Superioridad moral: el reproche cruzado que sigue a las urnas
La paradoja la firma el propio reproche. Quien acusa a su adversario de creerse moralmente superior suele hacerlo desde un pedestal idéntico, y eso es exactamente lo que vuelve a ocurrir cada vez que se recuentan los votos. El texto que abrió la polémica arrancaba llamando al orden a los votantes de la izquierda por haber apoyado, dos veces, a un dirigente al que se atribuyen un doctorado comprado, la manipulación de unas votaciones internas de su propio partido y el incumplimiento de todo su programa. Nada de eso consta acreditado en firme: circula como munición política, no como hecho probado.
A partir de ahí el diagnóstico era de brocha gorda. Que la izquierda vota lo que le dictan
la televisión, el cine y las plataformas. Que acepta sustituir su cultura por poblaciones llegadas de otros continentes para abaratar la mano de obra. Y que lo hace en contra de los trabajadores, de la clase media y de la familia. La respuesta del otro lado insistió en el mismo tono: que quienes así hablan se creen mejores que nadie.
El reproche económico: vivienda, salarios y fronteras
El nudo del enfrentamiento no es abstracto. Una parte del electorado sostiene que la llegada continuada de población migrante durante dos décadas encarece la vivienda y contiene la subida de salarios, y sitúa ahí la raíz del malestar. Ese mismo diagnóstico carga además contra los gobiernos del PP y del PSOE por haber permitido ese flujo durante veinte años. Y la réplica llega por otro lado: que señalar al recién llegado como culpable del precio del alquiler desvía la mirada del verdadero negocio: el rentista que compra un inmueble, le lava la cara y lo alquila.
En ese cruce apareció un nombre propio:
Iván Espinosa de los Monteros, dirigente de VOX y, antes, profesional del sector inmobiliario. Se le reprochó que su partido no incluyera ninguna medida contra el problema de la vivienda en su primer programa electoral, mientras circulaba la acusación, no acreditada, de que la formación había pagado —400 euros por cabeza, se dijo— por difundir consignas del estilo «trabajo hay, lo que pasa es que la gente no quiere trabajar». La vivienda, viene a decirse, es el punto donde el relato de la meritocracia se rompe.
¿Quién infló la burbuja inmobiliaria? Todos metieron la zarpa
Aquí el señalamiento se vuelve casi deporte de competición. El PSOE de Felipe González plantó las bases al sustituir la industria por el ladrillo cuando Europa pidió desmantelarla. El PP de Aznar la regó con crédito, en expresión repetida, a paladas, a camiones y a petroleros. Y el PSOE de Zapatero negó que estuviera a punto de reventar mientras se entretenía en otras cosas. La conclusión que se repite: en la burbuja metió la zarpa
todo el mundo, y por eso ningún partido sale bien parado del repaso. Conviene recordar que las acusaciones de manipulación de primarias y de promesas incumplidas siguen sin resolverse en firme.
¿Cuánto dinero pueden crear los bancos? El coeficiente de caja
Legalmente, bastante más de lo que sugiere la intuición, y el techo lo marca el coeficiente de reservas. Ese coeficiente era del
2% hasta 2012 y bajó después al
1%, lo que multiplica la capacidad teórica de crear dinero bancario. Con un coeficiente del 2%, el máximo teórico se sitúa en 50 veces la base monetaria, un escenario en el que todo el efectivo acabaría en las reservas del banco central.
La discusión se enredó con cifras de la España previa al euro. A principios de 1998, cuando se fijan los tipos de cambio y el Banco de España apaga la impresora, había
8 billones de pesetas en circulación, no los 23 que se atribuían en algún cálculo. La deuda privada rondaba entonces los
400.000 millones de euros. Y se llegó a hablar de un préstamo de
1,5 billones de euros de la
banca centroeuropea a la española, cifra que nadie documentó pese a que se pidió el enlace.
La humildad: ¿virtud o sumisión?
El choque acabó, como suele, en una discusión sobre palabras. Se recordó que
humilitas procede del latín y aludía a postrarse ante los dioses, a reconocer la propia bajeza; de ahí que una parte defendiera que la humildad jamás es una virtud y que lo son la dignidad y la honestidad. La otra parte replicó que la humildad auténtica no es servilismo, sino no creerse en posesión de toda la razón y admitir que el otro puede tener una pieza del puzle. También asomó la lectura bíblica: los mansos que heredarán la tierra, matizó alguien, no son los sumisos, sino quienes no se creen ya todo lo que tienen que ser.
Ahí estaba el asunto de partida, escondido entre etimologías. Si cada bando usa su supuesta superioridad moral para no revisar nada de lo propio, ¿queda algún votante dispuesto a conceder que el adversario tenía un dato que él no manejaba?