Feijóo propone cuatro días de trabajo con jornadas de hasta 9 horas y media
La propuesta de Alberto Núñez Feijóo de concentrar la semana laboral en cuatro días con jornadas que se extiendan hasta las 9 o 9:30 horas ha caído en el debate público como un artefacto de relojería mal calibrada. Sobre el papel, el trabajador gana un día libre. En la práctica, el cómputo semanal apenas se mueve y el cuerpo humano sigue teniendo los mismos límites biológicos que hace un siglo. La idea, presentada como una modernización de la jornada, ha sido recibida con escepticismo tanto por quienes defienden la reducción horaria como por quienes sospechan que detrás hay un ajuste de costes disfrazado de flexibilidad.
El primer problema es aritmético. Cuatro jornadas de nueve horas y media suman 38 horas semanales, prácticamente las 40 actuales. El supuesto avance se queda en un reordenamiento del calendario, no en una reducción real del tiempo de trabajo. Quien espere ganar horas para su vida tendrá que conformarse con un viernes libre a cambio de madrugar más y comer más rápido. La jornada intensiva, esa que en media Europa permite entrar a las 8:00 y salir a las 16:00, ni se menciona.
¿Qué pasa con el café de los funcionarios?
El argumento más repetido en contra no es económico, sino fisiológico. Concentrar la carga en cuatro días obliga a comprimir pausas, almuerzos y descansos. Hay quien calcula que el café de media mañana y la pausa del bocadillo caben en treinta minutos si se renuncia a la sobremesa. Los funcionarios, ese colectivo al que siempre se mira de reojo cuando se habla de horarios, saldrían ganando en días libres pero perdiendo en calidad de vida diaria.
En el extremo opuesto, algunos sectores ya operan con jornadas partidas de 9 a 2 y de 5 a 8, un esquema que nadie defiende y que sin embargo sigue vigente en comercio y hostelería. La propuesta de Feijóo, comparada con ese modelo, casi parece un avance. Casi.
El sector de la seguridad como espejo incómodo
La experiencia en vigilancia privada sirve de advertencia. Allí se empezó con jornadas flexibles y se acabó en turnos de doce horas, con meses de 240 horas y descansos que se caen del calendario cuando falta personal. El mismo patrón se repite en fábricas donde el turno de mañana exige levantarse a las 5:00 para fichar a las 7:00 y no salir hasta las 17:00. La pregunta que sobrevuela es siempre la misma: ¿quién cubre el hueco cuando un compañero enferma?
La respuesta habitual es el trabajador que ya está dentro, con horas extras o con turnos doblados. La flexibilidad, en la práctica, se convierte en disponibilidad permanente.
La productividad que nadie mide
El debate sobre las horas esconde otro más incómodo: la productividad real por hora trabajada. España lleva décadas con jornadas largas y resultados mediocres en comparación con países del entorno. Añadir horas al día no garantiza más output; a menudo garantiza más cansancio, más errores y más bajas. La jornada intensiva, defendida por algunos analistas como la verdadera palanca de productividad, sigue sin aparecer en ninguna propuesta seria.
Hay quien sostiene que el problema no es el número de días sino la distribución del tiempo. Otros creen que el debate es una cortina de humo para no hablar de salarios. Y unos terceros apuntan a que el calendario laboral español es un rompecabezas heredado del franquismo que nadie se atreve a desmontar.
El cálculo que no cuadra
Si se suman las horas anuales, la propuesta no reduce nada. Si se suman los desplazamientos, el trabajador gana un día sin coche. Si se suman las pausas, pierde media hora de respiro cada jornada. El balance depende de qué se ponga en la balanza. Lo que no depende de nada es el reloj: sigue teniendo 24 horas para todos.
La propuesta queda, por ahora, en el aire. Sin concreción sobre cómo se compensan las horas extra, qué pasa con los convenios colectivos o cómo se adapta el comercio, el anuncio funciona más como titular que como política. Y mientras tanto, la jornada partida sigue matando a quien la sufre.