El aceite español cuesta menos en Suiza que en España
Un litro de aceite de oliva virgen extra español, con la etiqueta en alemán y colocado en la estantería de un supermercado suizo, se vende a
6,99 euros. En origen, una cooperativa española lo oferta a
8 y 9 euros el litro. En
Alemania, un usuario señala que una botella de 75 centilitros de una marca española conocida cuesta
7,95 euros,
algo más caro que en España. España es el primer productor mundial de aceite de oliva, y el diferencial que se ve en el caso suizo ha dejado de ser una anécdota para convertirse en termómetro de algo más grande.
¿Por qué el aceite de oliva español aparece más barato fuera de España?
La primera explicación que circula es la de las mezclas. En
Portugal y otros países se permite vender como aceite de oliva un preparado con un
70% de aceite de semillas y un 30% de oliva, una práctica prohibida en España. Hay quien sostiene que el fraude no desaparece con la prohibición: cuando la sanción resulta rentable, la marca afectada cambia de nombre y vuelve al mercado. El resultado es un etiquetado que confunde al comprador y un precio que no se corresponde con lo que promete el envase.
Sobre esa base se superpone el margen. El aceite sale de la almazara, cruza una frontera y llega a un lineal extranjero con un precio inferior al que se ve en casa. El transporte existe y encarece, así que el diferencial no se explica por los kilómetros. Algo pasa entre el origen y la caja registradora, y ese algo se cobra aquí.
La vía de la cooperativa y su límite
Comprar directamente al productor se presenta como la salida lógica. Las cooperativas ofrecen el litro
entre 8 y 9 euros, sin intermediarios y sin el riesgo de mezclas que se atribuye a determinadas marcas de lineal. Quien lo practica defiende que sale mejor de precio y de calidad. El problema es que esa cifra sigue por encima de los 6,99 euros que luce el mismo producto en Suiza, lo que descoloca el argumento del transporte y refuerza la sospecha de que el sobrecoste se decide en otro sitio.
La fecha de consumo preferente se acorta
Un detalle llama la atención: la fecha impresa en los envases. Antes, una garrafa duraba
entre 12 y 18 meses; ahora, según un usuario, se ve
entre 2 y 4 meses. El aceite de oliva, bien conservado, aguanta mucho más —se recuerda el caso de la miel, que puede mantenerse óptima durante décadas—, así que la fecha corta no responde a una necesidad del producto. Hay quien lo lee como señal de exceso de stock: mercancía sin vender que el fabricante quiere sacar del almacén cuanto antes. Ciertos medios, se argumenta, empujan en la misma dirección.
Del fosfato saharaui al pienso: quién controla la cadena
El asunto se cruza con una pieza mayor. Un fabricante y distribuidor de alimentación animal que abastece a buena parte de la cabaña ganadera del sur de España pasó a manos extranjeras:
OCP Group, controlada al 95% por el rey de Marruecos, adquirió en mayo el
50% de GlobalFeed. La operación se enmarca en el acuerdo entre el Gobierno español y Marruecos y se lee como un movimiento para controlar un eslabón clave, el pienso que come el ganado del que sale la carne. Si el aceite ya salía caro, esto apunta a que el problema no está en el olivar.
La entrada en la CEE y el desmantelamiento del campo
Otra corriente lleva la mirada más atrás. La incorporación a la entonces CEE, se sostiene, vino acompañada de cuotas de pesca, del cierre de tejido industrial y de un reajuste agrario que favoreció a otros socios. El resultado sería un país convertido en proveedor: produce lo que otros consumen, con precios que se fijan fuera. Enfrente, una lectura más escéptica recuerda que
Países Bajos produce más de la mitad de producto agrícola que España con tres veces menos población, de modo que el campo español no sería insustituible. La disputa no es menor: si lo fuera, el precio se negociaría de otra manera.
Aceite hoy, electricidad mañana
Y detrás del aceite asoma el capítulo siguiente. Se argumenta que España va camino de ser un
páramo energético que exporte electricidad mientras aquí se paga más cara, con la lógica de siempre: producir barato dentro y vender caro fuera. Frente a eso queda una palanca modesta pero real, la del propio consumo. Si el precio no se toca desde arriba, a muchos no les queda otra que dejar de comprar.
Con el mayor productor mundial en la cabecera, el litro suizo a 6,99 euros, el de cooperativa a 8 y 9 y la botella alemana a 7,95, ¿por qué sigue saliendo más barato cruzar una frontera con la garrafa bajo el brazo que comprarla donde se prensa?