El doble rasero del feminismo: Rubiales y Errejón
La dimisión de Íñigo Errejón tras las denuncias por presunto acoso sexual ha reabierto una herida que la izquierda creía cerrada: la del feminismo selectivo. Mientras el beso no consentido de Luis Rubiales a Jennifer Hermoso desató una condena unánime y una campaña implacable, las acusaciones contra el exlíder de Sumar han provocado un silencio atronador en las filas progresistas. El contraste no es casual. Es la constatación de que el feminismo, convertido en bandera electoral, se aplica con distinta vara de medir según quién sea el señalado.
El caso Errejón: de icono feminista a señalado
Íñigo Errejón fue durante años el rostro amable de la nueva política. En 2016, Podemos lo eligió como imagen central para los carteles del 8M, el Día Internacional de la Mujer. Ocho años después, su nombre aparece vinculado a una investigación por presunto acoso sexual. La denuncia de Elisa Mouliaá, que inicialmente había apoyado públicamente a Jennifer Hermoso, ha sido el detonante de una cascada de testimonios. Una segunda mujer lo ha denunciado por agresión sexual, según las informaciones publicadas. El relato de la víctima, recogido por varios medios, es estremecedor: «Si gritas o te resistes, será peor». Errejón ha dimitido, pero no ha dado explicaciones públicas más allá de un comunicado en el que atribuye su salida a la necesidad de no dañar el proyecto político.
El caso ha puesto en evidencia una contradicción que la izquierda lleva tiempo intentando tapar. El mismo partido que exige tolerancia cero contra la violencia machista se enfrenta ahora a acusaciones que, de confirmarse, encajan de lleno en el Código Penal. La dirección de Sumar reconoció haber recibido quejas sobre el comportamiento de Errejón más de un año antes de que estallara el escándalo. Nadie hizo nada. El silencio, en este caso, no era cómplice: era estratégico.
El beso de Rubiales: la condena ejemplar
El contraste con el caso Rubiales es inevitable. El expresidente de la Real Federación Española de Fútbol besó en la boca a la jugadora Jennifer Hermoso sin su consentimiento durante la celebración del Mundial femenino. La reacción fue inmediata. El Gobierno calificó el gesto de «inaceptable». Las ministras de Igualdad y Deportes exigieron su dimisión. La Fiscalía abrió diligencias. Rubiales acabó dimitiendo y enfrentando un proceso judicial. El feminismo institucional celebró cada paso como una victoria.
La diferencia de trato no se le escapa a nadie. Cuando el señalado es un adversario político, el feminismo actúa con la contundencia de un martillo pilón. Cuando el señalado es un aliado, la maquinaria se engrasa con silencios, dimisiones discretas y llamadas a la prudencia. Hay quien sostiene que el caso Errejón es una operación de la derecha para desestabilizar a la izquierda. El argumento se cae por su propio peso: las denuncias no las ha puesto Vox, las han puesto mujeres que militaban en el mismo espacio político.
El feminismo como arma arrojadiza
El feminismo se ha convertido en el principal capital simbólico de la izquierda española. De ahí que cualquier acusación contra uno de los suyos se viva como una traición. No es casual que Podemos haya sido el partido que más ha invertido en retórica de género. Ni que sus dirigentes hayan hecho del «nosotras» un instrumento de movilización electoral. El problema es que esa retórica, cuando se enfrenta a la realidad de sus propios militantes, se rompe.
La cascada de denuncias no se limita a Errejón. El PSOE ha registrado al menos 42 denuncias por acoso en seis meses, según las informaciones publicadas. En Galicia, dos exconcejalas han denunciado a la alcaldesa de A Coruña y a su número dos por acoso. El caso de Cerdán y Salazar, dos dirigentes socialistas que habrían impulsado una purga feminista en el núcleo duro de Sánchez, añade una capa más de hipocresía. Las víctimas de ese acoso, según los medios, acudirán a la Fiscalía por la inacción del partido. El patrón se repite: la estructura protege al agresor y silencia a la víctima cuando el agresor es útil.
La reacción de las redes: memes y doble moral
Las redes sociales han sido el altavoz de la indignación. Los memes sobre el «caso Monedero» y las referencias a las fiestas con prostitutas y drogas en la corrupción del PSOE se han multiplicado. La web de prostitutas que se promociona con el nombre de Ábalos —«Aquí, las favoritas de los ministros»— es un ejemplo de cómo el escándalo se ha convertido en material de burla. La izquierda, que había hecho de la superioridad moral su principal activo, ve ahora cómo ese activo se desmorona.
La reacción de Irene Montero a la sentencia de Rubiales fue especialmente reveladora. Mientras exigía cárcel para el expresidente de la RFEF, guardaba silencio sobre las denuncias contra su compañero de partido. La coherencia, en política, es un lujo que pocos se pueden permitir. El feminismo de conveniencia tiene fecha de caducidad.
El caso Errejón no es una excepción. Es la punta del iceberg de un problema estructural en la izquierda española: la incapacidad de aplicar a los suyos los mismos estándares que exige a los demás. El feminismo, convertido en herramienta de poder, se ha vuelto selectivo. Y eso, a la larga, lo deslegitima. La pregunta ya no es si Errejón es culpable o inocente. La pregunta es por qué la izquierda tardó tanto en reaccionar. La respuesta, incómoda, es que no le interesaba.