Felipe VI y el asiento reservado en la Asunción de Milei
La toma de posesión de Javier Milei como presidente de
Argentina colocó a Felipe VI en un lugar protocolario de primer orden, por delante de otras delegaciones internacionales. La escena, celebrada en Buenos Aires, reabrió de inmediato una discusión con dos ejes: la naturaleza jurídica de la Corona española y el coste diplomático de que el jefe del Estado acuda a un acto al que no mandó representación el Gobierno de España. El Rey ostenta títulos históricos vinculados al antiguo virreinato y a Jerusalén, un detalle que para unos justifica el trato preferente y para otros es pura arqueología.
Qué títulos arrastra la Corona española
La lista completa que se manejó en la discusión es extensa: Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales y de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. A eso se suman los títulos de Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, de Atenas y de Neopatria, Marqués de Oristán y Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol, de Barcelona, del Rosellón y de la Cerdaña. La discusión se enzarzó en un detalle: si el Rey es conde de Barcelona, como recordó más de uno, o si esa denominación corresponde a otro uso.
Ese catálogo, herencia de la monarquía compuesta de los Austrias y los Borbones, es lo que sostiene el argumento de que un rey no es un presidente de república y no puede recibir el mismo tratamiento protocolar. También es lo que alimenta la objeción contraria: títulos vigentes en el papel, sin soberanía efectiva sobre la mayoría de esos territorios.
El gesto de Milei y el regalo del candelabro
El presidente argentino recibió al Rey con un gesto que se leyó como deferencia explícita: fue la primera delegación en ser recibida, según el relato que circuló. El obsequio, un candelabro de tradición judía, se interpretó en clave simbólica y también como guiño a un aliado incómodo para el Ejecutivo español. La comparación con el trato dispensado a otros mandatarios, incluido el ucraniano, sirvió para medir el peso real del afecto.
Hay quien sostiene que el detalle del candelabro y la posición preferente son una compensación por el desplante del Gobierno de España, que no envió representación oficial. En contra pesa el argumento de que el protocolo de una toma de posesión no se diseña para humillar a terceros países, sino para ordenar precedencias según rango y antigüedad.
La ausencia del Gobierno español y el PP
El punto más repetido fue la falta de representación institucional española más allá del Rey. Ni el Gobierno ni el Partido Popular enviaron delegación, lo que dejó al monarca como única voz oficial española en el acto. La presencia de dirigentes como Cayetana Álvarez de Toledo y Santiago Abascal se citó como contraste: fueron a título propio o de partido, no como representación del Estado.
La discusión derivó hacia el papel del PP, al que se acusó de no haber mandado a nadie pese a su discurso liberal. La respuesta más común fue que el partido no tiene por qué coincidir con el ideario de Milei en lo social, y que su base electoral no lo habría entendido. El resultado es una foto con el Rey solo en el palco y el Gobierno ausente.
El trasfondo económico y la sombra del colapso
El acto se leyó también como termómetro de expectativas económicas. La promesa de Milei de aumentar exportaciones y atraer capital se mezcló con el escepticismo sobre el estado del parque automovilístico argentino, con vehículos de los años noventa aún en circulación y un parque móvil que no se renueva al ritmo europeo. La sostenibilidad de no cambiar de coche cada seis años se puso como ejemplo de que la austeridad no siempre es un discurso, a veces es una restricción material.
En paralelo apareció el relato del colapso civilizatorio, atribuido a figuras como Elon Musk, y la tesis de que ese discurso sirve para justificar recortes. La discusión derivó hacia si el colapsismo es un diagnóstico o una coartada, y hacia el papel de los medios en amplificarlo.
La grieta que no se cierra
El acto dejó dos lecturas incompatibles. Para una parte, el Rey cumplió con su papel constitucional y el trato recibido confirma el peso histórico de la Corona. Para otra, la escena fue una humillación innecesaria: un jefe del Estado en un acto al que su propio Gobierno no quiso ir, recibiendo honores de una antigua colonia. El candelabro, el asiento y la ausencia del Ejecutivo quedan ahí. Nadie ha explicado todavía qué se gana con esa foto.