Deuda, tatuajes y ruido: los indicadores de bajo nivel cultural
¿Se puede saber si alguien tiene un nivel cultural bajo mirándole el coche, los dientes o la cuenta corriente? Eso intenta responder, en el fondo, un listado que lleva más de dos años circulando, ha acumulado cientos de comentarios y sigue engordando por acumulación: sin fuente, sin método y con una mezcla llamativa de lo comprobable y lo que simplemente molesta. Arrancó con once señales y hoy es un catálogo de costumbres ajenas. La pregunta de fondo —si eso mide cultura o mide renta— no ha quedado resuelta en ningún tramo.
Las once señales de partida: del sobrepeso a la camiseta del equipo
La lista original mezcla asuntos muy distintos: el sobrepeso, el iPhone y los viajes pagados a crédito, creer que Newton inventó las galletas, llevar camisetas de equipos de fútbol a cualquier parte, hablar alto, las fotos de viaje en Instagram, veranear en el Mediterráneo en julio y agosto en una playa abarrotada, los dientes mal cuidados, fumar o drogarse de forma esporádica y la falta de higiene. A partir de ahí, cada cual añade lo suyo:
tatuajes, camisetas con palabras aleatorias en inglés, gorra —sobre todo en interiores— y faltas de ortografía. También aparecen las pegatinas en el coche y la costumbre de preguntar a cualquier conocido en qué trabaja y cuánto gana.
El inventario tiene una virtud y un defecto. La virtud es que se comprueba a ojo en tres segundos. El defecto es que casi todo lo que incluye se explica por la factura: dentista, gimnasio, ropa, vacaciones.
El sobrepeso: de símbolo de estatus a marca de clase
Uno de los puntos más discutidos es el peso corporal. Un argumento repetido sostiene que la obesidad fue
símbolo de estatus en sociedades de escasez y que hoy funciona como marcador de clase social baja, porque la comida barata es la más calórica y el tiempo para cocinar o entrenar escasea en los tramos de renta más baja. La respuesta contraria llega rápido: ¿qué relación tiene el peso con la cultura de alguien? Y una tercera vía añade que la complexión depende también de la genética y de la renta disponible, no de los libros que uno haya leído.
Los dientes y la higiene no siempre dependen del criterio
Con los dientes ocurre algo parecido, y aquí la objeción es económica. Se señala que hay personas de nivel cultural alto que han encadenado trabajos precarios y no han podido costearse un tratamiento, y que existen problemas de encías o descalcificación que no dependen ni de la higiene ni del interés. En la misma línea, otra corriente defiende que fumar o consumir drogas de forma ocasional atraviesa todas las clases y no distingue a nadie.
La defensa más incómoda del listado es la que sostiene que la inteligencia y el descuido personal van a menudo de la mano: gente brillante que se aísla, se engancha a algo y acaba abandonando el aseo y la rutina.
Autodestructivos, dice el resumen más citado.
El ruido y el tubo de escape: cuando el volumen es el mensaje
El ruido se ha ganado un puesto fijo. Necesitar sonido constante —televisión a todo volumen, vídeos encadenados, música a tope durante la comida— se describe como un detector bastante fiable de incultura. En la misma familia entra el escape trucado: quien compra un tubo artesanal para que el coche suene más, frente a quien se compra un modelo que ya viene ruidoso de fábrica. La conclusión más repetida es que el problema no es el sonido, sino la necesidad de hacerse notar. Y la más razonable de todas: basta con no molestar al vecino.
Letra del coche, reloj de oro y mariscada: el gasto como termómetro
El gasto ostentoso ocupa el otro gran capítulo. Endeudarse para comprar cualquier cosa material —salvo la vivienda habitual— se considera una señal de manual. El ejemplo que reaparece: pagar
1.500 euros al mes por la letra de un todocamino de gama alta mientras la pareja cobra 900. A eso se suman el reloj de oro con cadena gruesa a la vista, el Mercedes o BMW de segunda mano traído de Alemania con los bajos comidos por la sal de la carretera, y el SUV como punto extra.
Hay quien añade los viajes: apretarse once meses al año, tirar de comida ajena, y gastarse el presupuesto de doce meses en diez días en un destino a cinco horas de vuelo, con
37 fotos y ninguna visita a un museo. Y quien presume de la pantalla más grande del salón, que según esta escuela delata al dueño.
Deuda pública, paro e inflación entran en la lista
A partir de cierto punto, el listado se politiza. Aparecen los votantes de los dos partidos mayoritarios, la bandera en el balcón convertida en pulserita, la pulsera republicana, y el rechazo o la adhesión a determinadas políticas sociales según quién firme la lista. Un comentario atribuye a la llegada masiva de trabajadores cualificados extranjeros la solución del problema de las pensiones, y lo hace manejando una deuda superior al
170% del PIB, más de dos millones de parados y una inflación que sube cada año: cifras lanzadas sin fuente. En el lado opuesto, decir que la economía va como un cohete o culpar a la inflación de Putin también puntúa, según otra intervención.
Se cuela además alguna afirmación negacionista sobre la pandemia o el clima, sin respaldo probatorio alguno. Y una respuesta que descoloca a los dos bandos: nada de eso mide cultura, mide otra cosa.
El indicador que faltaba: preocuparse por el nivel cultural ajeno
Al final, la ironía se gira contra el propio ejercicio. Alguien propone como indicador definitivo «hacer listas de indicadores de bajo nivel cultural», y otro sugiere que preocuparse por el nivel cultural propio es lo más bajo que hay. Una intervención recuerda a Unamuno, para quien las únicas personas cultas que quedaban eran las analfabetas. Otra distingue entre cociente intelectual y cultura, y sostiene que el primero explica el estatus socioeconómico mucho mejor que la segunda.
El listado, más de dos años después, sigue creciendo. La próxima señal de bajo nivel cultural será, probablemente, haber participado en él.