800.000 millones de defensa que nadie ha votado
Ochocientos mil millones de euros. Esa es la cifra que vertebra el malestar: un plan de rearme europeo que, según el cálculo que circula en los análisis más críticos, saldrá de los bolsillos de los contribuyentes mientras la ciudadanía mira hacia otro lado convencida de que el dinero brotará de un árbol o de que basta con cambiarle el tóner a la impresora. La discusión no es nueva, pero ha encontrado un punto de ebullición: la deriva belicista de las instituciones comunitarias contra un enemigo que, para una parte del análisis, sencillamente no existe.
El punto de partida es una tesis incómoda:
Rusia nunca fue, es ni será un enemigo real de Europa. Sobre esa premisa se levanta todo lo demás —el gasto, el discurso, la propaganda— y también la sospecha de que el verdadero problema no está en Moscú sino en Bruselas.
Quién paga los 800.000 millones de rearme europeo
El argumento económico es el que más recorrido tiene. El dinero no se crea por decreto: se extrae de los ahorradores vía inflación, se hipoteca la capacidad de gasto futura y se detrae de partidas que sí tocan la vida diaria. La objeción técnica también aparece:
la defensa no es competencia de la Unión Europea, sino de los Estados miembros, de modo que cualquier arquitectura de gasto compartido nace, cuando menos, con un problema de encaje legal.
Hay una segunda capa. Si el marco comunitario se descompone, el análisis más duro sostiene que no pasaría gran cosa: la vida seguiría igual que antes de que apareciera este engendro multinacional. La comparación histórica que se maneja es la de la caída de Bizancio: con el Imperio Romano de Oriente disgregado en taifas, la potencia que hoy ocupa su lugar podría dedicar sus recursos a otros frentes sin el contrapeso europeo.
El argumento identitario: Europa no existe como sujeto político
La objeción de fondo no es económica sino antropológica. Un ejército europeo no sería viable porque nadie está dispuesto a dar la vida por lo del vecino: no hay identificación, ni cohesión, ni sensación de pertenencia, ni valores compartidos por los que luchar. La entidad política Europa, se argumenta, es un constructo sin cimientos: hasta hace muy poco los propios europeos se mataban entre sí con una intensidad que no tiene parangón.
La tesis se refuerza con el sustrato religioso. Hubo un tiempo en que todos, de una forma u otra, compartían un fondo cristiano —católicos, luteranos, calvinistas— que servía de pegamento. Ese sustrato se ha diluido y lo que queda, según esta lectura, es un infierno burocrático que sostiene el nivel de vida de sus administradores y que recibe sin filtro a población que no comparte esos códigos.
¿Por qué el Reino Unido vuelve al discurso europeísta tras el Brexit?
La paradoja británica no se le escapa a nadie. Los primeros en salirse de la Unión son ahora los primeros en organizar cumbres para implicar a todo el mundo en un conflicto extracomunitario. Nunca dieron puntada sin hilo, y el giro merece al menos una pregunta: ¿por qué quien se marchó es ahora el más entusiasta en mandar europeos a morir lejos de casa?
La respuesta que se apunta es menos noble: el europeísmo de conveniencia sirve para repartir el coste. Y de fondo, la sospecha de que todo el montaje —las loas desproporcionadas a los líderes que pregonan envíos masivos de tropas y armamento— forma parte de una farsa para saquear a los europeos, no de una política exterior real.
El coste demográfico y cultural del proyecto europeo
El otro gran frente es el demográfico. El único objetivo actual de la maquinaria comunitaria, según la lectura más crítica, es funcionar como servicio social de amplias regiones vecinas, hasta el punto de que un recién llegado puede cobrar más ayudas que un nativo. El caso que se cita es el de un refugiado en Alemania con cuatro mujeres y 23 hijos cuya familia recibiría
360.000 euros anuales en ayudas estatales, una cifra que desató la polémica en el país.
A eso se suma la queja regulatoria:
5.000 nuevos impedimentos al año que dicta Bruselas frente a los que no dicta Moscú. El enemigo del europeo medio, concluye este análisis, no está al este sino en los despachos que nadie ha votado.
El diagnóstico moral: una sociedad que no puede confrontar
La última capa del argumento es la más incómoda. La cuestión no es si Rusia es un enemigo, sino que Europa no puede confrontar a ningún enemigo dentro de su marco mental y moral actual. Una sociedad que ha renunciado a la dureza no puede medirse con quien basa su poder en la fuerza bruta. El sistema, se dice, es
charocrático, y eso lo incapacita estructuralmente para la disuasión.
Frente a esta línea, la postura opuesta es igual de clara: Rusia es la culpable y cada baja rusa se celebra. El choque no admite término medio, y explica por qué el asunto se ha convertido en una trinchera más de la política española.
Con estos mimbres, la pregunta no es si Europa puede defenderse, sino si alguien está dispuesto a pagar la factura cuando llegue el primer recibo. Y ese recibo, por ahora, no lo ha visto nadie.