La jornada partida no es una inocentada cultural, es el invento perfecto de las élites para tenernos controlados y exhaustos, y la prueba está en que se implantó en la posguerra, cuando la necesidad era máxima.
· El origen: la necesidad hecha costumbre. En la posguerra, con la miseria que había, la gente necesitaba pluriemplearse para sobrevivir. Se normalizó que un oficinista trabajara de 8 a 2 y luego de 4 a 8 en otro lado. Lo que era una excepción forzada se convirtió en la norma, y cuando llegó la democracia, nadie se molestó en cambiarla.
· El "gran embeleco" para los remeros. Es un "embeleco" porque te hacen creer que trabajar 8 horas y estar 12 o 13 fuera de casa es normal. Te secuestra el día entero y te deja sin energía para nada más que para sobrevivir. Además, la pausa de 2-3 horas es un agujero […] de productividad: en lugar de concentrar el trabajo, lo alargas artificialmente, y por eso en España se trabaja más horas que en la OCDE pero con peores resultados.
· La trampa de la conciliación (y la desigualdad). Con la partida, es imposible conciliar. El trabajo ocupa todo el día y las tareas del hogar se acumulan en esa pausa, recayendo siempre sobre las mujeres, que son quienes más se adaptan para recoger a los niños.
· La siesta, la excusa perfecta. El discurso de que "la pausa es para comer y echar la siesta" es la coartada perfecta. La siesta no es para descansar, es para alargar tu presencia en el trabajo y cancelar cualquier atisbo de vida fuera de él.
Conclusión: La jornada partida es la herencia de unos horarios pensados para una España pobre y rural que ya no existe. Las élites la mantienen porque les interesa una mano de obra cansada, desmovilizada y sin tiempo para pensar en revoluciones. Mientras tanto, en el resto de Europa nos miran y se preguntan por qué seguimos con esta locura.
· El origen: la necesidad hecha costumbre. En la posguerra, con la miseria que había, la gente necesitaba pluriemplearse para sobrevivir. Se normalizó que un oficinista trabajara de 8 a 2 y luego de 4 a 8 en otro lado. Lo que era una excepción forzada se convirtió en la norma, y cuando llegó la democracia, nadie se molestó en cambiarla.
· El "gran embeleco" para los remeros. Es un "embeleco" porque te hacen creer que trabajar 8 horas y estar 12 o 13 fuera de casa es normal. Te secuestra el día entero y te deja sin energía para nada más que para sobrevivir. Además, la pausa de 2-3 horas es un agujero […] de productividad: en lugar de concentrar el trabajo, lo alargas artificialmente, y por eso en España se trabaja más horas que en la OCDE pero con peores resultados.
· La trampa de la conciliación (y la desigualdad). Con la partida, es imposible conciliar. El trabajo ocupa todo el día y las tareas del hogar se acumulan en esa pausa, recayendo siempre sobre las mujeres, que son quienes más se adaptan para recoger a los niños.
· La siesta, la excusa perfecta. El discurso de que "la pausa es para comer y echar la siesta" es la coartada perfecta. La siesta no es para descansar, es para alargar tu presencia en el trabajo y cancelar cualquier atisbo de vida fuera de él.
Conclusión: La jornada partida es la herencia de unos horarios pensados para una España pobre y rural que ya no existe. Las élites la mantienen porque les interesa una mano de obra cansada, desmovilizada y sin tiempo para pensar en revoluciones. Mientras tanto, en el resto de Europa nos miran y se preguntan por qué seguimos con esta locura.