Terrazas a reventar: el lujo que sustituye a la vivienda
Las terrazas están a reventar y eso no quiere decir que la economía vaya bien. Quiere decir que una parte de la población ha renunciado a lo grande y exprime lo pequeño: quien todavía las frecuenta cuenta que un doble de cerveza al sol cuesta hoy entre 2,50 y 3 euros, mientras la vivienda, el coche o la segunda residencia se han vuelto inalcanzables para buena parte de quien ocupa esas mesas. La estampa se repite en el centro de Madrid, en los barrios de fuera de la M30 y en las cervecerías de barrio de A Coruña. Para unos es el último lujo que queda; para otros, postureo puro y duro.
Cuánto cuesta sentarse en una terraza
El precio se ha convertido en el mejor argumento de la discusión.
Un doble de cerveza se mueve entre 2,50 y 3 euros, a menudo con un pincho de escasa entidad, cuando la misma cerveza en lata se compra a
0,42 euros en un hipermercado. Quien era cliente asiduo ha pasado a ocasional de un tiempo a esta parte.
Es un atraco a mano armada, resume quien todavía recuerda cuándo el bar era rutina y no capricho.
La factura también se nota en el plato. En locales de barrio de A Coruña, donde antes salían raciones como norma general, ahora lo que aparece son tapas y platos para compartir, según relata un usuario. Menos producto por el mismo dinero. La terraza sigue llena, pero la ración mengua.
El último lujo de quien no puede permitirse nada más
La explicación que más se repite no habla de alegría económica, sino de resignación. Quien no tiene dinero para vivienda, inversiones o grandes gastos sí puede permitirse desayunar en el bar o comer fuera: es de los pocos desembolsos que todavía reportan una satisfacción inmediata.
Con 20 euros, el razonamiento es simple: uno se sienta a la vista de todos y le sirven en la mesa. Eso, y la sensación de participar en algo.
De ahí que el gasto se mantenga aunque el resto del presupuesto se recorte. El consumidor no renuncia al pequeño placer visible porque ya ha renunciado a todo lo demás: la terraza funciona como escaparate de una normalidad que, puertas adentro, no existe.
¿Se paga con crédito y con patrimonio heredado?
Otra línea de análisis apunta a las fuentes de financiación. Se sostiene que buena parte del gasto se apoya en crédito al consumo y en patrimonio familiar: pisos heredados que se alquilan o que se venden directamente para ir quemando los billetes. El perfil que se dibuja es el de una generación que vive de lo amasado por abuelos y padres y que, en muchos casos, no tiene hijos a los que rendir cuentas.
También se apunta a la banca. Las entidades siguen ofreciendo crédito a quien tiene patrimonio con el que responder, aunque su capacidad real de devolverlo sea dudosa. La sensación de dinero gratis convive con una deuda que, antes o después, alguien tendrá que pagar.
Turismo y compra de vivienda por extranjeros
El turismo explica una parte del lleno. En el centro de las ciudades las mesas las ocupan visitantes extranjeros; en los barrios periféricos, clientela local. La Feria de Sevilla dejó la imagen del año:
un 60% más de vuelos que el año anterior y colas para coger el metro desde Mairena del Aljarafe. Cuando el dinero quema en el bolsillo, se gasta.
A la presión turística se suma el interés inversor.
Alrededor del 30% de las compras inmobiliarias en España corresponde a compradores extranjeros, según el titular que se cita en el debate, y un forero sostiene que su vivienda casi ha duplicado su precio en seis años. El ladrillo se ha convertido en refugio de un dinero que busca dónde meterse. La vieja máxima de que los pisos nunca bajan sigue sobre la mesa, con una respuesta recurrente: bajarán cuando les interese a quienes tienen que decidirlo.
Por qué el bar lleno no mide la economía
La hostelería puede ser el peor termómetro posible.
Funcionarios, pensionistas y rentistas, con ingresos estables, sostienen buena parte del consumo visible sin que eso diga nada del resto de la escala. Y buena parte del lleno se concentra en fin de semana: entre semana la foto cambia, aunque en muchos barrios ni así se vacía el local.
La obsesión por la fiesta admite otra lectura: la de quien no es feliz en su día a día y busca en la mesa una compensación que no encuentra en su vida cotidiana. La fiesta tampoco satisface del todo, pero el ritual se repite igual cada semana. Hay incluso quien lleva el asunto al extremo: ni una escalada bélica global detendría el terraceo. Las terrazas y los gimnasios funcionan como psicólogos de masas, con más clientes cuanto más aprieta el problema.
Sobre cuándo se acaba esta fiesta, el debate se divide: hay quien sostiene que se terminará cuando se agote el patrimonio familiar y se encarezca el crédito, y quien recuerda que el terraceo es de lo último que se abandona y que haría falta un colapso total del sistema para dejarlo de lado.