Agua, magdalena y tres lonchas: la cesta de Navidad de SEUR
Una botella de agua, una magdalena y un par de lonchas de embutido. Es todo lo que asoma dentro de la caja de cartón que un trabajador abre en un vídeo que circula estos días y que se presenta como la
cesta de Navidad de SEUR entregada a sus trabajadores. La cara del hombre mientras saca los envases, entre el desconcierto y la sonrisa forzada, ha hecho el resto: el asunto ha dado pie a un largo hilo de comentarios con una mezcla de indignación, guasa y comparaciones con lo que cada cual recibe en su empresa.
Antes de opinar conviene fijar el hecho. Hay un vídeo, hay una caja pequeña y hay un contenido que no llega ni a desayuno completo. La pregunta que sobrevuela todo lo demás es sencilla: ¿esto es una cesta de Navidad o un detalle de oficina mal entendido?
¿Qué contenía la cesta de SEUR?
Los elementos identificables son tres: una botella de agua mineral Bezoya, una magdalena envasada y lo que varias descripciones cifran en
un par de lonchas de chorizo o salchichón. Ni turrón, ni vino, ni nada que pueda guardarse para las fiestas. Hay quien la define como «cesta de supervivencia».
El agua no es un detalle menor. La Bezoya es una marca conocida por su bajo residuo seco —
28 mg por litro, según la comparativa de aguas que se reproduce en las respuestas— y se recomienda en dietas infantiles o para quien debe vigilar el sodio. La botella será buena. Una botella buena sigue siendo una botella. Cada pieza por separado se defiende; juntas no sostienen ninguna narrativa.
¿Se entregó solo al personal externo?
Una de las versiones que circulan sostiene que esta no es la cesta de la plantilla de estructura, sino la que la compañía reserva al personal externo o subcontratado. No hay confirmación oficial de esa distinción y el vídeo no la aclara. El matiz, sin embargo, cambia el marco: si la caja es el aguinaldo de quien reparte como personal externo, el desprecio tiene otra escala que si se aplica a una oficina.
Hay quien sostiene que un externo tiene «suerte de que le den algo». Y hay quien responde que ese razonamiento es justamente el que degrada las condiciones laborales, porque convierte la ausencia de un derecho en un favor.
Cuánto cuesta esa cesta y cuánto cuesta una de verdad
Las estimaciones que se manejan sitúan el contenido del vídeo por debajo de los
5 euros. Y colocan en torno a los 20 euros las cestas que se ven pasear por la calle en diciembre: tres turrones, un vino barato, un chorizo, un lomo pequeño. Algo cutre, admite más de uno, pero que todavía se puede consumir sin apuro.
Una de las fórmulas que se citan es el
ticket regalo: cien euros para gastar donde cada cual quiera, treinta más por cumpleaños, unos
150 euros al año por empleado en total, según el cálculo que expone un participante. Menos que una cena de empresa y bastante menos que el coste reputacional de un vídeo viral. Una petición que aparece, con todo, es otra: que ese dinero entre en la nómina y que cada uno compre lo que le apetezca.
La cesta se sustituye por una tarjeta
Según cuenta un participante, hay empresas que hace años que liquidaron la tradición: fuera el cartón con el nombre impreso y dentro una tarjeta regalo canjeable en un gran supermercado. Fácil y aséptico. El argumento es doble: se elimina el espectáculo de ver a trabajadores cargando cajas por el transporte público y se esquiva el problema de acertar con los gustos. La contrapartida es la de siempre: un detalle que se convierte en apunte contable deja de ser un detalle.
Hacienda también se queda una parte
Un flanco que se suele pasar por alto: varios mensajes del hilo sostienen que la cesta de Navidad computa como salario en especie y que su valor obliga a declarar, aunque sean dos pastillas de turrón, un chorizo y una botella de vino. Con ese marco, una cesta menguante no es solo un problema de presupuesto: es la consecuencia de que regalar por la vía retributiva salga más caro que regalar en efectivo, y de que a la empresa le compense más no dar nada.
Del «algo es algo» al restaurante de empresa
En el otro extremo están quienes recuerdan que hay compañías que ya no reparten nada y que un detalle, por pobre, siempre es más que cero. La comparación se llena pronto de nombres: quien recibe paquetes de firmas de café o de grandes almacenes alaba el servicio cuando la empresa paga calidad; quien trabaja a diario con operadores logísticos reparte reproches por otros sitios. Y una broma recorre la conversación: los sueldos acabarán abonándose en lotes como este.
El único indicador que salió bien
Queda un detalle, quizá el más descolocante. La caja llegó. A la primera, sin incidencias, sin el aviso de «hemos pasado y no había nadie en casa» y sin obligar a nadie a recorrer media ciudad hasta un punto de recogida. En una operación de reparto, ese es el único número que sale limpio. Lo que venía dentro ya es otra conversación.