Un plan de bancos de gametos para criar bebés rubios
Hay una idea que circula por los foros de internet y que, por absurda que parezca, tiene su propia lógica interna: que la población rubia de ojos claros del norte de Europa se extingue y que la solución pasa por crear bancos de semen y óvulos de donantes nórdicos para que cualquier persona del mundo pueda tener hijos con esas características. El planteamiento, expuesto sin anestesia, sostiene que mientras hay 2.000 millones de personas de origen africano, 2.000 millones de chinos, 2.000 millones de personas negras y 1.000 millones de musulmanes, solo quedan 20 millones de escandinavos, y muchos ya son ancianos. La conclusión que extrae es que urge un plan para proteger, conservar y fomentar lo que llama la raza blanca nórdica.
La discusión, que se prolonga durante más de un año, no se queda en la provocación inicial. Deriva hacia la demografía, la genética, el derecho histórico y la política migratoria. Y, sobre todo, hacia una pregunta incómoda: ¿tiene algún sentido hablar de razas humanas en términos de conservación?
Qué plantea exactamente el mensaje inicial
El texto que abre el asunto no se anda con rodeos. Afirma que la población rubia platino con ojos azules es la más bella del planeta y la más minoritaria, y que está literalmente en peligro de extinción. Para sostenerlo, compara cifras: 2.000 millones de personas de origen africano, 2.000 millones de chinos, 2.000 millones de personas negras, 1.000 millones de musulmanes y solo 20 millones de escandinavos. De estos últimos, añade, la mayoría son ya ancianos.
El diagnóstico se completa con una advertencia: los rubios que viven fuera de Escandinavia son igualmente minoría y retroceden a un ritmo acelerado, con tasas de reproducción ridículas. Dentro de pocos años, sentencia, se habrán prácticamente extinguido o serán tan pocos que para conservar la raza habrá que recurrir a la endogamia, lo que los condenaría igualmente.
La propuesta concreta es la creación de grandes bancos de semen y óvulos de donantes nórdicos rubios para que padres y madres solteros de todo el mundo que deseen tener hijos con esas características puedan hacerlo. La idea, según el planteamiento, es dar apoyo a esa subespecie.
La demografía como campo de batalla
El debate se enreda rápidamente en la cuestión de si esas cifras significan algo. Hay quien sostiene que mezclar poblaciones de continentes enteros con un subgrupo fenotípico concreto es trampa: comparar 2.000 millones de personas de origen africano con 20 millones de escandinavos no mide lo mismo. Otros participantes responden que la preocupación no es demográfica sino cultural, y que el problema real es que las tasas de natalidad de las poblaciones autóctonas europeas están por debajo del reemplazo.
En ese punto aparece una derivada que domina buena parte de la conversación: la inmigración. Se argumenta que Europa está siendo sustituida por poblaciones alóctonas y que los gobiernos tienen un plan premeditado para el exterminio de la raza blanca. Esa afirmación, lanzada sin pruebas, se repite con variaciones a lo largo del hilo. Otros participantes la rebaten con datos: la inmigración responde a factores económicos, conflictos y reunificación familiar, no a un plan de ingeniería racial.
La discusión se calienta cuando se menciona el caso de mujeres españolas con fenotipo claro que tienen hijos con hombres de otras procedencias. Para algunos, eso es una tragedia genética. Para otros, simplemente la vida.
El argumento histórico y el derecho colonial
Uno de los giros más interesantes del hilo llega cuando se invoca el derecho histórico para desmontar el mito de la armonía racial en el imperio español. Se cita una pragmática real que prohibía los matrimonios desiguales de españoles con mulatas, mestizas o zambas, porque redundaban en perjuicio de la pureza y decoro de la nación. El dato sirve para recordar que la discriminación por origen no es un invento reciente ni exclusivo de otros países.
A partir de ahí, el debate se divide entre quienes defienden que España siempre fue un crisol de culturas y quienes sostienen que la mezcla forzada destruye identidades. La discusión se vuelve circular: unos hablan de pureza, otros de mestizaje, y casi nadie aporta datos nuevos.
La respuesta del foro: burla, perplejidad y algún apoyo
La reacción mayoritaria al mensaje inicial no es precisamente de adhesión. Abundan las respuestas que ridiculizan la propuesta: se pregunta si las fotos de emperadores romanos que se citan como prueba de la blancura europea salen de una aplicación de contactos, se sugiere que quien escribe el mensaje no tiene precisamente rasgos nórdicos, y se recuerda que los pueblos del norte de Europa eran considerados bárbaros por los romanos mientras estos ya tenían retretes.
También hay quien defiende que el Mediterráneo, y no el norte, fue el motor de la civilización europea, y que la obsesión por lo nórdico es un complejo. En medio de la bronca, algunos participantes piden moderación y recuerdan que el debate sobre demografía es legítimo, pero que hablar de razas superiores es otra cosa.
La discusión se prolonga durante meses, con idas y venidas, insultos y alguna que otra aportación interesante sobre genética de poblaciones. Al final, nadie cambia de opinión. Como suele pasar.
La propuesta de crear bancos de gametos para preservar un fenotipo concreto es, cuando menos, peculiar. Pero debajo late una pregunta que no es tan fácil de despachar: ¿hasta qué punto es legítimo querer que tus hijos se parezcan a ti? Y, más incómodo todavía, ¿debería el Estado financiar algo así? La respuesta, por ahora, es no. Y probablemente lo seguirá siendo.