José Mota y el humor que no muerde la mano que le da de comer
¿Se puede hacer humor crítico en la
televisión pública sin perder el puesto? José Mota lleva desde 1999 firmando el especial de Nochevieja en La 1, con dos únicas ausencias (2012 y 2013), lo que suma 24 años consecutivos en el mismo cargo. La emisión de este año ha reabierto la misma discusión de siempre: si el cómico se ríe del poder o le hace la cama. Y la respuesta, según la mayoría de reacciones recogidas, es que se ríe
con el poder, no de él.
¿Blanquea Mota a los políticos o les da caña de verdad?
La acusación central es que el programa convierte las «barbaridades de los gobiernos» en «gracietas jijijí», según el planteamiento inicial. La tesis que recorre toda la discusión es que un espacio emitido en la televisión pública no puede morder la mano que le paga la nómina. El argumento se apoya en un dato objetivo:
24 años en el mismo puesto no se consiguen, sostiene una de las intervenciones más valoradas, «mordiendo la mano que te da de comer».
Hay quien matiza. Una corriente defiende que este año el cómico ha repartido estopa contra los periodistas «partidistas» y ha ridiculizado a los políticos «como solo él sabe». El final del programa, un alegato a favor del pueblo, es citado como prueba de que la crítica existió. La contrarréplica llega rápido: si se permite criticar al Gobierno actual es porque quedaría «muy cantoso» hacer solo chistes de la oposición, y porque blanquear la corrupción y normalizar las miserias del sistema es, precisamente, la función útil del humor televisivo.
El reparto de poder en el escenario: quién sale y quién cobra
Un eje menos comentado pero más incómodo es el de los figurantes. Se pregunta por qué no aparece ninguna mujer relevante salvo la esposa del propio Mota. La respuesta que se da es que sí salen mujeres, «algunas de ellas las habituales», pero el problema no es cuántas, sino
quiénes son y cuánto cobran respecto a los hombres. Es decir: el escenario reproduce la misma jerarquía de caché que el resto del sector audiovisual.
La crítica de fondo no es solo política. Es económica. Un programa con «medios técnicos de la hostia» y un despliegue de extras notable se compara con el humor chapucero de Martes y Trece, donde la risa nacía del desastre artesanal. La conclusión implícita: cuando hay presupuesto público detrás, el producto se vuelve aséptico, pulido y perfectamente inofensivo.
El humor como termómetro del miedo
El diagnóstico más repetido es que el humor español ha perdido el colmillo. La irreverencia exige darle la vuelta a los mantras del momento, y hoy eso no se hace. Los temas que deberían estar en el punto de mira —según esta lectura— son otros, y los chistes que se emiten son «refritos dos mil millones de veces». Los pocos nombres que se salvan son extranjeros o periféricos.
El detalle técnico que más ampollas levanta es el de las
risas enlatadas. La queja es unánime: que la gente se ría cuando le salga, no cuando suena la señal. Es el síntoma perfecto de un humor que ya no confía en su propio material.
Al final, el programa cumple su función: entretener sin incomodar a quien firma los cheques. Veinticuatro años dan para mucho, pero no para un chiste que duela de verdad.