La jornada de 37,5 horas se queda en el camino
La reducción de la jornada laboral máxima a 37,5 horas semanales, medida estrella de Yolanda Díaz en esta legislatura, se enfrenta a su primera derrota política en el Congreso. Según lo afirmado por Junts, los independentistas votarán en contra del proyecto de ley, lo que deja la reforma sin mayoría suficiente para salir adelante. El Gobierno había pactado con Sumar forzar a las empresas a recortar la jornada manteniendo el mismo sueldo, y así quedó aprobado en Consejo de Ministros. Pero el texto llega al hemiciclo sin los apoyos necesarios y con el calendario en contra: el compromiso oficial era que todos los trabajadores españoles vieran las 37,5 horas antes del 31 de diciembre de 2025, eliminando incluso el paso intermedio por las 38,5 horas que se había planteado.
Un bloqueo que se alarga y se disfraza de trámite
El proyecto no ha caído de golpe. Se ha ido desangrando en una sucesión de aplazamientos que han convertido la promesa en un ejercicio de resistencia. Primero se habló de un acuerdo inminente; después, de una votación decisiva; más tarde, de una ampliación de plazo hasta el 18. Cada nuevo movimiento parlamentario añadía una capa de incertidumbre sobre un texto que parecía tener los días contados. La votación del miércoles se presenta como el punto de no retorno: si prosperan las enmiendas, el proyecto queda liquidado. La sensación dominante es que la medida ha quedado enterrada bajo los escándalos recientes y la prioridad de cada grupo por salvar su propia cuota de poder.
El argumento de fondo: ¿quién paga la reducción?
Más allá del ruido político, el debate económico es crudo. Hay quien sostiene que una jornada más corta con el mismo salario equivale a un aumento de costes laborales que las empresas trasladarán a los pluses, a las futuras subidas o a la contratación. El escenario más pesimista apunta a que el ajuste se hará vía recorte de complementos y a que quien esté en paro lo tendrá un poco más difícil para encontrar empleo. Enfrente, hay quien defiende que la medida beneficia sin dudarlo al trabajador normal. La discusión no es nueva: es la misma que acompaña cualquier avance en derechos laborales desde la jornada de 40 horas.
Quién queda fuera del relato oficial
El malestar no se dirige solo contra la oposición. Una parte del análisis sostiene que los asalariados son una minoría demográfica frente a funcionarios, pensionistas y autónomos, y que por eso su tiempo de vida no pesa en la agenda política. El argumento se endurece al señalar que las pensiones son intocables mientras la jornada de los que trabajan por cuenta ajena se queda en el limbo. La crítica apunta a una jerarquía de prioridades donde el votante mayor y organizado manda, y el trabajador corriente espera. Es una lectura amarga, pero explica por qué la medida estrella de un gobierno de izquierdas genera más escepticismo que entusiasmo entre quienes deberían ser sus beneficiarios.
La trampa de la productividad y el espejismo tecnológico
En el trasfondo aparece otra discusión: la promesa de que la inteligencia artificial general eliminará la necesidad de trabajar. Algunos análisis sitúan ese escenario en 2025 o 2030, con predicciones que van desde la desaparición del empleo hasta la colonización de Marte. La ironía es evidente: mientras se especula con un futuro sin trabajo, la reducción efectiva de la jornada se bloquea en el presente. La tecnología avanza más rápido que la legislación laboral, y el resultado es una brecha entre el discurso del progreso y la realidad de las nóminas.
Qué pasa ahora con las 37,5 horas
El texto llega al Congreso con Junts en contra y sin una mayoría alternativa clara. Si las enmiendas salen adelante, el proyecto muere y la legislatura se queda sin su medida más simbólica en materia laboral. El Gobierno puede intentar una nueva negociación, pero el calendario y los escándalos recientes juegan en contra. La promesa de las 37,5 horas antes de que acabe 2025 queda, a la fecha de esta discusión, en el aire. Y los trabajadores que esperaban rascar cuatro días más al año siguen esperando.