China entra en el 11-S: «lo que EEUU hace en realidad»
Un portavoz del Ministerio de Exteriores de China publicó un mensaje con una imagen de tres viñetas. La primera recoge lo que Japón, Corea, Vietnam, Irak, Pakistán, Yugoslavia y Afganistán creen que hacen los Estados Unidos. La segunda coloca a Superman: lo que los propios EEUU piensan que están haciendo. La tercera muestra los atentados del 11 de septiembre bajo la leyenda «lo que hacen en realidad». Leído así, el gráfico vendría a sostener que Washington se atacó a sí mismo. Que lo difunda una cuenta oficial de Exteriores, y no un tuitero anónimo, es lo que convierte el episodio en algo más que un meme.
A fecha de 30 de agosto de 2022, la pieza llevaba
catorce días fijada en lo alto de la conversación, con un enlace que apunta a la órbita de Voltairenet. El gesto no pasó desapercibido: el propio autor del mensaje inicial subrayaba la diferencia de rango que supone que el mismo contenido salga de una cuenta oficial de Exteriores y no de un usuario anónimo.
Qué dice el gráfico y qué no sostiene ninguna prueba
Conviene separar dos planos. Uno es el hecho verificable: un representante oficial chino difundió una imagen que, en la lectura que se hace en el hilo, atribuye a EEUU sus propios atentados, y lo hizo desde una cuenta institucional. Otro, muy distinto, es si la tesis resiste un examen mínimamente serio. Ninguna prueba pública sostiene que el gobierno estadounidense organizara el 11-S, y ninguna de las fuentes que se manejan en la conversación aporta documentación nueva al respecto. Se trata de una acusación sin respaldo documental, por mucho rango que tenga quien le da al botón de compartir.
El matiz importa porque cambia el diagnóstico. Si la pieza fuera un bulo de un particular, se archivaría como tal. Firmada por Exteriores, se lee como posicionamiento. Y el posicionamiento tiene un precio.
«Actually» no es «actualmente»: el traductor que metió la pata
El detalle más citado de toda la conversación no fue geopolítico, sino lingüístico. Al pasar el gráfico por un traductor automático, la tercera viñeta salió como «Lo que creo que hago | Lo que hago actualmente». La corrección llegó en cadena:
actually significa en realidad, mientras que actualmente se traduce por
currently. Un falso amigo de manual, de los que encabezan cualquier lista.
Hubo quien zanjó que «actual» quiere decir «real». Y hubo quien salió en defensa del traductor y propuso enviar un reporte para que se corrigiera. La anécdota, aparentemente trivial, ilustra algo más serio: la interpretación de un mensaje diplomático depende de una sola palabra mal colocada.
Chechenia, Putin y el precedente que incomodó a Washington
El paralelismo histórico que se trae a colación es ruso. Según el relato del mensaje inicial, cuando los medios occidentales arreciaron contra la guerra de Chechenia, algunos servicios de inteligencia rusos fueron acusados de atentados de falsa bandera para atribuírselos a los chechenos, y Putin respondió con varios programas de máxima audiencia en la televisión rusa donde se discutió la versión oficial del 11-S. Sin portavoz oficial de por medio, eso sí.
Según este relato, Condoleezza Rice montó en cólera y se lo tuvo que tragar: a partir de ese momento, se dejó de hablar de aquellos supuestos autoatentados. La comparación se utiliza para subrayar la diferencia de rango: lo que en Moscú se canalizó por tertulias, en China salió de una cuenta oficial. Y eso, sostienen algunos, es un cambio de nivel.
Cuatrocientas mil toneladas de acero y la tesis de la demolición
En la parte técnica del asunto se repite un argumento que se presenta como irrebatible: las 400.000 toneladas de acero y hormigón de las torres cayeron en caída libre, como caería una bola de billar sin nada debajo. Para esa corriente de análisis, un desplome así solo se explica mediante una demolición controlada, y una demolición de ese calibre exige meses de preparación. La conclusión que extraen es que hubo autores materiales identificables a los que nunca se ha señalado.
Es una hipótesis ampliamente discutida y carente de respaldo judicial. Se formula, se repite y se comparte, pero no ha prosperado en ningún tribunal.
¿Por qué la conversación acabó hablando de la covid china?
El salto de tema tiene su lógica: si se cuestiona el relato ajeno, se acaba cuestionando el propio. Aquí entra la política sanitaria china. Una parte sostiene que Pekín no impuso el pasaporte covid ni la vacunación obligatoria, pero sí mantuvo controles PCR rigurosos y confinamientos que, por su localización, golpeaban justo las exportaciones más sensibles. La lectura es que el cierre no era solo sanitario.
A partir de ahí, el intercambio se ensancha: qué significa «Occidente» o «comunidad internacional», si son sinónimos de la OTAN, de la Unión Europea o de un supuesto poder mundialista que se postula sin pruebas. Frente a quienes ven en China un contrapoder, otro bloque de opinión responde que Pekín es un Estado vasallo más del mismo poder. Dos relatos opuestos que comparten un mismo punto de partida: la desconfianza hacia el discurso oficial.
Al final, el dato que descoloca no es el gráfico, ni el portavoz, ni el traductor. Es que catorce días después, la pieza seguía clavada arriba, y nadie había conseguido demostrar nada de lo que decía ni desmontarlo del todo. La conversación no cerró: se mudó a otro sitio.