Farmear aura: el síndrome del espectáculo permanente
Nunca hubo tantas cámaras y tan poca realidad que registrar. El último fenómeno que ocupa titulares desde hace semanas es el «farmeo de aura», una práctica que consiste en exhibirse en público con comportamientos absurdos o deliberadamente provocadores para sumar estatus en las redes. Lo que antes quedaba en el círculo de los cuatro amigos de turno ahora se graba, se comparte y se multiplica ante miles de espectadores anónimos.
La controversia no es estética sino generacional. Hay quien sostiene que se trata de la misma estupidez de siempre, amplificada por el altavoz digital; otros ven un plan deliberado para mantener a los jóvenes entretenidos y políticamente inofensivos. La tesis de la distracción dirigida recuerda a las técnicas que, se argumenta, se emplearon con los hippies en los años sesenta para desactivar a una generación.
Qué es el farmeo de aura y por qué descoloca
Cualquiera que haya jugado a un videojuego entiende la metáfora: farmear es repetir una acción para acumular recursos. Aquí el recurso es el aura, una unidad de carisma o popularidad en la jerga adolescente. Los vídeos muestran a jóvenes haciendo el payaso en la vía pública, a veces con riesgo, casi siempre con intención de hacerse virales. Las interpretaciones van del humor a la alarma: para unos es «la nueva mili», para otros «la nueva forma de camelar». Poca broma, en todo caso, con la referencia a la guerra civil que algunos esgrimen para explicar lo que asombraría a los bisabuelos.
¿Distracción de masas o simple tontería?
El análisis más conspirativo sostiene que nada es casualidad: si los chavales pensaran en lugar de hacer el tonto, acabarían montando una revolución. Esa frase condensa una teoría que circula con fuerza: el poder instiga estas estupideces para mantener a la juventud absorta en el espectáculo. Enfrente, la lectura escéptica recuerda que el ridículo público es tan viejo como la humanidad y que la única novedad es la escala: ahora el público es internet. Alguna voz añade un matiz incómodo: «están así porque ganaron los que ganaron», como si el estado de cosas fuera el resultado de un conflicto ya resuelto.
Entre el esperpento y la advertencia sociológica, el fenómeno deja una pregunta abierta: ¿estamos ante la última tontería juvenil o ante la forma más eficiente de desactivar a una generación? La respuesta, probablemente, se grabará en vídeo.