España en el Líbano: ataque atribuido a Israel y dudas sobre la misión FINUL
Un ataque atribuido al ejército israelí contra tropas españolas desplegadas en el Líbano, dentro de la misión de Naciones Unidas en la que España participa desde septiembre de 2006, según el relato que circula en el debate. El episodio no nace en terreno virgen: en 2015, un proyectil israelí mató al cabo Francisco Javier Soria en esa misma zona y, según recuerdan varios intervinientes, la reacción oficial española se quedó en un «deeply concerned» que muchos leyeron como un encogimiento de hombros. El guion se repite. La diferencia es que ahora nadie sabe qué viene después.
¿Qué hace el ejército español en el Líbano?
La misión española arrancó en septiembre de 2006, cuando se reforzó la fuerza de interposición de la ONU en el sur del país. Desde entonces los contingentes se han renovado bajo mandato internacional y con el visto bueno de gobiernos de distinto signo. La lógica oficial es la del compromiso con la seguridad colectiva: España gana peso en los foros multilaterales y cumple como socio. La lectura crítica es otra. Hay quien sostiene que esas tropas defienden intereses que no son los españoles y que hacen de parachoques entre dos bandos que no responden ante Madrid. Entre el prestigio diplomático y el coste político hay un tramo que ningún gobierno ha querido recorrer del todo.
El precedente del cabo Soria y las muertes sin consecuencias
El caso más citado cuando se habla de impunidad es el del cabo Soria, fallecido en 2015 por un proyectil israelí en el sur del Líbano, según varios de los intervinientes. Según quienes lo recuerdan, la muerte no se tradujo en una ruptura de relaciones ni en consecuencias visibles para el Estado autor del disparo. El choque diplomático se quedó en una declaración tibia que el propio lenguaje burocrático convirtió en
deeply concerned: preocupación profunda, ningún acto detrás. Aquel militar estaba en una misión de paz, no en una guerra abierta, y eso debería haber encarecido el coste político del ataque. No lo hizo. Ese es el motivo por el que hoy se desconfía de que se depuren responsabilidades.
De Bosnia al Báltico: dónde está desplegada España
El Líbano no es una excepción. Las Fuerzas Armadas mantienen misiones abiertas en varios frentes a la vez, algunas desde hace casi dos décadas:
- Líbano (FINUL), desde septiembre de 2006.
- Bosnia y Herzegovina (EUFOR Althea), desde diciembre de 2004.
- Turquía, apoyo, desde septiembre de 2014.
- Irak, apoyo, desde octubre de 2014.
- Grupos navales permanentes de la OTAN, desde enero de 2017.
- Letonia (Presencia Avanzada Reforzada), desde junio de 2017.
- Países Bálticos (Policía Aérea del Báltico), en mayo de 2020.
Ese mapa funciona más como argumento que como dato. Quien critica la política de defensa lo usa para subrayar que hay soldados repartidos por medio mundo, algunos
haciendo caja para terceros, mientras las fronteras del sur se quedan sin cubrir. La comparación tiene truco —son misiones y formatos muy distintos—, pero en el terreno político agarra.
¿Se puede invocar el artículo 5 de la OTAN?
Sobre el papel, sí. Una de las exigencias más repetidas pide responder al fuego y reclamar el respaldo formal de la Alianza frente al Estado que firmó el ataque, invocando el tratado que todos sus miembros han suscrito. El problema es evidente y nadie lo esconde: si quien dispara cuenta con el paraguas de potencias que sí son aliadas, el recurso al artículo 5 se vuelve un ejercicio incómodo. La estructura se diseñó para disuadir a un enemigo externo, no para arbitrar roces entre amigos. Y en ese hueco es donde se cuela la sensación de que España carga con el riesgo mientras otro se queda con la cobertura.
Ceuta, Melilla y el argumento del repliegue
La corriente más repetida pide vaciar el Líbano y llevar a los soldados a donde, según este relato, de verdad se les necesita:
Ceuta, Melilla, Canarias y la costa andaluza. El razonamiento es simple. Si el objetivo es proteger España, la prioridad no está a miles de kilómetros. Enfrente aparece siempre el mismo matiz técnico —las misiones internacionales se deciden en Naciones Unidas y deshacerlas no es cuestión de un decreto estatal—, pero el sustrato político pesa más que el trámite. La misión se ha convertido en un símbolo: para unos, de compromiso exterior; para otros, de un ejército empleado en lo que no le toca.
Con las tropas todavía en el sur del Líbano, sin un relato oficial que aclare qué pasó y con la herida del cabo Soria sin cerrar, la discusión no es si España responderá al ataque. Es si alguien explicará, de una vez, por qué esas tropas siguen donde están.