El niño de la piscina que buscaba tranquilidad y encontró 17 juicios
Álvaro, el niño que se hizo viral por declarar que solo buscaba "tranquilidad" en una piscina de Fuente Cerrada (Teruel), lleva cinco años sin salir a la calle y acumula 17 procesos judiciales. La paradoja es brutal: lo que empezó como un deseo naíf de paz acabó en un infierno burocrático-judicial que dura ya media década.
El caso ha resucitado el debate sobre la inimputabilidad de los menores. Cuando Álvaro protagonizó el vídeo viral tenía 12 años; según el ordenamiento, un niño de esa edad es penalmente inimputable. Sin embargo, la maquinaria judicial le ha seguido hasta la adolescencia con una cascada de juicios que él mismo, según fuentes próximas al entorno, no termina de comprender. Mientras tanto, otros menores de edad que cometen delitos graves –algunos citan a los menas– parecen esquivar el banquillo con frecuencia.
La huida de la calle: ¿miedo o medida cautelar?
Que un chaval de 12 años no salga de casa durante cinco años no es normal. Quienes le defienden sostienen que Álvaro está aterrorizado: su viralidad le convirtió en objetivo de acoso y de un sistema que no supo gestionar su caso con proporcionalidad. Otros apuntan a que alguna de las 17 causas implicaría medidas cautelares que le impedirían abandonar el domicilio. La información pública es escasa, pero el rastro judicial es inusualmente largo para un menor.
De mito local a símbolo de la contradicción jurídica
En Fuente Cerrada aún le recuerdan con simpatía. Fue el mejor embajador del pueblo, un chaval que sin pretenderlo puso el nombre del municipio en los mapas. En cualquier país con sentido del humor, le habrían hecho una estatua. En España, la justicia le ha hecho 17 procesos. La comparación con la persecución inquisitorial que algún foro ha aventurado no es descabellada: el lenguaje procesal se ha cebado con un niño que solo pedía paz.
El caso de Álvaro no tiene visos de resolverse pronto. Cada nuevo juicio añade un año más de reclusión forzosa o voluntaria. Mientras el sistema judicial siga actuando con el piloto automático de la burocracia, habrá niños que paguen el precio de un aparato que no distingue entre peligrosidad real y vulnerabilidad infantil. La tranquilidad que él buscaba sigue siendo, cinco años después, una quimera.
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