El diésel no gasta menos: empuja antes y por eso se vende
Dos coches de 110 CV, misma carretera, mismo uso. Uno
diésel, otro gasolina. El diésel parece sacarle treinta caballos al de gasolina. Esa sensación es el origen de una tesis muy repetida: el diésel se compra porque
corre más, no solo porque gasta menos. Y la afirmación es cierta a medias, falsa en el resto.
Cierto en recuperaciones y en marchas largas cuesta arriba. Falso en cuanto se mira la ficha técnica o el cronómetro. La pelea que se ha montado alrededor de esa frase es, en realidad, la pelea entre el par motor y el régimen de giro.
¿Por qué un diésel de 110 CV parece tener más fuerza?
Por el par. La potencia es el producto del par por el régimen de giro. Un diésel entrega mucho par a pocas vueltas; un gasolina atmosférico necesita subir de revoluciones para dar lo mismo. De ahí el empuje inmediato: pisas a 1.800 rpm y el coche responde sin protestar.
La turboalimentación hace el trabajo, no el combustible. Un bloque de gasolina con turbo y buena curva de par logra exactamente lo mismo. Se cita el caso de un 2.0 de gasolina con
211 CV y 29 kgm disponibles desde 1.800 hasta 5.500 rpm: el empujón llega abajo y no se cae arriba. Un atmosférico de altas revoluciones, tipo Honda S2000, no entrega ese tirón hasta las 5.000 rpm. Distinto carácter, no distinta superioridad.
Potencia, par y régimen: la ecuación que desmonta el eslogan
El argumento más repetido es una fórmula de instituto: la potencia disponible es el producto de par y régimen, y no hay nada más. A igual cilindrada, los gasolina rinden más potencia que los diésel. El diésel es más eficiente. No necesariamente más rápido.
De ahí sale la explicación de por qué gana la partida en el tráfico diario y la pierde en cuanto se mide. En bajas vueltas manda el par; en un cero a cien o en un adelantamiento exprimido manda el régimen y la caja de cambios. «Un motor turbo de gasolina tiene mejores prestaciones que un motor turbo diesel montados en la misma carrocería», resume la objeción más respaldada. El cierre habitual llega desde la competición: si el diésel corriera más, los coches de circuito llevarían motor de gasoil.
Las cifras que se citan: León TSI 180 frente a TDI 184
Los números dejan la cosa casi en empate. Un Seat León 1.8 TSI de 180 CV de gasolina firma el cero a 100 en
7,2 segundos. El León 2.0 TDI de 184 CV lo hace en
7,4. Cuatro caballos más de diésel y dos décimas de desventaja. Nada que sostenga el «corre más» en términos absolutos.
Donde el diésel arrasa es en el otro marcador. Los gasolina de 150-170 CV que pasan por las pruebas de prensa se van a
9-10 litros a los 100, mientras el diésel equivalente anda en 6-7. Ahí no hay discusión. Y hay quien va más allá: un diésel de 17 años con 5-6 litros a los 100, tramos urbanos incluidos, y el motor
como una bestia. Con un matiz de peso: veinte años de diferencia tecnológica convierten esa comparación en otra cosa.
El peso y la aerodinámica deciden más de lo que parece
Un caso baja la discusión al suelo. Dos coches de 110 CV, uno diésel y otro gasolina, y el diésel parece muy superior. El detalle: uno pesa
1.275 kilos y el otro
1.380, con peor aerodinámica. Antes de culpar al combustible, conviene mirar la báscula.
Lo mismo vale para el tipo de motor elegido como rival. Poner un diésel turbo de inyección directa contra un gasolina atmosférico de inyección indirecta no es comparar, es hacer trampa. Al diésel se le quitan los artefactos que lleva para sacar caballos y queda lo que queda: un tractor, y encima sin la duración de los de antes, por el aligeramiento de componentes y la electrónica.
Cuántos kilómetros hacen falta para amortizar el diésel
El cálculo que más se repite es de vieja escuela: sobrecoste de compra contra ahorro por litro. Un caso concreto lo desglosa:
1.800 euros más barato en gasolina, 2 litros más de consumo a los 100 km y 15 céntimos de diferencia por litro. Con 145.000 kilómetros en diez años, la diferencia queda amortizada de sobra, aunque el kilometraje anual sea modesto y la intención fuera aguantar el coche hasta el final.
Es el único terreno donde el diésel juega con ventaja clara. Muchos kilómetros, diésel; pocos, gasolina. Los umbrales que se manejan van de los 20.000 a los 40.000 kilómetros al año. Y en algún modelo concreto la diferencia de consumo real se queda en
6 décimas, lo que estrecha el margen hasta hacerlo irrelevante para quien hace poca carretera. Las averías, además, se apuntan más caras en el diésel.
El giro normativo que cambia la foto
A la discusión técnica se le ha sumado otra que no depende del motor. El diésel contamina las zonas urbanas mucho más que un gasolina; los NOx y las partículas de gasoil aparecen como el problema de fondo. De ahí la previsión de impuestos prohibitivos o directamente de prohibiciones de circulación en ciudades grandes.
Dos fabricantes se citan como señal:
Mercedes y Toyota habrían anunciado que abandonan progresivamente los motores diésel en favor de los híbridos. Y el diferencial de precio por litro se ha recortado hasta hacer menos obvio el ahorro. Con ese panorama, la pregunta ya no es cuál corre más.
¿Cuánto tarda en dejar de tener sentido comprar un diésel: lo que tarden las ciudades en cerrarles la puerta o lo que tarde el gasolina en bajar el consumo?