El sushi, entre los platos más señalados del debate
¿Cuál es el plato más sobrevalorado de la cocina española? La pregunta admite tantas respuestas como comensales, y el catálogo de candidatos que se ha ido acumulando en una discusión abierta en un foro lo confirma: sushi, paella valenciana, cachopo, marisco, hamburguesa gourmet, ramen, huevos rotos con foie. Nadie coincide en el culpable. Sí se repite, en cambio, un argumento:
que el precio alto no se corresponde con lo que llega al plato.
Por qué el sushi y el pescado crudo se llevan la peor parte
El pescado crudo es uno de los blancos más repetidos. Un participante argumenta que no forma parte de la cultura gastronómica de aquí —igual que los caracoles o las ancas de rana en otras zonas— y que comerlo conlleva riesgos si no se extrema el cuidado. Hay quien sostiene que el rechazo es cultural y hasta lógico; enfrente está la respuesta clásica: los que lo critican no habrían probado nunca un buen nigiri de atún, de anguila o de ventresca de atún rojo. La defensa no es de receta, es de materia prima: el problema no sería el arroz, sería lo que se sirve encima.
El sushi y el poke comparten sospecha con el tataki. Hay quien lo describe como una moda que ha desplazado a platos de toda la vida, desde la sangre encebollada y las espinacas con garbanzos hasta el pisto manchego o el lacón con grelos.
La queja no es de sabor, es de sustitución: lo moderno ocupa el sitio de lo tradicional en las cartas y en los precios.
La paella valenciana: la receta no se discute, se discute quién la cocina
Aquí el debate cambia de tercio. La paella sale mal parada en algunas respuestas, pero casi siempre por el arroz pasado, los ingredientes pelados a medias o el hueso y el bigote de gamba que se cuelan en el plato. La propia discusión aporta la salida: existe una variante llamada
arroz del señoret, con todo pelado, sin cáscaras ni elementos incómodos, para quien el problema es la mecánica del plato y no el fondo. Y una de las respuestas resume: la paella está bien; lo que falla es tener un familiar de Valencia opinando cada vez que se hace arroz.
El recado de fondo es otro:
el problema puede estar más en la ejecución que en la receta. Un plato puede ser excelente y llegar a la mesa convertido en un mal recuerdo. Y también hay quien defiende la tortilla de patatas frente a la lista de damnificados.
Marisco, cachopo y bocata de calamares: tres clásicos cuestionados
El marisco genera una de las críticas más viscerales. Hay quien le reprocha el precio y el ritual: baberos, pinzas y conchas chupadas con fruición. La tesis de fondo de ese participante es incómoda: si no costara lo que cuesta, se vería como lo que es y nadie pagaría por ello. Frente a eso, la respuesta de quien lo ha comido siempre gratis o barato:
el marisco es bueno, lo que es malo es el precio. Con un matiz: no saber comerlo llena la boca de cáscaras, que es distinto de que sepa mal.
El cachopo se lleva la paliza más detallada. La descripción más dura habla de filete empanado con queso y jamón serrano dentro que acaba cociéndose con el calor de la fritanga, con el resultado de un relleno salado y grasiento. La conclusión es que el plato está sobrevalorado y que solo aquí podía existir un
rey del cachopo. Con el bocata de calamares pasa lo contrario: unos lo elevan a obra maestra y otros sostienen que solo quien no ha almorzado nunca en Valencia puede tenerlo por buena idea.
La hamburguesa gourmet y el ramen: pagar por el envoltorio
La hamburguesa
gourmet acumula los reproches más concretos: pan blando, mezcla de todo, carne picada con sabor a salchicha, presentación moderna y un precio de
14 pavos. El problema añadido es práctico: incómoda de comer y con la camiseta perdida. El ramen recibe el golpe de gracia, según la descripción de ese mismo participante: sopa de ingredientes sosos en agua hirviendo. El sushi, una vez más, con el arroz como acusación principal. Y otro de los señalados tampoco se salva: los huevos rotos con foie son, para uno de los participantes, dos huevos fritos con patatas de toda la vida destrozados y mezclados con un poco de foie.
La desconfianza hacia lo premium se extiende a la carne. En el tramo final de la conversación, un participante sostiene que en Estados Unidos
el 85% del ganado es Angus, lo que a su juicio vacía de sentido la etiqueta como garantía: si casi todo es Angus, lo de Angus no dice nada. El argumento se usa como aviso sobre los apellidos que se venden como excelencia y no siempre lo son.
La defensa de lo barato bien hecho
Frente a todo lo anterior, hay una corriente que reivindica lo contrario: la cocina de siempre está infravalorada. La lista que se maneja incluye huevo frito con arroz blanco, pollo asado, ensalada de lechuga, tomate y cebolla, lentejas estofadas, trucha con jamón y leche con fresas. La queja no es solo de gusto, es de relato: productos corrientes y buenos pasan por ordinarios mientras se paga la berza rebautizada como
kale o el arándano de turno.
El gazpacho entra en la misma lógica, acusado de ser un batido salado y, a la vez, de estar infravalorado. El pan con tomate se libra del fuego cruzado por una razón sencilla: es barato y sencillo. En Valencia, café, pan con tomate y zumo por
2,5 euros. Difícil discutir ese precio con un argumento serio.