La jornada partida sobrevive como un fraude de la posguerra
La jornada partida, esa costumbre de trabajar de ocho a dos y de cuatro a ocho, no es una tradición inofensiva ni un capricho cultural. Arranca en la posguerra, cuando el pluriempleo forzó a los oficinistas a encadenar dos empleos. Lo que era una excepción para sobrevivir se hizo norma, y la democracia no se molestó en revisarla.
Cada día son doce o trece horas fuera de casa, con una pausa de dos o tres horas inútiles y la energía justa para llegar muerto. Hay quien cuenta que en la obra regalaba una hora a la empresa cada día, y quien recuerda consultoras donde salir a las siete y media era motivo de burla. «El español es un lobo para el español», resume la cultura de la queja. Hasta hay quien afirma que preferiría vivir bajo un puente antes que someterse a este horario.
No todo es resignación. Trabajadores que cambian a jornada continua describen el contraste como un salto a otra vida: salir a las dos y cuarto en lugar de a las siete y media transforma el día entero. Mientras, convenios congelados y fuerzas de trabajo apretadas bajo una inflación de dos dígitos alimentan el malestar.
La cuestión de fondo: si es un fraude, ¿quién lo sostiene? Porque la jornada partida no es tradición, es poder. Y mientras se discuta si es cultura o necesidad, nadie mirará a quién beneficia.