Vuelve de Moscú y halla un Rigoletto sexualizado en el Teatro Real
Doscientos euros costó, según el relato que abre el asunto, la entrada del
Rigoletto que el Teatro Real ha programado. Quien ha puesto el asunto encima de la mesa —un residente en Moscú de visita en Madrid— no la pagó: le invitaron. Y salió, cuenta, con la impresión de haber asistido a algo que ya no tenía nada que ver con Verdi. La segunda sorpresa del viaje no fue artística: fue el tráfico.
El relato describe escenas continuadas de contenido sexual explícito superpuestas a los momentos culminantes de la partitura, incluida la muerte de Gilda. La entrada costó
200 euros y no la abonó él. El malestar no es un caso aislado: en el mismo asunto hay quien dice haber padecido el estreno y haber salido del teatro igual de desconcertado. En el intercambio hay hasta quien confiesa, en broma, haber entrado por error en un local de alterne creyendo que iba al Real.
¿Qué ha cambiado el Teatro Real en su Rigoletto?
La producción está firmada por
Miguel del Arco, autor de la obra teatral
Jauría, y la ficha del montaje citada en el hilo lo explica sin rodeos: utiliza el cortejo y el secuestro de Gilda, la hija del protagonista, para subrayar la indefensión de una mujer frente a un grupo de hombres donde se discute el concepto de masculinidad. Sobre el papel, un subrayado temático; en el escenario, según quienes lo han visto, una capa de contenido sexual que convive con las arias.
Rigoletto acumula más de 300 representaciones en el Teatro Real. La partitura, recuerdan quienes siguen el asunto, no se toca porque no se puede: lo que se interviene es la escena, el vestuario y la acción dramática. De ahí que buena parte del enfado no apunte al director de escena sino a una manera de programar. Hay quien resume que la función se parece más a un informativo de actualidad que a una ópera, y quien advierte de que la producción tiene previsto viajar a otros escenarios internacionales. El reproche, en todo caso, es de criterio artístico, no de delito.
Moscú contra Madrid: el nivel cultural como campo de batalla
La comparación entre las dos capitales aparece en cuanto se menciona el origen del autor del relato. Una corriente sostiene que
Moscú supera a Madrid en oferta cultural y cita como referencia el Bolshoi y el Mariinsky; otra responde que quien viene de allí y se sienta en el Real ya sabe a qué se expone. Entre medias se cuelan dos asuntos que poco tienen que ver con Verdi: la guerra y las cifras de salud pública rusas.
Ahí el tono sube. Se esgrimen datos de mortalidad, suicidio y divorcio sobre Rusia, y se contesta con la posición española en el conflicto. Casi ninguna de esas cifras va acompañada de fuente, y la discusión se convierte en un pulso geopolítico que desplaza a la ópera del centro.
Del Rigoletto a la Cabalgata: el clásico como material a reescribir
El caso madrileño no se lee solo. En el mismo asunto se cuenta una función en Bélgica a la que sus anfitriones invitaron a un usuario y cuyo argumento versaba sobre el cambio climático, con una científica por protagonista; la puesta en escena, dicen, resultó igualmente insufrible, aunque menos explícita. Y en tono de broma se especula con lo que puede venir: si esto se ha hecho con Verdi, la
Cabalgata de las Walkirias sería el siguiente territorio, con desnudos y personajes trans incluidos en la apuesta.
La predicción se hace con retranca, pero el fondo del argumento es otro: la sospecha de que los títulos clásicos se están usando como soporte para consignas contemporáneas. En el otro extremo, hay quien replica que cada cual hace con su dinero lo que le place.
Los ubers y la suciedad de las calles
La segunda observación del viajero tiene menos épica: el comportamiento al volante de los conductores de aplicaciones en Madrid. Sin conocer los requisitos exigidos para operar en la ciudad, describe una decena de trayectos con una conducción que considera deficiente. Es una impresión personal, no un dato, y no viene acompañada de siniestralidad ni de cifras del sector.
Otro relato añade el capítulo ambiental. Un usuario describe su ciudad de
87.000 habitantes con olores a orines, excrementos de perro y regueros que bajan por las aceras sin que nadie haga nada. Quien lo cuenta dice vivir fuera, en entornos naturales y de lluvia frecuente, y necesitar un pañuelo húmedo para respirar por la calle. La queja no es nueva; lo nuevo es el contraste con el extranjero.
Con un Rigoletto intervenido, conductores de aplicaciones que no convencen y calles descritas como sucias, la pregunta que queda flotando no es cómo se ha llegado hasta aquí, sino por qué hace falta volver de fuera para verlo. O quizá la contraria: si quien regresa mira con ojos de turista, ¿qué parte de la escena es la obra y qué parte es el espectador?