La DGT exigirá un informe médico para renovar el carnet en 2025
La lista tiene
35 entradas y no distingue entre un trasplante de riñón y un diagnóstico de TDAH. A partir de 2025, la Dirección General de Tráfico pretende que renovar el permiso de conducir deje de ser un trámite de diez minutos y pase a depender de un informe que certifique que el solicitante no supone un riesgo al volante. El criterio que quiere imponer el organismo: el estado de salud física y mental.
La letra pequeña es lo que ha encendido todas las alarmas. Entre las dolencias que impedirían renovar el carnet de conducir figuran el Alzheimer, la epilepsia, la esclerosis lateral amiotrófica, la apnea del sueño, la depresión, el TDAH, el trastorno obsesivo-compulsivo, el hipotiroidismo, la diabetes insulinodependiente, los trasplantes renales, los marcapasos, los desfibriladores automáticos y cualquier dolencia oncológica, respiratoria, digestiva o endocrina. Casi nada.
Qué cambia en la renovación del carnet a partir de 2025
La DGT justifica el endurecimiento con un argumento que repite cada año: las enfermedades y los medicamentos que las tratan están detrás de buena parte de los siniestros, y cualquier efecto secundario de una pastilla puede convertirse en un problema en carretera. Sobre esa base, el organismo quiere que el interesado presente un informe médico que acredite que no tiene ningún riesgo antes de renovar.
Ese es el punto que más chirría. La lista mete en el mismo cajón a un enfermo de ELA y a un diagnosticado de TDAH, a un trasplantado y a alguien con hipotiroidismo. La mayoría de esas patologías no guardan relación directa con la capacidad de conducir, y el redactado es tan amplio que, aplicado al pie de la letra, deja fuera a buena parte del censo de conductores. Según el cálculo de un participante en el debate, solo con el primer filtro quedaría fuera de circulación
un 10% de los conductores.
Trasplantes, cáncer y 18 años de hipotiroidismo al volante
Los casos concretos contradicen la teoría. Un conductor de ambulancias trabaja a diario con un trasplante de riñón. El padre de un excompañero, dentista, recibió un corazón y cuatro o cinco semanas después ya se presentó con su Mercedes. De gente que ha pasado un cáncer y sigue conduciendo se cuentan diez o doce sin salir del círculo más cercano, y de infartados, muchos más. Quien lleva más de 18 años con hipotiroidismo no solo conduce: ya renovó el carnet con esa dolencia incluida en una lista anterior.
El relato más detallado lo pone un conductor que pasó por quimioterapia. En el reconocimiento declaró el tratamiento y le retiraron el permiso de forma provisional. Tres meses después de acabar volvió con el certificado de su oncólogo y se lo devolvieron, eso sí, por un solo año. En la siguiente renovación le dieron cinco. Su conclusión: callarse habría sido más cómodo, pero se arriesgaba a que el seguro no cubriera nada. Ahí está la trampa de todo el sistema.
Quién accede al historial médico y qué pasa con los seguros
La pregunta que nadie responde con claridad es operativa. ¿De dónde saca el centro de reconocimiento los antecedentes médicos de cada conductor? ¿Qué valor tiene el informe de un facultativo privado si el historial de la
sanidad pública no se cruza? Sobre el papel, el expediente es confidencial. En la práctica, quien ha pedido una hipoteca ya sabe cómo funciona esto: para contratar un seguro de vida hay que entregar informes, y ahí no hay secreto que aguante. La letra pequeña de la póliza puede convertirse en el verdadero regulador del permiso.
La derivada económica asusta tanto como la sanitaria. Si no puedes conducir, en miles de pueblos no puedes trabajar. Un conductor con una dolencia de la lista no solo pierde movilidad: pierde el acceso a su oficio. De ahí la pregunta que se repite: ¿habrá paga para quien se quede sin carné por prescripción médica? Un conductor apunta que su padre acaba de renovar con
89 años, lo que da la medida de cuánto margen tiene hoy el sistema antes de apretar.
Los huecos de la lista: benzodiacepinas y problemas de visión
Llama la atención que falten los dos factores que más se citan. Las benzodiacepinas —ansiolíticos y somníferos de uso masivo— reducen reflejos y alargan el tiempo de reacción, y no aparecen por ningún lado. Los problemas de visión tampoco, pese a que una miopía de 14 dioptrías condiciona la conducción bastante más que un ronquido tratado. La lista se queda en el diagnóstico psiquiátrico y en la enfermedad crónica, y deja fuera lo que se mide con un aparato.
Agenda 2030, efecto Overton y el carné como permiso
Sobre el anuncio circulan lecturas que van mucho más allá de la salud. Se dice que esto es el primer paso para vaciar las carreteras por decreto, que las dolencias minoritarias abren la ventana de Overton y que después llegará el estreñimiento como causa de retirada. Son interpretaciones sin pruebas que las respalden, que mezclan esta medida con debates energéticos ajenos y que no encajan con el texto conocido. Lo cierto, y bastante menos vistoso, es que el carné es un permiso: te lo conceden y te lo pueden retirar.
Lo probable es que el texto final llegue recortado: media docena de patologías graves, el informe médico obligatorio y el resto convertido en recomendación para el facultativo. Puede que incluso se aplique con manga ancha durante los primeros años. Lo que no cambiará es el efecto disuasorio sobre quien hoy conduce con un marcapasos y mañana no sabe si tendrá que discutir su caso frente a un funcionario.