La madre que confesó haber asfixiado a su bebé de cuatro meses en Sevilla
El 27 de julio de 2024, un bebé de cuatro meses apareció sin vida en una habitación alquilada de la calle Mejillón, en el barrio sevillano de San Jerónimo. Cinco días después, el 1 de agosto, su madre llamó a la comisaría de la Alameda de Hércules y confesó: «He matado a mi hijo, lo he ahorcado, antes le di una cachetada porque no paraba de llorar, quiero confesar para que mi hijo descanse tranquilo». La mujer, que según su propio relato había bebido dos litros de cerveza, fue detenida como presunta autora de un delito de asesinato y el Juzgado de Instrucción 8 de Sevilla decretó prisión provisional el 2 de agosto. La calificación jurídica —homicidio en un primer momento, asesinato según la Policía— sigue abierta a la espera del avance de la instrucción y de las pruebas forenses.
Qué dice la autopsia y qué falta por saber
El avance de la autopsia reveló un hematoma y una hemorragia internos compatibles con el golpe asestado al menor. Los investigadores esperan los resultados de una serie de pruebas practicadas al bebé para determinar si la causa de la muerte fue el golpe o la asfixia. En su declaración ante la Policía, acompañada de abogada, la mujer detalló que el golpe lo dio con la mano izquierda —es zurda— en el lado derecho de la cabeza del niño, y que después fue apretándole el cuello de menos a más durante unos diez minutos, mientras el bebé pataleaba y dejaba de hacerlo a medida que ella incrementaba la presión.
El relato incluye otro dato que los forenses consideran relevante: cuando llegaron los sanitarios, el niño estaba frío y con los labios morados, señal de que había pasado ya un tiempo desde la agresión hasta la asistencia médica. Fue trasladado en ambulancia al Hospital Virgen del Rocío, donde se certificó la defunción. Antes de llamar a la vecina que avisó al 112, la mujer había telefoneado a su marido para decirle que el niño no reaccionaba; él le dijo que lo llevara urgentemente al médico.
La confesión que llegó cinco días tarde
La detención no se produjo el día de los hechos. La mujer contó lo ocurrido a una vecina del bloque, que la instó a llamar a la Policía y le dio el número de la comisaría del distrito Centro. Llamó en tres ocasiones esa tarde: primero no consiguió que la atendieran y luego sí logró hablar con agentes en dos ocasiones. Desde esa comisaría se dio aviso al Grupo de Homicidios, que se desplazó a la vivienda de San Jerónimo, donde estaba la presunta asesina con la vecina a la que había confesado el crimen.
Allí, sin que se tratara de una declaración oficial, la mujer relató a los policías lo que había hecho. La Policía entendió que el bebé no tuvo ninguna posibilidad de defenderse por su corta edad y por eso la detuvo como presunta autora de un delito de asesinato. El juzgado de guardia de incidencias ese 27 de julio fue el de Instrucción 8, que envió a prisión provisional a la madre el 2 de agosto. Judicialmente se le imputa en un primer momento un delito de homicidio, calificación que puede variar según avance la causa.
El agravante del alcohol y el debate sobre el estado mental
En su comparecencia ante la Policía, la mujer admitió de nuevo el crimen en los mismos términos y añadió que había bebido dos litros de cerveza, que no estaba acostumbrada a beber y que a veces se sentía cansada psicológicamente por hacerse cargo todo el tiempo de su hijo de corta edad. Ese cóctel —alcohol, agotamiento, supuesta fragilidad psíquica— es el que centra la discusión jurídica y social del caso.
Hay quien sostiene que una borrachera de esa magnitud explica por sí sola la pérdida de control y que presentarla como un brote psicótico es una estrategia de defensa. En contra pesa el argumento de que el alcohol no borra la conciencia del acto ni exime de responsabilidad, y de que la asfixia se prolongó durante minutos, no fue un impulso de un segundo. La discusión sobre la eximente psiquiátrica y sobre el control postparto recorre el caso de arriba abajo, sin que ninguna de las partes haya cerrado todavía su posición.
El doble rasero que se discute en los medios
Una parte del análisis mediático del caso apunta a un tratamiento desigual según quién cometa el crimen. Se argumenta que, si el autor hubiera sido el padre, la noticia habría ocupado portadas y telediarios durante semanas, con observatorios, manifiestos y listas de víctimas. Aplicado a una madre, el mismo hecho se despacha con menos cobertura y con más matices psicológicos. Es una percepción extendida, no un dato verificado, pero explica por qué el caso ha generado más conversación en foros y redes que en los grandes titulares.
En paralelo circula la tesis, también discutida, de que el «instinto maternal» como categoría universal es un mito y de que la maternidad no protege a nadie de cometer una atrocidad. Los casos de filicidio se cuentan por decenas cada año en España, con o sin alcohol de por medio, y la mayoría no llega a los informativos. La pregunta que queda en el aire no es si esta mujer es un monstruo —eso lo decidirá un tribunal— sino por qué solo algunas de esas muertes se convierten en escándalo nacional.
Con la instrucción abierta y la causa en manos del Juzgado de Instrucción 8 de Sevilla, el caso sigue sin sentencia firme. La única certeza es la que la propia madre puso por escrito en su confesión: un bebé de cuatro meses murió asfixiado en una habitación alquilada porque no paraba de llorar. Todo lo demás —la pena, la eximente, el relato— está por escribir.