25N: el feminismo llena las calles y la brecha social se ensancha
El 25 de noviembre de 2024, más de cuarenta ciudades españolas acogieron marchas contra la violencia machista. En Madrid, dos manifestaciones convocadas por Foro Madrid y la Comisión 8M recorrieron la capital bajo el mismo grito: «Las mujeres ya no nos callamos». La jornada dejó una pancarta de una adolescente de 14 años, Inés, junto a su madre Amparo, de 45, con un mensaje en inglés contra el patriarcado. También dejó 42 víctimas mortales por
violencia de género en lo que iba de año, según los datos que maneja la organización. Y dejó, en los márgenes digitales, un reguero de reacciones que revelan una fractura más profunda que la de las propias marchas.
¿Qué pasó en las manifestaciones del 25N de 2024?
Las cifras oficiales de las organizaciones hablan de dos marchas multitudinarias en Madrid, aunque las estimaciones independientes que circularon por redes rebajaron el conteo a unos 6.000 asistentes entre ambas. La divergencia entre el dato oficial y el real es ya un clásico de cada concentración. En Barcelona, la manifestación convocada por la Asamblea Feminista Unitaria y secundada por otros 26 colectivos recorrió el centro con el lema «Que la vergüenza cambie de lado».
El caso de Gisèle Pélicot, la mujer francesa violada por decenas de hombres —entre ellos su marido—, se convirtió en símbolo central de la jornada. Su frase «la vergüenza cambia de bando» fue coreada en varias ciudades. También se recordó a Ana Orantes, quemada viva por su marido en los años 90 tras denunciar en televisión la violencia que sufría. «Es eterna y gracias a ella empezó a tenerse en cuenta la violencia de género», resumía Patricia, de 38 años.
Las violencias que no se ven: del silencio a la economía
Más allá de los feminicidios, las asistentes pusieron el foco en lo que llaman violencias invisibles. Melanie, francesa de 28 años, lo describía así: «Pienso que la peor es la del silencio, la violencia que sentimos pero que no vemos directamente, como el miedo cuando volvemos a casa». Carmen, de 31, añadía la dimensión laboral y familiar: «Hay que luchar contra todas las violencias como la más tangible, que es la física, y contra la más invisible de todas que la sufrimos en el día a día en el trabajo, en la familia».
Las portavoces de la Comisión 8M, Amaya Ugarte y Ana Martínez, ampliaron el marco: «No podemos olvidarnos de la violencia económica que acompaña nuestro camino laboral, que nos impide el acceso a la vivienda digna y que nos precariza sobre todo a los colectivos más vulnerables». La expresión «violencia económica» generó un rechazo inmediato en amplios sectores. Hay quien sostiene que se trata de una categoría elástica que diluye el término violencia hasta vaciarlo de significado. En contra pesa el argumento de que la precariedad laboral y el acceso a la vivienda son problemas reales, aunque su encaje bajo la etiqueta de violencia sea discutible.
La brecha entre las calles y la opinión digital
Las reacciones que se multiplicaron en foros y redes mostraron un rechazo frontal. Una parte de los participantes sostuvo que el feminismo institucional se ha convertido en un artefacto de propaganda política y que las manifestaciones no representan a la mujer común. Otros apuntaron a un déficit de perspectiva: mientras en España se reclama por derechos ya reconocidos, en países como Afganistán, Irán o Bangladesh las mujeres se juegan la vida por estudiar o trabajar. La comparación geográfica fue uno de los ejes más repetidos.
El caso de Íñigo Errejón planeó sobre algunas conversaciones. Se argumentó que un partido de izquierdas habría conocido los abusos y los habría silenciado, aunque ninguna de esas afirmaciones se ha probado judicialmente. La discusión derivó hacia la credibilidad de los medios y hacia la percepción de que existe un doble rasero informativo.
El 25N y la memoria del estado de alarma
La fecha arrastra un lastre desde 2020: la manifestación de ese año se celebró menos de una semana antes de la declaración del estado de alarma por la pandemia. Aquel episodio dejó una herida en la credibilidad de las convocatorias y todavía se invoca cada 25N. Algunos análisis sostienen que la fecha irá diluyéndose hasta quedar reducida a actos institucionales sin gran movilización social.
La división en dos marchas en Madrid —Foro Madrid y Comisión 8M— es en sí misma un dato. Un movimiento que se reclama unitario no logra una sola convocatoria en la capital. Las portavoces de la Comisión 8M insistieron en el carácter estructural de la violencia, pero la fragmentación organizativa cuenta otra historia.
¿Qué queda del 25N?
Quedan 42 mujeres asesinadas en lo que iba de año, según las cifras que manejan las convocantes. Quedan pancartas en inglés, batucadas y lemas que se repiten cada noviembre. Queda, sobre todo, una brecha que no deja de crecer entre quienes ven en el feminismo una causa urgente y quienes lo perciben como un relato al servicio de intereses políticos. Con este nivel de polarización, la próxima convocatoria probablemente repetirá el mismo patrón: más ruido en las redes que consenso en la calle.