La inflación que no sale en el IPC: pagas el local, no el producto
Un cacho de queso Chaumes a 32 euros el kilo en El Corte Inglés. El mismo queso que, según un participante, hace no tanto se despachaba a 16 euros, y a 12 en oferta. La escena, repetida en cualquier supermercado, resume el malestar que recorre el consumo español: el precio sube, el gramaje baja y el producto, dicen los más críticos, empeora. La tesis que vertebra el descontento es sencilla y difícil de rebatir: el cliente ya no paga el producto, paga todo lo que lo rodea.
Adaptar fábricas a normativas, reformar locales para «ponerlo bonito», reflotar centros comerciales que no funcionan, repercutir el precio de la energía. La lista de sobrecostes que acaban en la etiqueta es larga y, en opinión de muchos consumidores, ajena a lo que de verdad importa: que el producto sea bueno. El resultado es una cesta de la compra donde, según un participante, el chocolate Lindt sube un 60% en un mes en algunas marcas, dos tabletas superan los 8 euros y el café se anuncia como próximo artículo de lujo.
El cliente, convertido en empleado a tiempo parcial
La queja no es solo de precio. Es de trato.
Cajas de autopago, gasolina autoservicio, trámites que el cliente hace por web con su conexión, su terminal y su luz. Las aerolíneas llevan años externalizando en el pasajero tareas que antes hacía personal propio: facturar, imprimir etiquetas, meter la maleta en la cinta. En algunos aeropuertos europeos, según un participante, la facturación se resuelve con máquinas y una única persona para todos los vuelos, con cola monumental para quien no quiera autoemplearse.
Hay quien sostiene que esto es eficiencia y que el cliente prefiere la autonomía. En contra pesa un argumento difícil de esquivar:
si hago el trabajo, ¿por qué pago el mismo precio o más? La ironía se afila cuando la aerolínea cobra gastos de gestión por una compra que el usuario ha tramitado entero. Lo mismo en cines y conciertos: la página te obliga a hacerlo todo y encima te pasa un cargo por gestionarlo.
Hostelería: barbacoa en la mesa y suplemento en la carta
El patrón se extiende a la restauración. Restaurantes que venden «barbacoas» o «hot pots» para que el cliente se cocine, platos que apenas requieren un minuto de cocina —tartar, sushi— y cartas donde casi todo lleva suplemento. Un menú laborable medio en Madrid ronda los 25 euros y, por debajo de esa cifra, la calidad se desploma. La queja es unánime:
antes por 25 euros comías como un señor; ahora comes algo que se puede comer y poco más.Seguros, dentistas y la letra pequeña del copago
El sector asegurador concentra algunas de las críticas más duras. Los seguros dentales se describen como una de las mayores estafas: la prima anual es baja, pero nada entra gratis. Lo que ofrecen es acceso a un cuadro de profesionales con precios teóricamente rebajados —un implante a 1.500 euros frente a 2.000 en otra clínica—, no cobertura real. El caso extremo que circula: una limpieza dental en la que el instrumental se paraba a mitad de la intervención. La conclusión que se repite: mejor pagar a precio completo y fuera de seguros.
Ventaneros, colchones y el arte de inflar el precio de salida
Hay sectores donde la burbuja de precios es más visible. Unas ventanas cuestan ya más que un coche utilitario de gama media, y son cachos de PVC. Los colchones se venden con precios de salida de hasta 5.000 euros y tácticas de manual. La respuesta del mercado empieza a notarse: cierres de locales de ventaneros y de colchonerías, y unas rebajas de verano que se describen como un desastre, con ventas flojas y devoluciones brutales. También el turismo muestra apatía, con desplazamientos de vacaciones a fechas con menos calor y mejores precios.
El IPC que no cuadra con la cesta de la compra
Los datos oficiales hablan de una subida del 38% en la cesta de la compra. Para muchos consumidores, es poco.
Productos que han duplicado o triplicado su precio no aparecen con ese peso en las estadísticas. El encarecimiento lento y sostenido de las patatas, la pasta, los limones o la fruta —con tipos que intentan cobrarse por encima de 6 euros el kilo— escapa al relato oficial. En paralelo, la energía sube más de un 40% y el aceite de oliva, con las ventas a Estados Unidos hundidas por los aranceles, podría abaratarse hasta los 2 euros el litro por exceso de oferta.
El poder del consumidor: listas negras y autopago evitado
Frente a todo esto, empieza a articularse una respuesta.
Hay quien no usa las cajas de autopago por principio, mantiene listas negras de aerolíneas y elige proveedor según prácticas. El argumento es que el consumidor tiene poder real para cambiar las cosas, aunque el caso de las políticas corporativas en Estados Unidos —con empresas replegando programas internos por presión política— demuestra que ese poder funciona cuando se organiza. La pregunta que queda flotando: si el hartazgo es tan general, ¿por qué no cuaja una huelga de consumo?
Con estos diferenciales entre lo que se paga y lo que se recibe, la reacción debería ser masiva. Sigue siendo dispersa. Y mientras tanto, el queso a 32 euros el kilo espera en la estantería.