De 18 empleados, 6 de baja: la pizzería que cierra dos días por semana
Un hostelero de A Coruña afirma tener 18 trabajadores en plantilla y seis de ellos de baja médica simultánea. Según su testimonio, recogido por
La Voz de Galicia, ha empezado a cerrar los martes y los miércoles para cuadrar las cuentas. Su relato describe un local que no cierra nunca —«nosotros no cerramos nunca el restaurante», dice— y que ahora recorta horario ante la imposibilidad de cubrir turnos. El relato incluye tres casos concretos: alguien que habría simulado síntomas de depresión para lograr una baja de un mes sin pasar por el especialista, un trabajador que se ausentó 18 meses nada más empezar y una persona suspendida de empleo y sueldo por fichar entradas y salidas falsas que, una semana después, presentó un certificado de ansiedad.
El caso no es una anécdota aislada. Es la punta de un debate que lleva 683 días abierto y que enfrenta dos relatos incompatibles: el del pequeño empresario asfixiado por el absentismo y el del trabajador mal pagado que usa la baja como única válvula de escape. En medio, un dato que casi nadie discute: la Seguridad Social no cubre todo, y el empresario paga una parte del recibo.
Qué paga realmente la empresa cuando un trabajador coge la baja
La creencia más extendida —«las bajas las paga la Seguridad Social, que deje de llorar»— es falsa en su primera fase. En enfermedad común o accidente no laboral, los tres primeros días corren a cargo del trabajador; del cuarto al decimoquinto, paga el empresario el 60% de la base reguladora; a partir del día 16 entra la mutua o el INSS, pero la empresa sigue abonando la nómina por pago delegado y, sobre todo, sigue cotizando por un empleado que no produce. Ese último punto es el que desequilibra la balanza: según un cálculo que circula en el debate, el seguro social de cinco trabajadores de baja no baja de 1.500 euros al mes, y si hay que contratar sustitutos, otros 1.500 de cotización se suman a las nóminas. Ese mismo cálculo eleva el coste real de una baja prolongada a unos 7.000 euros para un sueldo bruto de 2.000.
Hay quien matiza esa cifra. Depende del convenio. En el de hostelería de A Coruña, si el trabajador cobra 3.000 euros, sigue cobrando 3.000 de baja: 2.250 de la mutua más 750 de mejora voluntaria a cargo de la empresa. Si cobra 1.000, cobra 1.000: 750 de la mutua y 250 de complemento empresarial. La mejora voluntaria, presentada como beneficio social, es en realidad el mínimo que muchas empresas ofrecen para no perder personal.
El 33% de la plantilla de baja: ¿falla el trabajador o falla el modelo?
Con seis de 18 empleados de baja, el porcentaje roza el 33%. La reacción inmediata es sospechar del trabajador. La reacción opuesta es sospechar del empresario. Ambas tienen munición.
Quienes apuntan al abuso laboral sostienen que las bajas por ansiedad y depresión no salen de la nada. Un caso descrito en el debate: un administrativo en una empresa con salarios de SMI, malas caras y vacaciones que se concedían a regañadientes, donde de siete personas en la oficina solo queda una. «Llegué a coger una fuerte ansiedad —relata—. Fue cambiar de trabajo, ganar 400 euros más y desaparecer el problema». La conclusión que extrae es incómoda: si el trabajo te deprime y la baja te paga casi lo mismo que el sueldo, la baja es racional.
Quienes apuntan al abuso del sistema responden con otro argumento: hay quien encadena bajas durante años, quien se acostumbra al periodo vacacional pagado y quien perjudica a los que de verdad las necesitan. El gasto en incapacidad temporal se ha disparado en un país donde una gran masa cobra el SMI o poco más, mientras los perfiles directivos rara vez cogen la baja. Ese dato, aportado por directores de hospital, apunta a una correlación entre precariedad y absentismo que ninguna de las dos trincheras quiere mirar de frente.
El cierre de martes y miércoles: cuando el negocio se ajusta al absentismo
El hostelero coruñés ha pasado de no cerrar nunca a cerrar dos días por semana durante dos semanas, y no sabe qué hará la siguiente. Su plantilla cobra entre 1.400 y 2.000 euros al mes sin llegar a las 40 horas semanales, por encima de convenio, según su propio testimonio. También concede préstamos a los empleados cuando los necesitan. Ese es su argumento contra la acusación de explotación: «para el que me diga que esto pasa porque en la hostelería somos unos explotadores, nosotros pagamos por encima del convenio».
El miedo, dice, es volver a contratar y que el nuevo también falle. «Tengo terror, tengo miedo de tener otra vez mala suerte, dar de alta a alguien y que a la semana también falle». Es la trampa del pequeño empresario: no puede competir en salario con una multinacional, compensa con flexibilidad y condiciones por encima de la ley, y cuando el absentismo se dispara no tiene colchón para absorberlo.
La sombra del empleo público: 118.000 ausencias diarias
El debate no tarda en saltar del sector privado al público. Según los datos que se citan, cada día faltan a su puesto 118.000 empleados públicos, un 27% sin baja médica. La comparación es inevitable: si el absentismo es un problema estructural del mercado laboral español, no es exclusivo de la hostelería. Y si en el sector público se tolera sin que nadie cierre martes y miércoles, la queja del hostelero pierde fuerza como caso excepcional.
La contraargumentación también es rápida: el empleado público no elige a su jefe ni puede cambiar de empresa con la misma facilidad, y la baja sin parte médico es una figura que en el sector privado sencillamente no existe. La comparación, en realidad, mide dos cosas distintas.
La mano de obra migrante y el negocio familiar: dos modelos en tensión
Una parte del debate deriva hacia el perfil de la plantilla. Hay quien sostiene que la hostelería solo es rentable si la trabaja la familia propietaria —madre en cocina, padre en barra, hijos sirviendo mesas— porque el control sobre el dinero y el esfuerzo es total. Y hay quien responde que ese modelo es precisamente el que impide profesionalizar el sector y pagar salarios dignos. La discusión sobre el origen de los trabajadores aparece en varios mensajes, pero las cifras que se aportan no permiten sostener ninguna conclusión sobre nacionalidades: solo sobre condiciones.
Lo que sí emerge con claridad es un patrón: los negocios que dependen de márgenes ajustados y plantillas rotatorias son los más vulnerables al absentismo, y también los que menos pueden permitirse mejoras voluntarias o sueldos que retengan talento. El pez que se muerde la cola.
El restaurante de A Coruña sigue abierto. Cierra martes y miércoles. La próxima semana no sabe si podrá. Y en el fondo del debate queda un dato que nadie ha rebatido: en España, el coste de una baja no lo paga solo la Seguridad Social. Lo paga también quien contrata, y a veces lo paga con dos días de persiana bajada.