Las ciudades señaladas como más peligrosas para las mujeres
Una agresión en grupo. Un hombre al que sus atacantes confundieron con una mujer. Y una lista de diez ciudades ordenadas según el riesgo que, para quien las visita, tendrían los cuerpos femeninos. El episodio circula sin fuente verificable —más de uno lo ha puesto en duda por ese motivo— y sirve de gancho a una tesis mayor: que existen destinos donde la
agresión sexual no es una excepción estadística, sino una práctica sistemática. La afirmación es rotunda. El respaldo, de momento, es un listado sin metodología.
¿Qué es el taharrush gamea y en qué ciudades se sitúa?
Con ese término árabe se designan las agresiones sexuales multitudinarias: grupos de hombres que rodean a una víctima en un espacio concurrido y la atacan amparados en el tumulto. Sobre esa idea se construye un ránking de diez ciudades —
El Cairo, Karachi, Kinshasa, Delhi, Lima, Ciudad de México, Daca, Lagos, Yakarta y Estambul— ordenadas por un índice de invención propia que sus autores presentan con guasa. No hay muestra, ni periodo, ni fuente estadística. Es provocación, no informe.
La ironía es el vehículo, y los pareados que acompañan a cada destino buscan la carcajada fácil. Debajo queda, sin embargo, una pregunta legítima: si determinados países registran tasas de violencia sexual muy por encima de la media. Ahí el chiste se agota.
La tesis que liga respeto a las mujeres y desarrollo económico
El argumento de fondo afirma que existe una correlación entre cómo trata una sociedad a sus mujeres y su nivel de civilización material. Cuanto más se protege a la mitad femenina de la población, más próspero sería el conjunto. Hay quien lo formula casi como una ley natural —a más respeto, menos miseria— y quien responde que la causalidad va al revés: son la renta, la educación y el Estado de derecho los que reducen la violencia de género, no una supuesta esencia cultural.
La distinción no es académica. Si el problema fuera de carácter o de religión, no habría política pública que lo tocara. Si es de instituciones, de pobreza y de impunidad, entonces sí. Sobre ese punto, el desacuerdo sigue abierto.
Migración y criminalidad: qué sostiene cada parte
En el trasfondo asoma la cuestión migratoria. Una corriente de análisis asegura que la llegada de población procedente de países con fuertes desigualdades de género elevaría el riesgo de agresiones, y que mientras ese colectivo es minoritario tiende a mimetizarse con las normas locales para no llamar la atención. La objeción es que no hay datos que permitan atribuir una conducta delictiva a una nacionalidad o a una creencia.
Frente al catálogo de peligros también aparecen experiencias personales que lo matizan. Una de ellas resume tres meses en Ciudad de México sin más incidente que un robo, achacado a la policía local, y con la observación de que ser percibido como extranjero acomodado abre puertas.
Las violaciones masivas en guerras: de Italia 1943 a Ravensbrück
El asunto deriva hacia la historia cuando se traen a colación las agresiones masivas cometidas por ejércitos en el siglo XX. Se citan los relatos sobre la Italia de 1943, la Alemania ocupada de 1945 y la liberación de campos como Ravensbrück, donde buena parte de las víctimas ya habían sido evacuadas. El patrón que se subraya es incómodo: la violencia sexual de guerra no distingue bandos, ni siglos, ni el sexo de quien la sufre.
De ahí surge otra idea repetida: que las agresiones a hombres existen, pero quedan fuera del relato por vergüenza y por falta de denuncia. La historiografía más difundida, se argumenta, ha pasado por alto esos episodios.
El Reino Unido y el aumento de las agresiones a hombres
El único porcentaje concreto que aparece en todo el asunto es europeo. Se afirma que en el Reino Unido las agresiones sexuales a hombres, antes testimoniales —en torno al
1/5% del total—, habrían pasado a representar el
25%. Es una cifra lanzada sin fuente a la vista y conviene tratarla con pinzas.
Lo llamativo es la ubicación. Ninguna de las diez ciudades del ránking ha sido medida con un método reproducible. El dato numérico menos malo procede de un país que no figura en la lista. Y la pregunta de fondo —por qué unas sociedades protegen a sus mujeres y otras no— sigue sin una respuesta que quepa en un pareado.