Valencia cierra colegios y ambulatorios con previsión de lluvia escasa
¿Cuánta lluvia hace falta para suspender las clases en toda una ciudad? Según el Ayuntamiento de València, ninguna. Tras la reunión del Cecopal y en virtud del Nivel 0 decretado por la Generalitat, se decidió suspender todas las actividades educativas en la ciudad mientras durase la emergencia, que abarcaría «como mínimo» el martes y el miércoles. El confinamiento climático se extendió después al jueves 6. En la calle, el balance meteorológico fue de
entre 0 y 20 litros por metro cuadrado previstos y, en la práctica, de un litro escaso. Los críos, en casa. Los ambulatorios, cerrados. Los supermercados, en el punto de mira de quien pedía medidas más duras.
Qué se cerró exactamente y con qué criterio
La suspensión no se limitó a los colegios. El paquete incluyó también la actividad sanitaria en ambulatorios y centros de salud, además de empujar al teletrabajo a quien pudo permitírselo. El argumento oficial era la prudencia ante un episodio que las autoridades presentaban como potencialmente severo. El problema es que la previsión de Aemet para la ciudad hablaba de
2 o 3 litros por metro cuadrado como mucho, y esa previsión se cumplió. En el resto de la Comunidad, admiten los propios observadores, la cosa fue más imprevisible.
Hay quien sostiene que cerrar colegios y consultas por debajo de esos umbrales rompe la confianza en el sistema de alertas. En contra pesa el recuerdo de episodios de gota fría con víctimas y coches arrastrados por las ramblas, que en el levante no son ninguna novedad. La discusión, por tanto, no es si hay que avisar: es cuándo y con qué intensidad.
El coste económico de tres días sin actividad
Suspender la actividad educativa durante tres días consecutivos tiene una factura que no aparece en ningún comunicado. Padres y madres que no pueden teletrabajar, negocios que pierden jornadas, personal sanitario reasignado o directamente parado. La decisión se tomó, además, en una ciudad donde no se inundó nada y donde la lluvia fue, en palabras de quien salió a la calle a comprobarlo,
cuatro gotas.
El cálculo completo, con jornadas perdidas y actividad desplazada, da una cifra que nadie ha publicado todavía. Lo que sí circula es la comparación con el coste de no hacer nada en episodios anteriores, cuando la ayuda tardó tres días en llegar a municipios afectados y los vecinos y voluntarios fueron quienes sostuvieron la emergencia.
El cierre sanitario, el punto más discutido
Cerrar ambulatorios por lluvia es la medida que más incomodidad genera. Si el criterio es que el desplazamiento es peligroso, el mismo criterio debería aplicarse a quien tiene que ir a trabajar a cualquier otra actividad presencial. Varios análisis señalan la incoherencia: se protege al docente y al alumno, pero no al remero, al dependiente o al administrativo que también tiene que cruzar la ciudad.
La sobreactuación tiene un coste político evidente. Cuando la alerta se activa sin que pase nada, la siguiente alerta real pierde credibilidad. Y en una región donde la gota fría mata de verdad, esa credibilidad es el activo más valioso del sistema.
Quién pide más cierre y por qué
El detalle más llamativo del episodio es que, con los colegios ya cerrados y los ambulatorios suspendidos, una parte del público reclamaba medidas aún más duras: cierre de supermercados, restricciones de movilidad, confinamiento estricto. La espiral de prudencia no tiene freno natural. Cada medida insuficiente a ojos de los más precavidos genera demanda de la siguiente.
El resultado es un confinamiento climático que se amplía por inercia, no por datos. Primero martes y miércoles. Después, jueves. Y la pregunta que sobrevuela es si alguien está midiendo el coste de cada día añadido o simplemente se cubre las espaldas por si acaso.
Con previsión de lluvia escasa y tres días de vacaciones forzosas, el balance es el de siempre: los críos contentos, los padres cuadrando horarios y los responsables políticos sin dar una sola explicación técnica de por qué el umbral estaba donde estaba.
Prudencia, lo llaman.