El presupuesto de julio se come agosto: piscina y cerveza
El dinero de las vacaciones se gastó en julio. Quien no tenga reserva hecha, agosto lo pasará entre la piscina municipal y una cerveza cerca de casa: nada de escapadas de fin de semana, ni mucho menos una semana en la costa y, en el mejor de los casos, unos días en el pueblo. Los créditos al consumo que tapaban los huecos han topado con su propio límite. El
ahorro que se acumuló en los años buenos ya está líquido. O gastado.
La escena tiene dos versiones incompatibles. En una, las estrecheces empiezan antes de que acabe el verano. En la otra, no hay un solo síntoma de frenazo. Las dos pueden ser verdad al mismo tiempo, y eso convierte el asunto en algo más interesante que una queja de agosto.
El relato de las terrazas llenas y el de la costa apagada
Hay quien sostiene, sin matices, que su entorno entero está de vacaciones y sin ningún apuro económico. Se citan cenas a las que no se puede entrar sin reserva, locales que rechazan clientes y precios desorbitados que nadie parece discutir. En el extremo opuesto, alguien describe municipios del sur de Madrid donde a las diez de la noche no hay casi nadie en la calle, terrazas con dos o cuatro mesas ocupadas y heladerías con un tirón flojo.
Las dos fotos conviven. Hay barrios donde el verano se ha apagado de golpe y otros donde la ocupación es total. El dato que zanja la pelea no existe; el que existe es el de la composición de cada entorno.
Ni todos los que veranean son ricos ni todos los ricos veranean. Un caso ilustrativo: una familia que pagó más de 3.000 euros por diez días en una casa rural apartada, sin servicios y sin apenas gente alrededor. No es el perfil del derroche, es el del que se deja el presupuesto entero en una sola salida.
De dónde sale el dinero que llena las mesas
El argumento más repetido apunta a las rentas que no dependen del ciclo. Un hogar tipo con dos pensiones máximas —2.350 euros por catorce pagas y por dos titulares—, unos 5.000 euros mensuales en dividendos de acciones de la empresa donde se trabajó y seis alquileres con 3.000 euros netos suma alrededor de 13.000 euros al mes, con la vivienda ya pagada. Con esas cuentas, el problema no es gastar: es dónde.
A eso se añade el bloque de nóminas del sector público y las pagas extra de julio, que se van directas al consumo. Hay quien cifra en 17 millones las nóminas públicas frente a 13,5 millones de asalariados y 3 millones de autónomos, con una recaudación de 260.000 millones y una deuda de magnitud similar.
Una parte del país consume porque el Estado le paga todos los meses, pase lo que pase.El ahorro familiar que ya no existe
La otra cara del mismo asunto es la ausencia de colchón. Un asesor fiscal lo resume sin adornos: casi nadie tiene ahorros y hoy son hogares y empresas los que viven de la financiación de bancos y financieras. Eso explicaría la alegría con la que se gasta incluso con los precios donde están.
El detalle doméstico desmiente cualquier épica del consumo: la cesta de la compra se sitúa en 400 euros al mes para una sola persona con productos básicos, sin caprichos. Hay quien calcula en 150 euros mensuales una compra austera, a base de producto fresco y marca blanca. La diferencia entre ambos presupuestos no es el gusto, es el margen.
¿Por qué la subida de sueldo no se nota en la nómina?
Porque se la come el IRPF. Un incremento del 3% sobre un tramo marginal del 35% al 40% deja el aumento real en un 1,8% o 2%, con una inflación que se ha movido en otra escala. La falta de deflactación de la tarifa convierte cada revisión salarial en un espejismo y el poder adquisitivo se erosiona sin que la nómina baje. Es el mecanismo que explica que muchas familias gasten más que antes y hayan dejado de ahorrar.
El 26% que no sale en las fotos de la terraza
El contrapunto duro llega con las cifras de pobreza. Un informe difundido por prensa económica sitúa a España como cuarto país de la Unión Europea con mayor porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social: un 26%, solo superado por Rumanía (34%), Bulgaria (32%) y Grecia (26,3%). El mismo informe descarta el relato de la economía que va como una moto.
Ahí está la tensión real. Un país con una cuarta parte de su población en el filo y con terrazas sin mesa libre no es un misterio, es una distribución. Y la distribución, a diferencia del gasto, no se ve desde la barra del bar.
La predicción más repetida apunta al otoño, cuando se revisen las hipotecas variables y lleguen las cuestas de septiembre. Con reservas: nadie sabe aún si el consumo aguanta porque la deuda lo sostiene o si el frenazo se está disfrazando de verano. Y la advertencia más fina de todo el asunto es otra. El clic no se nota hasta que se acaba el paro.