México excluye a Felipe VI y exige perdón por la conquista
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha decidido no invitar al rey Felipe VI a su toma de posesión por no haber pedido perdón por la conquista, según el Gobierno español. El Gobierno español ha rechazado asistir al acto en respuesta a lo que considera una exclusión inaceptable. La decisión ha reabierto el debate sobre la memoria histórica, la legitimidad de las disculpas y el papel de España en América.
El gesto de Sheinbaum no es un hecho aislado. Se enmarca en una política de reivindicación del pasado indígena y de distanciamiento de la herencia colonial. La presidenta, de origen judío askenazí, ha sido criticada por su propio historial: se le reprocha no pedir perdón por la corrupción o el narcotráfico, mientras exige disculpas a España. La polémica ha escalado hasta convertirse en un pulso diplomático.
¿Por qué México no invita a Felipe VI?
La negativa a invitar al monarca español se justifica oficialmente por la falta de una disculpa formal por la conquista. Sin embargo, analistas y críticos señalan que se trata de una cortina de humo para desviar la atención de los problemas internos de México: violencia, corrupción y dependencia económica de Estados Unidos. La presidenta busca un enemigo externo para cohesionar a su base.
En España, la reacción no se ha hecho esperar. El Gobierno ha calificado la exclusión de inaceptable y ha decidido no enviar representación. La decisión deja a España fuera de un acto al que sí asistirán otros líderes internacionales, lo que refuerza la tesis de que México busca un gesto simbólico más que un debate histórico serio.
El doble rasero de la memoria histórica
La exigencia de perdón por la conquista contrasta con la ausencia de reclamaciones a Estados Unidos por la mitad del territorio mexicano perdido en 1848, según críticos. La presidenta no ha pedido disculpas a Washington ni ha exigido la devolución de Texas, California o Nuevo México. Tampoco ha cuestionado el papel de las multinacionales o el narcotráfico en la desestabilización del país.
La paradoja es evidente: se exige responsabilidad histórica a España, pero se ignora la responsabilidad contemporánea de otros actores. La memoria selectiva se convierte así en herramienta política. El debate sobre la conquista, con todo, es legítimo: implica revisar el relato oficial y reconocer abusos, pero también matizar el papel de los indígenas en la creación del virreinato y la posterior independencia.
Consecuencias diplomáticas y económicas
La exclusión de Felipe VI no tendrá efectos económicos inmediatos: las empresas españolas siguen operando en México y el comercio bilateral es robusto. Pero el gesto deteriora la imagen de México como socio fiable y refuerza la percepción de un Gobierno más interesado en la retórica que en la gestión. Para España, la ausencia en la toma de posesión es una anomalía diplomática que puede repetirse si no se reconduce la relación.
A largo plazo, el pulso debilita la posición de México en foros internacionales y complica la cooperación en seguridad y migración. La presidenta ha apostado por un gesto simbólico que le granjea aplausos en casa pero le resta capital diplomático fuera. La pregunta es si el coste merece la pena.
Conclusión: La exclusión de Felipe VI es un síntoma de la política de gestos que domina la relación entre España y México. El perdón por la conquista se ha convertido en un arma arrojadiza que impide abordar los problemas reales. Mientras tanto, los ciudadanos de ambos países siguen esperando soluciones concretas, no disculpas históricas.