Idolatrar los 50, 60 y 70: nostalgia o amnesia selectiva
Un joven de 27 años sostiene en un foro que los años 50, 60 y 70 fueron una sociedad hostil, con jornadas de 12 a 14 horas que incluían el sábado, sueldos entregados íntegros en casa y médicos que fumaban en la consulta. Según su relato, quien los idealiza suele haber nacido en 1975 o después y no pisó esa España. La discusión estalló, cuenta, cuando escuchó a un grupo de cuarentones —nacidos a finales de los 70 y principios de los 80— sentenciar que «todo era más sano» y que la mejor época del país fueron los 80, los 90 y los 2000. Señala que ninguno mencionó los años 30, 40 o 50.
Qué había realmente en la España de los 50, 60 y 70 según este relato
El retrato que lanza este participante no es amable: caciquismo, pandillas que dejarían a los actuales como aficionados, ocio escaso o directamente inexistente, tabaco y drogas como norma social, machismo estructural y una doble moral que enfrentaba a hombres y mujeres. A eso se sumaba, según él, trabajar de sol a sol —sábados incluidos— y entregar el sobre completo a los padres, que a veces lo fundían en el bingo mientras cinco hermanos compartían habitación.
La música nacional de entonces, sostiene esta tesis, era un ejército de grupos sin talento imitando un modernismo que hoy se atribuye en exclusiva a milenials y zetas. Y en el colegio, cualquier profesor se descargaba a gusto con el alumnado sin que nadie levantara la voz.
Ni un foro como este habría sobrevivido a esa época, añade: opinar en el bar podía costar un par de hostias o un grisazo.
Por qué los 80, 90 y 2000 se llevan la corona
El propio autor del planteamiento traza la frontera: a partir de 1980-1985 empieza lo bueno. Los 80, 90 y 2000 son «otro rollo». En esa época, según varios participantes, ya se salía de jueves a domingo, había festivales, conciertos, amistades de todo tipo y un ocio que no dependía de una pantalla. Un usuario nacido en 1971 lo confirma: con 12 euros de entonces —2.000 pesetas— se llenaba la mesa de raciones y sobraba para el resto de la noche.
El contraste con la España previa es, según estos relatos, brutal. Los coches eran peligrosos, las carreteras un riesgo y para tener relaciones estables había que pasar por el altar. Los pisos de los 70 eran, en palabras de un participante, chabolismo vertical. El ocio consistía en vinos en un bar y partidas de cartas.
Deprimente, remata.
El argumento económico: casa, sueldo y progreso
Aquí la discusión se vuelve incómoda. Varios participantes sostienen que un sueldo permitía pagar la vivienda y aún desparramar, que el empleo se convertía en fijo de verdad y que los niños jugaban en la calle sin que nadie temiera por ellos. Frente a eso, describen el presente con habitación compartida, alquileres imposibles y trabajos que no llegan. La conclusión que se repite: se vive peor que los padres.
Se relata un caso concreto. Un hombre nacido en 1925 en un hogar humildísimo, con ocho hermanos, el único que aprendió a leer y echar cuatro cuentas, se prejubiló con poco más de cincuenta años en los 70 con unos 10 millones de pesetas de la época, tras alternar el campo, el ganado y la pesca de altura. Se construyó una buena casa sin esfuerzo. Sus hermanos analfabetos tampoco lo hicieron mal, según este relato.
El contraataque: la nostalgia como trampa
No todos compran el relato. La objeción más repetida: quien idealiza los 50, 60 y 70 está aplicando el mismo filtro que dentro de cincuenta años usará alguien para decir que la España de 2024 era maravillosa. Cada generación recorta lo malo y amplifica lo bueno. La hostilidad social, la falta de libertades y la ausencia de expectativas no se compensan con una casa barata.
También se rebate el mito del ocio nulo. Sin pantallas, la calle era el parque de atracciones: trompas, canicas, chapas, patinetes, partidos donde pasaban coches y nadie multaba a nadie. El cine, en Panavisión. La música, infinitamente mejor. Y los médicos de la Seguridad Social, competentes y exquisitos, según quien los vivió de niño.
La predicción, con reservas: mientras la vivienda siga fuera del alcance de un sueldo medio y el empleo estable se convierta en excepción, la nostalgia de las décadas pasadas seguirá ganando terreno. No porque aquellas décadas fueran mejores en todo, sino porque resolvían lo que hoy no se resuelve. Si eso cambia, cambiará el relato. Si no, dentro de veinte años alguien escribirá este mismo texto sobre 2024.