La ciencia avanza, pero la impaciencia humana no perdona
Hay una angustia que recorre ciertos debates de sobremesa y que, de un tiempo a esta parte, se ha instalado en la conversación digital: la sensación de que la ciencia avanza a trompicones y de que el ser humano, pese al teléfono móvil en el bolsillo, sigue sin saber casi nada. El detonante de esta reflexión, según un participante, es un aniversario que se cumple estos días: el siglo del descubrimiento de las galaxias. Un hito que, más que celebrarse, sirve para recordar todo lo que aún no se sabe.
El planteamiento de ese participante es crudo: hace poco más de 100 años no había ni aviones, ni luz eléctrica, ni agua potable en las casas. Hoy, en pleno siglo XXI, se desconocen las profundidades del mar, lo que hay realmente en las capas del planeta y cómo funciona el espacio. Solo hay «cuatro teorías de mierda improbadas», según su formulación. Y mientras tanto, millones de personas en el primer mundo niegan la existencia de los virus.
El lastre de los 15 siglos de retroceso
La tesis central de ese descontento apunta a un culpable histórico: la destrucción de la civilización grecorromana a manos de las sectas religiosas venidas de oriente. El argumento sostiene que entre el final del mundo clásico y el año 1750 no se recuperaron los avances científicos, culturales y sociales que ya existían en la Antigüedad. Si eso no es un retraso para el planeta, que alguien explique qué lo es.
La réplica no se hace esperar. Hay quien sostiene que la debacle fue provocada por la debilidad e inestabilidad del poder central romano, y que los cristianos solo vinieron a recoger lo sembrado. Más aún: el cristianismo habría dado varios años más de oxígeno al imperio al unificarlo bajo un nuevo estandarte antes de caer bajo los germanos. La culpa real, en esta lectura, recae en los hunos, que debilitaron la estructura y permitieron que los germanos entraran a cuchillo.
Otra corriente del análisis va más atrás y señala que la propia humanidad está en pañales. Diez mil años no son nada, especialmente cuando la mayor parte de ellos nos los hemos pasado cosechando, pastoreando, migrando, muriendo de enfermedades y asesinándonos de formas horribles, mientras las élites se dedicaban a pajas mentales filosófico-religiosas, escribir poesía, montar orgías y esclavizar a todos los que estaban por debajo.
El progreso medieval que el relato oficial oculta
Frente a la imagen de un milenio oscuro, algunos análisis defienden que durante la Edad Media hubo un progreso brutal y que el avance nunca se detuvo. Eso serían ideas inculcadas por los progres de la época y repetidas por los de hoy para culpar a la Iglesia de algo que no ocurrió. El desarrollo naval de 1725 no se puede comparar con el del siglo I romano, y la construcción experimentó un salto con la aparición del estilo gótico, que cerró el románico.
El matiz es importante: se concede que desde el siglo IV al XI pudo haber un estancamiento, especialmente en Europa occidental. Pero de ahí a hablar de quince siglos de nada hay un trecho. La evolución natural, incluida la humana, es un proceso complejo y no lineal: se prueba una vía, no funciona, se prueba otra, y a veces hay que esperar millones de años para el siguiente intento.
La física cuántica y el electrón que nadie ha visto
El debate se adentra en terrenos más técnicos. Hay quien recuerda que, a día de hoy, no existe ningún modelo del electrón, del neutrón ni de ninguna otra partícula. Heisenberg ya lo dijo: lo más que podemos hacer es conocer las propiedades de objetos que denominamos electrones, pero eso no nos dice nada sobre lo que ES un electrón. No le hicieron mucho caso porque fue nazi, pero el tiempo le ha dado la razón.
La conclusión que se extrae es incómoda: la ciencia no es ni un 10% de lo que dice ser. Y la mayoría prefiere aferrarse a ideas cómodas y cuentos reconfortantes en lugar de buscar la verdad. Con estas actitudes, como especie, seguimos en pañales.
El límite económico y la vida que se acaba antes que el avance
Hay un factor que suele pasarse por alto: la vida humana se ha quedado corta para lo que hoy necesita la ciencia. Los padres de posibles avances científicos se mueren sin verlos confirmados, algo que no ocurría durante el siglo XIX y los primeros dos tercios del XX. Ahora hay límites económicos, industriales, financieros y organizativos que hacen que se tarde muchísimo en desarrollar nuevos instrumentos y experimentos de gran coste.
En el terreno de la biología, la complejidad es enorme y ahí tendrán que ayudar las máquinas, que ya lo hacen, pero más lo harán. La pregunta que sobrevuela es si la ciencia está alcanzando sus límites y entrando en franca decadencia, o si simplemente estamos en el parvulario del conocimiento. La tecnología que emana de la ciencia existente es otra cosa.
La angustia del siglo XXVI
La reflexión final es inevitable: ¿cómo será el mundo en el siglo XXVI? La angustia no viene de lo que se sabe, sino de lo que no se va a ver. Podrían existir fuentes de energía limpias infinitas y renovables, colonias en varios planetas, secretos de los viajes intergalácticos y enfermedades todas curables. Todo eso que podría ser y que no veremos.
El consuelo, si es que hay alguno, es que la humanidad lleva poco tiempo en esto. Pero la impaciencia es humana, y la sensación de que se pierde el tiempo, también. Mientras unos se rompen los cuernos descifrando los enigmas de la física del universo, otros niegan la existencia de los virus. Y así, entre unos y otros, la ciencia sigue avanzando a trompicones.