Ruido de sables: el almirante que ordenó rescatar cayucos y encendió a media España
La Armada española no ha protagonizado ninguna asonada. Ha hecho algo peor para algunos: cumplir con la orden de rescatar pateras y cayucos en las aguas españolas. La declaración del jefe de la Armada, que ya había insistido en que no iba a dejar morir a nadie en el mar, ha desatado una tormenta donde se mezclan el artículo 8.1 de la Constitución, las acusaciones de traición y alguna que otra ocurrencia sobre privatizar la flota.
Un almirante contra la corriente
La frase que lo ha cambiado todo no admite dobles lecturas: la Armada va a seguir recogiendo cayucos. El almirante, que ya se había pronunciado en términos parecidos en varias ocasiones, ha mantenido la posición frente a quienes exigen mano dura. Los reproches van desde la ironía –que se disuelva la Armada si no protege las aguas españolas– hasta la amenaza y la exigencia de que se abra un proceso disciplinario. El estruendo, en cualquier caso, no es de sables; es de falta de conchabanza entre una parte del país y la cúpula militar.
La Constitución que cada cual lee a su manera
Los críticos esgrimen el artículo 8.1 de la Constitución: las Fuerzas Armadas garantizan la soberanía, la integridad territorial y el ordenamiento constitucional. A partir de ahí, el rescate de migrantes sería una desviación de sus funciones. La respuesta de los que defienden al almirante se apoya en la Ley Orgánica 5/2005, de Defensa Nacional, cuyo artículo 15 detalla las misiones. Ni una ni otra suelen citar la obligación de socorro en el mar, que es anterior y no depende de la normativa interna. Ese matiz incómodo es el que sostiene la posición del mando naval.
- Artículo 8.1 de la Constitución: soberanía, integridad territorial y ordenamiento constitucional.
- Ley Orgánica 5/2005, artículo 15: misiones de las Fuerzas Armadas.
Una flota cara, ¿para desfilar?
Entre el ruido de fondo aflora una vieja reclamación: la Armada cuesta demasiado para lo que aporta. Mantener buques, submarinos y el buque escuela Juan Sebastián Elcano solo serviría para las celebraciones del 12 de octubre. Incluso se ha llegado a sugerir privatizar los servicios militares y dejar que compañías de seguridad marítima gestionen el rescate, una tentación liberal que choca con la realidad de Ceuta y Melilla, con el pulso por el Sáhara Occidental y con la subordinación al mando de la OTAN. Ninguna contrata privada se encargará de la soberanía nacional, por mucho que suene moderno.
Geopolítica: la migración como pieza del tablero
El malestar trasciende la foto del cayuco. Detrás aparece la idea de que España subordina sus intereses a Washington y Londres, que el verdadero encargo es servir de avanzada contra Rusia y que el control de las fronteras marítimas queda en manos de buques nodriza que descargan pateras a pocas millas de la costa. Un sector de la población ya da por hecho que la Armada no protegerá las ciudades autónomas si Marruecos decide apretar y que el único ruido que va a escucharse es el de los teclados de quienes piden que el almirante abandone el cargo.
El ruido de sables se apagará, como todos. Pero la fractura queda a la vista: para unos, la Armada existe para impedir que entre quien no debe; para otros, para que nadie muera intentándolo. La predicción, con reservas, es que la próxima crisis migratoria devuelva a los mismos bandos a las mismas trincheras, y que el almirante, mientras siga al mando, vuelva a ordenar el rescate. La política de defensa, en cualquier caso, ya no volverá a mirar a África con los mismos ojos.