El 'preparado graso' de oliva y girasol que España no deja fabricar
¿Qué se esconde bajo la etiqueta de «preparado graso para cocinar»? Dentro no hay aceite de oliva virgen extra ni girasol puro: es una
mezcla de los dos, un blend que en España no se puede producir —la normativa lo prohíbe para uso industrial desde los años ochenta— pero que sí es legal fabricar en otros países de la UE, Portugal entre ellos, y exportar después a los supermercados españoles. La paradoja se cierra en el mismo pasillo: hay quien ha comprado el aceite de girasol suelto a
1,55 euros.
Qué lleva un «preparado graso para cocinar»
El nombre técnico asusta por diseño:
preparado graso multigrado para freír. Detrás hay una receta que la industria conoce desde hace décadas: una base de aceite refinado, insípido y decolorado, con una porción mínima de virgen extra que sirve casi solo para dar color, y girasol para abaratar el litro final. Hay quien recuerda que el refinado se vende habitualmente como aceite «suave» o «intenso» y que, en puridad, es una mezcla de ácidos grasos más que un zumo de aceituna.
El sector admite que la combinación no es nueva: hay quien recuerda que en 2015 ya aparecía como noticia, y la discusión sobre su presencia en el mercado se ha repetido cada vez que el precio del oliva subía un escalón. Lo que cambia ahora es el envase: el blend se presenta como preparado graso, una denominación que no detalla la proporción de cada aceite. La comparación con la posguerra aparece sola: sucedáneos de chocolate, de café, pan de algarroba. Este es el capítulo contemporáneo de esa serie, solo que ahora llega con análisis nutricional y código de barras.
¿Es legal el aceite de oliva mezclado con girasol en España?
Fabricarlo aquí no. Importarlo, sí. La mezcla está prohibida para uso industrial en España desde la década de 1980, pero la libre circulación de mercancías dentro de la Unión Europea permite que un producto elaborado legalmente en Portugal acabe en la estantería de un supermercado español sin que nadie incumpla nada. En 2023, la prensa generalista tituló que era un
blend «ilegal en España» que ya se vendía en los súpers.
La cosa tiene su ironía. En casa, cualquiera puede mezclar aceites en la sartén y nadie va a llamar a la puerta. Lo que se prohíbe es la elaboración industrial sobre esa base. La frontera, por tanto, no está en el producto: está en quién lo envasa y dónde.
El precio no cuadra: girasol barato y oliva por las nubes
Mientras el girasol se encontraba a
1,55 euros, el aceite de oliva se pagaba por encima de lo que cuesta en otros mercados europeos. La queja recurrente es que un producto que sale del olivar español se vende más caro aquí que en Alemania, y que el diferencial se ha vuelto estructural. Hay quien lo describe como un «euro a dos velocidades» aplicado a la cesta de la compra: se paga por tres lo que en otros países vale uno.
Con ese panorama, el preparado graso no es una excentricidad, es una respuesta de mercado. Cuando el virgen extra se pone por las nubes, la industria saca al pasillo un envase que promete freír sin hipotecar la nómina. El orujo cumplió ese papel cuando el girasol escaseaba. Y el paralelismo con el papel higiénico de la pandemia ya ha aparecido: hay quien bromea con entrar con varios carros a vaciar el lineal y revender más tarde lo que hoy cuesta una cosa por otra bastante más cara. La broma mide bien el ambiente.
El fantasma del aceite de colza de 1981
Ninguna conversación sobre mezclas raras se libra del síndrome del aceite de colza. Aquí reaparece con dos capas. La primera es el miedo: ver una etiqueta que no dice «aceite de oliva» y pensar en lo que pasó. La segunda es la relectura: hay quien sostiene, sin respaldo probatorio, que el problema de 1981 no fue la colza sino los organofosforados que la acompañaban, y que el aceite actuó de chivo expiatorio. Conviene tratarlo como lo que es, una hipótesis sin verificar.
A eso se suma la letra pequeña de los aditivos. Se citan el E319 (terbutilhidroquinona) y el E900 (dimetilsiloxano) como amenazas para el sistema inmune en función de afirmaciones que no vienen acompañadas de estudios. En España no se consideran peligrosos en las dosis autorizadas. Escribirlo aquí no convierte la sospecha en dato.
Cómo se fríe de verdad: churrerías, punto de humo y manteca
La experiencia de oficio contradice buena parte del folclore. En una churrería de las de toda la vida no se usan mezclas: o girasol normal o alto oleico, y el punto se controla con la temperatura y con la cantidad que se echa al perol. La fritura correcta absorbe lo mínimo —algo absorbe siempre—, no mancha el papel de estraza y sale crujiente por fuera sin pasarse.
El consenso técnico es estrecho: si el aceite humea y se oscurece hasta virar a marrón, se ha convertido en veneno y no hay filtrado que lo salve. Reutilizarlo hasta agotarlo es la peor costumbre de la cocina doméstica. Frente a la guerra de etiquetas, la solución más antigua sigue en pie: manteca de cerdo, que aguanta temperaturas altas y no necesita apellidos raros.
El girasol a 1,55 euros y el preparado graso, a saber cuánto. Si alguien encuentra la lógica, que avise. Mientras, el lineal seguirá llenándose de nombres que suenan a laboratorio y la cesta, a nostalgia de la matanza.