La factura de la guerra: 17.000 millones al día que nadie sabe de dónde salen
La cifra circula con la etiqueta de incontestable:
17.000 millones de euros diarios para sostener la operación militar rusa en Ucrania. El problema aparece en cuanto se coge la calculadora. Si se acepta ese número, el gasto mensual rondaría los
510.000 millones, aproximadamente la mitad del PIB español. Y ahí empieza el escepticismo: hay quien directamente califica la cifra de
absurda, mientras otros defienden que, con el volumen de tropas, blindados y misiles desplegados, el desembolso real podría ser incluso mayor.
¿Cuánto cuesta realmente un día de guerra?
El cálculo más repetido parte de una base sencilla:
200.000 efectivos sobre el terreno, con su correspondiente logística de avituallamiento, armamento, vestuario y calzado. A eso se suman los blindados, la aviación y la marina implicadas, más el consumo de misiles y piezas artilleras. Un desfile en la Plaza Roja, como referencia comparativa, se estima en
40 millones de euros. Si un acto protocolario cuesta eso, la pregunta lógica es cuánto puede costar un día de combate real con pérdidas materiales incluidas.
Hay quien sostiene que la cifra está en rublos, no en euros. Al cambio de
1 euro por 105 rublos, los 17.000 millones de rublos equivaldrían a unos
167-200 millones de euros diarios, una horquilla que encaja mejor con el perfil del ejército desplegado: mucho material de la era soviética, camiones y blindados ligeros, y soldados rasos con salarios modestos. En contra pesa el argumento de las pérdidas: solo con los aviones y helicópteros derribados en una jornada, la factura se dispara a cientos de millones.
El error de confundir balance con cuenta de resultados
Aquí aparece el matiz contable que casi nadie aplica. Contabilizar el valor de reposición del material destruido como coste diario de la operación es mezclar dos cosas distintas: el
balance patrimonial y la
cuenta de pérdidas y ganancias. Un carro de combate destruido genera una necesidad futura de reposición, sí, pero eso no equivale al gasto corriente de mantener a miles de soldados disparando cada día. La distinción importa porque las cifras que circulan mezclan ambas categorías sin avisar.
El otro error habitual es comparar esas magnitudes con el PIB. Un gasto que circula dentro del país no resta necesariamente del producto interior bruto en términos contables; en algunos casos, incluso lo engorda. El dinero que se gasta en combustible, comida o salarios dentro de Rusia no sale de la economía nacional, simplemente cambia de manos. La objeción es pertinente: si el gasto interno alimenta el PIB, la comparación directa con el producto nacional pierde sentido.
¿Aguanta Rusia un año de guerra con estas cifras?
Las estimaciones más prudentes apuntan a un coste mensual de entre
6.000 y 10.000 millones de euros, lo que arrojaría un gasto anual de
120.000 millones. Sobre un PIB inferior al español, eso supondría aproximadamente un
10% del producto interior bruto solo en operación militar directa, a lo que habría que sumar otro
10-15% adicional por el impacto de las sanciones internacionales. Con esas magnitudes, la conclusión que se repite es que la economía rusa no sostiene un conflicto prolongado más allá de un año.
El escenario alternativo es el de una
economía de guerra con hiperinflación: financiar el esfuerzo bélico con impresora, retrayendo consumo del resto de la población, con el rublo hundiéndose y un empobrecimiento generalizado. La pregunta que queda flotando es si ese ajuste es sostenible políticamente o si el descontento interno acaba pasando factura antes que la aritmética.
El efecto colateral en Europa: gas, gasoil y girasol
El coste no es solo ruso. Europa afronta la otra cara de la factura: la subida del gasoil, la dependencia del gas ruso y la escasez de materias primas como el aceite de girasol y el trigo. La pregunta que sobrevuela el análisis es cuánto de ese daño colateral es consecuencia inevitable del conflicto y cuánto responde a decisiones políticas que podrían haberse tomado de otra manera. Alemania sin gas, se argumenta, no aguanta un mes; y sin el motor alemán, la Unión Europea se desmorona en un trimestre.
Hay quien va más allá y sostiene que el verdadero beneficiario de dejar Rusia y Europa en una situación crítica es el mismo actor que llevaba años tonteando con la ampliación de la OTAN hacia el este. La tesis no está demostrada, pero circula con fuerza en los análisis más críticos con el relato oficial.
La cifra de 17.000 millones diarios tiene algo de mito fundacional: se repite tanto que ya nadie pregunta de dónde sale. Y mientras tanto, la única certeza es que alguien está pagando la factura. La duda es si ese alguien es solo Putin.