabasteciendo para lo que pueda venir sin ceder a las presiones de la UE ni de EEUU.
En el otro extremo, una corriente de opinión señala que China no se defiende de nada: que lleva décadas expandiéndose e invadiendo territorios —Tíbet, Xinjiang, Yunnan, Mongolia Interior, Manchuria— y que ahora apunta a Taiwán. La comparación con Rusia y Ucrania aparece de inmediato: se dice que Moscú también afirmaba defenderse y acabó invadiendo. La diferencia, apuntan, es que Taiwán tiene un ejército mucho más poderoso que el ucraniano y espera el ataque.
La sombra de 1913 y el control financiero de EEUU
El hilo deriva en un momento hacia la historia financiera de Estados Unidos. Se cita a
Thomas Jefferson, quien en
1802 advirtió de que las instituciones bancarias eran más peligrosas para las libertades que ejércitos enteros. La cita se usa para argumentar que el control de la moneda por bancos privados, consolidado en
1913 con la creación de la Reserva Federal, convirtió a EEUU en un instrumento de élites financieras. Desde esa óptica, la guerra con China no sería un choque de civilizaciones, sino la consecuencia de un sistema que necesita enemigos para sostenerse.
La discusión sobre el poder financiero se entrelaza con la idea de que EEUU no aceptará perder su hegemonía sin conflicto. Se afirma que ninguna potencia mundial ha cedido su liderazgo pacíficamente, y que Washington, con problemas internos crecientes, podría ver la guerra como la única salida. Es una hipótesis, no un hecho, pero conecta con el malestar general hacia el orden establecido.
Europa como campo de batalla y el miedo al desenlace
Uno de los puntos de mayor consenso es el temor a que Europa, y España en particular, acabe siendo el campo de batalla de un conflicto entre gigantes. Se argumenta que cuando dos ejércitos se enfrentan, el terreno se elige por su valor estratégico o por su prescindibilidad. Y Europa, en esa lógica, no sale bien parada. La idea de que la guerra se libre en el Pacífico o en territorio estadounidense y chino es vista por algunos como un mal menor, casi una esperanza.
El miedo a una escalada nuclear recorre varios mensajes. Se especula con que Occidente impondrá sanciones a China por no sumarse a las sanciones contra Rusia, lo que llevaría a una inflación del
100% durante años y a un retroceso económico sin precedentes. La sensación de que el mundo camina hacia un conflicto total se mezcla con la ironía: algunos bromean con que la guerra nuclear llegará antes de que les salgan canas.
El papel de Taiwán y la lógica de la disuasión
Taiwán aparece como el punto caliente más probable. Se recuerda que China no tiene veteranos de guerra recientes y que una operación anfibia sería una pesadilla logística. Taiwán, mientras tanto, está comprando armas a ritmo acelerado. Esa combinación —inexperiencia china frente a preparación taiwanesa— es vista por algunos como un freno a la invasión. Otros, en cambio, creen que China no actúa por impulso, que no es Rusia, y que esperará el momento de máxima debilidad estadounidense.
La discusión sobre Taiwán se cruza con la idea de que EEUU está adoctrinando a su opinión pública para justificar una guerra. Se dice que una sola información no es nada, pero que si empiezan las acusaciones repetidas y el run run mediático, el escenario bélico se vuelve más probable. La maquinaria de propaganda, en ambos bandos, se percibe como parte del problema.
Recursos limitados y la guerra por el reparto
Más allá de las potencias, hay un trasfondo que algunos señalan como la verdadera raíz del conflicto:
8.000 millones de personas en un planeta con energía limitada, recursos naturales decrecientes y un medio ambiente deteriorado. Desde esa perspectiva, la III Guerra Mundial no sería un choque ideológico, sino la consecuencia de una competencia feroz por lo que queda. La cifra de
2.800 millones de chinos e indios frente a los 8.000 millones globales se usa para relativizar la idea de que Asia sea mayoría aplastante.
El hilo también deja espacio para la desconfianza hacia el propio Occidente. Se critica que las democracias hayan alimentado tecnológicamente a China y Rusia, permitiendo que ahora compitan con ventaja. La dependencia energética europea de Rusia se cita como ejemplo de decisiones políticas que han debilitado al continente. La conclusión, amarga, es que Europa ha sido ingenua o directamente incompetente.
El pronóstico que se impone es el de un conflicto probable, pero no inmediato ni seguro. La mayoría coincide en que la guerra no será como las anteriores: ni trincheras ni frentes claros, sino una combinación de presión económica, ciberataques y golpes en la sombra. Si estalla, dicen, será en el Pacífico o en el espacio digital, no en las calles de Europa. Aunque nadie descarta que el escenario final acabe siendo europeo. La única certeza es que el mundo se está preparando, y que la pregunta ya no es si habrá guerra, sino cuándo y dónde.