El restaurante donde compras, cocinas y pagas 30 euros
¿Pagarías 30 euros por cabeza por hacer tú la compra, cocinar tú la comida y, muy probablemente, fregar tú los platos? Eso es, resumido, el modelo que ha aterrizado en Madrid: un local con supermercado anexo donde el cliente elige los productos envasados, los lleva a una mesa y los cocina allí mismo. La cuenta media ronda los
30 euros por comensal, según el cálculo que más se repite entre quienes han analizado la oferta. El concepto no es nuevo: en 1990 o 2000 ya funcionaba algo parecido en una carnicería de Castilla.
La primera reacción es de incredulidad. Comprar en un supermercado y cocinar en casa cuesta, según los cálculos que circulan,
cinco veces menos que hacerlo en el local. La diferencia no se justifica por el servicio —no hay servicio— sino por el espacio, la mesa y el hornillo. Hay quien lo compara con la sección de comida preparada de un supermercado con mesas y microondas fuera: mismo principio, precio muy inferior.
Qué es exactamente el restaurante donde cocinas tú
El funcionamiento es el de un autoservicio llevado al extremo. El cliente recorre las estanterías de un espacio tipo supermercado, coge bandejas de poliestireno cubiertas de film, paga en caja y se sienta en una mesa con plancha u hornillo. Allí cocina su propia comida. No hay cocinero, no hay camarero, no hay carta.
El detalle que más ha llamado la atención es el de las salsas: hay un puesto de
aconsejación de salsas, un término que no existe en el diccionario y que ha servido para alimentar la tesis de que el proyecto se ha montado con prisas y sin revisar los rótulos. La higiene de esos dispensadores compartidos, donde cualquiera puede toser o estornudar, es otra de las objeciones que se repiten.
El público objetivo, según el análisis más repetido, no es el cliente español de clase media que busca ahorrar. Es la comunidad china residente, para quien la sopa es la base de la dieta y no se hace en cinco minutos. Los rótulos en mandarín y la ubicación del local apuntan en esa dirección. También el turista que quiere comer barato sin depender de un servicio lento.
Cuánto cuesta realmente y por qué se considera caro
La comparación es implacable. Por 30 euros, el cálculo que más circula asegura que se pueden comprar entre
kilo y medio y dos kilos de chuletones, una jarra de cerveza y un café de postre, y cocinarlos en casa. La misma cantidad en el local sale por ese precio sin bebida ni postre. La conclusión de quienes hacen la cuenta es que el sobrecoste no paga trabajo ajeno, sino el privilegio de usar una sartén que no es la tuya.
Hay quien ve el modelo como un
escape room gastronómico: pagas por la experiencia, no por la comida. Y hay quien sostiene que, si el producto fuera de calidad y el formato fuera buffet libre, el precio tendría sentido. No es el caso, según las descripciones disponibles.
La comparación con la barbacoa coreana aparece varias veces. Allí también cocina el cliente, pero al menos hay personal que trae los cortes y cambia la plancha. Aquí, el cliente lo hace todo: coge, cocina, emplata y, si le aprietan, friega.
El modelo Ikea de la restauración: quién gana y quién pierde
El negocio, visto desde el lado del empresario, es imbatible. Sin cocinero, sin camarero y sin fregador, la estructura de costes se desploma. El margen no depende de la rotación de mesas, sino de que el cliente haga el trabajo. Si funciona, el que lo ha montado es un crack; si no, un temerario. La frase que resume la tesis más repetida es que se trata de un
impuesto sobre la estupidez, y que mientras haya demanda habrá oferta.
La defensa del modelo se apoya en la libertad individual: si alguien paga por cocinar su propia comida, nadie sale perjudicado. El problema, replican otros, es que normaliza una degradación del servicio que acaba contagiando al resto del sector. Cuando el cliente acepta hacer el trabajo, el siguiente paso es que lo haga gratis.
La conexión con el problema de la vivienda aparece en varios mensajes. Si los pisos son cada vez más pequeños y las cocinas desaparecen, el restaurante donde cocinas tú se convierte en la extensión lógica del salón de 15 metros cuadrados. La broma recurrente es que el siguiente paso serán los baños compartidos con tarifa plana.
La historia no empieza aquí. En 1990 o 2000, una carnicería de Castilla tenía un anexo con cocina y mesas para que los clientes cocinaran lo que acababan de comprar. Fue un éxito, según el testimonio disponible, y vendían lo que no está escrito. La diferencia es que entonces no había leyes de consumo e higiene tan estrictas como las actuales. El modelo es viejo; el envoltorio, nuevo. Y el precio, muy superior.