Tres años, el 18% del territorio y ninguna fecha para la rendición
La pregunta lleva abierta desde el primer día y sigue sin respuesta. Según un cálculo que se lanza en el debate, Rusia ha tardado tres años en controlar el
18% del territorio ucraniano y, a ese ritmo, la hipótesis de una capitulación inmediata se desmorona sola. Pero el desgaste que se describe es real: Ucrania se está quedando sin hombres que mandar al frente, con una edad media del soldado que, según un participante, supera los
40 años y con un batallón de mujeres ya constituido. Que el frente se mueve despacio no lo discute casi nadie. El desacuerdo está en quién decide cuándo se para.
El frente que no avanza: drones, trincheras y 100.000 bajas por bando
La tecnología ha roto la guerra de maniobra. Con drones y satélites vigilando cada movimiento, resulta imposible acumular grandes masas de tropas para una ofensiva decisiva. Lo que queda son grupos pequeños que entran a limpiar una zona previamente bombardeada, donde a su vez espera atrincherado otro grupo pequeño del bando contrario. Una y otra vez. Así una y otra vez.
Un participante calcula que el coste humano de esa rutina supera las
100.000 bajas por bando, y que la cifra se queda corta si se suman las desaparecidas. Hay quien sostiene que la contraofensiva ucraniana ya fracasó y que Kiev ha pasado de atacar a solo defenderse, con menos tropas y menos experimentadas. Enfrente, la actuación rusa también se describe como desastrosa, pero respaldada por pura superioridad numérica. La conclusión que se repite es incómoda: pura fuerza bruta.
¿Por qué la demografía ucraniana funciona como un reloj de arena?
Aquí el análisis se vuelve áspero. En el debate se estima la población de Ucrania en no más de
25 millones de personas, después de que, según esa misma fuente, más de 10 millones hayan huido, tanto a Rusia como al resto de Europa. Sobre el censo oficial planea la sospecha: hay quien lo da por inflado y calcula que los posibles soldados no llegan a cuatro millones tras descontar servicios críticos, bajas no registradas y quienes evitan el reclutamiento.
De ahí que se hable de un ejército que recluta a la desesperada. Y de ahí, también, el argumento de que el país es, o era, una nación binacional en la que aproximadamente la mitad de la población tiene origen ruso, un factor que —según esta lectura— erosiona la disposición a luchar contra quien consideran su propio país.
Quién decide de verdad: soberanía y elecciones en Estados Unidos
Buena parte del análisis niega a Ucrania capacidad de decisión propia. La tesis dominante en un sector es que
no es un país soberano y que solo hará lo que le ordenen sus proveedores de armas y dinero. Si le ordenan resistir hasta el último hombre, resistirá; si le ordenan rendirse, se rendirá y nadie discutirá la orden.
El calendario que más se repite es el electoral estadounidense. La ayuda se mantendría hasta que pasen las elecciones de noviembre y, a partir de ahí, se vería si se cierra el grifo y Kiev tiene que reconocer la realidad sobre el terreno. Otros apuntan a un protectorado de posguerra administrado por fondos de inversión, con
BlackRock como gestor de lo que quede, según una hipótesis que se plantea en el debate.
Las cifras que se pelean: 31.000 muertos frente a 200 bombas al día
Los números no cuadran entre sí y ese es, precisamente, el problema. En el debate se cita a Zelenski cifrando en
31.000 los muertos ucranianos en lo que va de guerra, una cifra que muchos consideran imposible de encajar con la intensidad del frente. En Avdivka, Rusia lanzaba
200 bombas FAB al día, y hay quien defiende que la proporción de bajas fue de 12 rusos por cada ucraniano.
También se discute el 18% conquistado. Hay quien recuerda que los ucranianos avanzaron más kilómetros en su ofensiva que los rusos en Avdivka, aunque con una relación de pérdidas muy distinta. El desglose enfrentamiento a enfrentamiento, con las ratios de cada bando, da resultados que descolocan a ambos lados.
Crimea y el Donbás: la pelea por la legitimidad
La discusión se va al momento en que Crimea pasó administrativamente a Ucrania dentro de la URSS, y a 1991, cuando los crimeanos votaron reconstituirse como república autónoma dentro de Ucrania. Para unos, eso vacía de legitimidad cualquier reclamación rusa posterior. Para otros, existía una norma que permitía a Crimea escindirse por decisión propia, y el referéndum posterior lo ejecutó.
Lo que sí coincide en el diagnóstico es el binacionalismo: en las elecciones ucranianas, las zonas de mayoría ucraniana votaban a un candidato y las de mayoría rusa a otro. Una unión sin futuro, dicen, que arrastra el problema desde hace décadas.
La rendición como decisión ajena
Entre las hipótesis más repetidas está la de que Ucrania no se rendirá porque el conflicto no lo decide Kiev. Hay quien sostiene que Rusia niega la existencia de los ucranianos como nación, lo que para algunos convierte cualquier alto el fuego en una simple pausa para rearmarse. Para otros, la capitulación llegará cuando los socios occidentales dejen de financiar la resistencia, y no antes.
Mientras el avance se mida en décimas de porcentaje y las bajas en cientos de miles, la pregunta quizá no sea cuándo cae Ucrania, sino cuánto está dispuesto a sostener el que paga la factura.