Celebrar la muerte de la hija de Duguin y condenar la de ETA: el doble rasero
La muerte de la hija de un ideólogo ruso ha reabierto una pregunta incómoda: ¿por qué se celebra la eliminación de un objetivo en Moscú y se condena sin matices un atentado terrorista en España? El punto de partida es una afirmación que circula con naturalidad en ciertos círculos:
los etarras brindaban con champán cada vez que un español quedaba frito. De ahí al doble rasero hay un paso.
El argumento del doble rasero: celebrar según quién muera
La tesis central es sencilla. Si uno se alegra de la muerte violenta de una persona por sus ideas, debería alegrarse también de las víctimas de ETA, porque el mecanismo es idéntico: eliminar al adversario. Quien sostiene esto señala una contradicción flagrante: condenar el terrorismo etarra mientras se aplaude un asesinato selectivo en Moscú.
El doble rasero no es una opinión: es una inconsistencia lógica.
Hay quien responde que no hay tal contradicción, porque una cosa es un atentado terrorista y otra un objetivo militar en un conflicto abierto. La distinción, sin embargo, se vuelve borrosa cuando la víctima no empuñaba un arma. La hija del ideólogo no era combatiente. Y ahí es donde la coartada se agrieta.
¿Por qué se celebra la muerte de la hija de Duguin?
La respuesta que se da en el material es que se trataba de
terroristas y promotores del genocidio que debían ser eliminados. Es decir, se justifica el asesinato por las ideas del padre, no por actos de la hija. Ese salto —castigar a alguien por lo que piensa su familia— es exactamente el que ETA daba cuando mataba a un concejal del PP por ser del PP.
La simetría es tan evidente que algunos participantes la subrayan con sarcasmo: si celebras la muerte de la hija, celebra también la de los concejales. Y si no lo haces, admite que tu criterio no es la justicia, sino el bando.
El contexto que se usa para justificar: Donbás, Crimea y el 2014
Para sostener la celebración se recurre a un relato previo:
en 2014 murieron rusófonos en el Donbás y en Odesa a manos de nacionalistas ucranianos, y el pacto de Minsk no se cumplió. Ese agravio se presenta como la causa legítima de todo lo que vino después. Es el mismo esquema que ETA usaba: un agravio histórico que justifica cualquier acción presente.
El problema es que ese relato, incluso si fuera cierto en sus términos, no convierte en legítimo el asesinato de una civil. La lógica del agravio acumulado es la lógica del terrorismo. Y quien la aplica para un bando no puede rasgarse las vestiduras cuando la aplica el otro.
La trampa de la propaganda: RT, CNN y el relato de cada bando
Ambos lados acusan al contrario de creerse la propaganda. Unos dicen que
lo dice la tele, El País y la CNN; otros responden que
RT lleva desde el siglo XIX diciendo que los católicos españoles mataban indios. La conclusión implícita es que nadie tiene la verdad, solo relatos. Pero esa conclusión es cómoda: permite celebrar una muerte sin examinar los propios criterios.
La propaganda no exime de responsabilidad moral. Si tu criterio para alegrarte de una muerte es lo que dice tu cadena preferida, no tienes criterio: tienes equipo.
El coste de normalizar la celebración
Normalizar la celebración de asesinatos selectivos tiene un coste. Primero, erosiona la distinción entre combatiente y civil, que es la base del derecho internacional. Segundo, legitima que el otro bando haga lo mismo. Tercero, y más grave, convierte la política en una guerra total donde el adversario no es un oponente, sino un objetivo a eliminar.
Quien celebra una muerte por las ideas del muerto está diciendo que las ideas se combaten matando. Y eso, se mire por donde se mire, es terrorismo. No hay vuelta que darle.
La pregunta no es si la hija del ideólogo era simpática. La pregunta es si estamos dispuestos a aplicar el mismo criterio cuando el muerto lleva nuestro carné. Si la respuesta es no, entonces no estamos condenando el terrorismo: solo el terrorismo del otro.