El coche de combustión agoniza: las gasolineras europeas pierden 2,5 millones de clientes
Las gasolineras europeas han perdido en el último año
2,5 millones de clientes, a los que hay que sumar 1,2 millones de conductores que se han pasado al híbrido enchufable y que reducirán aún más sus visitas hasta dar el siguiente paso. La tesis que abre el asunto es tajante: el coche de combustión no valdrá nada en muy poco tiempo. El argumento de fondo no es ideológico, sino de mercado: las ventas de eléctricos en Europa entre enero y octubre explicarían por qué el
brent sigue estancado en los 60 dólares pese a las guerras, la inestabilidad y los conflictos geopolíticos que, en teoría, deberían dispararlo.
La reacción no se hizo esperar. Buena parte de las respuestas niegan la mayor y apuntan a un mercado de segunda mano eléctrico que, sostienen, es prácticamente inexistente:
nadie va a comprarte la lavadora usada, resume uno de los mensajes más repetidos. Otros añaden un matiz incómodo: según sostienen algunos participantes, la mitad o más de los compradores de eléctrico o híbrido lo hacen por la subvención y por aparcar gratis en ciudad, no por convicción. Y avisan: veremos qué pasa cuando se corte el chorro de dinero público.
Cuánto cuesta de verdad un eléctrico sin ayudas
El eje del escepticismo es económico. Un eléctrico sin subvención, sin punto de carga propio y sin ventajas fiscales deja de cuadrar para buena parte de los usuarios. Quien vive en el mundo rural y tiene placas solares y enchufe, en cambio, juega con ventaja: carga a coste marginal casi cero y se mueve a precio de risa. El problema es que ese modelo no es exportable a todo el mundo ni a todo el territorio, y exige una infraestructura que tardará años en llegar.
Hay quien va más allá y sostiene que ninguna tecnología totalmente superior a la anterior necesita subvención para imponerse. Si algo está subvencionado, argumentan, es porque no es lo mejor en igualdad de condiciones. La contra replica con el caso noruego: allí el eléctrico arrasa, pero el noruego medio gana varias veces lo que el español y lleva décadas de presión política y ayudas escandalosas detrás. La comparación, dicen, no se sostiene.
El frío, la autonomía y el viaje que no sale
La experiencia de uso desmonta entusiasmos. Un usuario relata el caso de un conocido con un BYD: cargando en enchufe doméstico normal tarda más de 20 horas desde un 10%; en electrolinera, media hora pero a precio carísimo. Con frío, la batería se queda en unos 250 kilómetros. Y en viaje largo, el coche decide la ruta en función de dónde cargar:
tú sirves al coche y no él a ti.
Frente a eso, los defensores del eléctrico cuentan otra película. Un conductor con años de experiencia asegura que la degradación de la batería fue menor del 10% en ocho años, unos 45 kilómetros de autonomía perdida. Y describe viajes largos con paradas de menos de diez minutos en cargadores de 300 kWh. La brecha entre ambas experiencias no es de datos: es de perfil de usuario.
El párking como termómetro: plazas vacías
Uno de los testimonios más citados viene de dentro del sector: alguien que trabaja en un aparcamiento asegura que las plazas reservadas para eléctricos están casi siempre vacías, con uno, dos o ningún coche. Casi el cien por cien de los vehículos que ve son de combustión. Su conclusión es que, al menos en España, la gente no le hace ni caso a esos coches... salvo que se prohíban los otros y se impongan por ley. Ahí, dice, la gente obedece y en dos días entierra lo anterior sin gritos.
El argumento tiene su reverso. En autopista, ver languidecer un eléctrico de 500 caballos y 130.000 euros a poco más de 100 km/h para no ser adelantado por camiones da que pensar. Para trayectos urbanos y entornos controlados, en cambio, el eléctrico funciona. El problema es cuando se sale de ahí.
China, Dinamarca y el precio que no llega a España
Los datos internacionales aprietan. En China, más de la mitad de los coches vendidos este año tienen enchufe. En Dinamarca, el 74% de los vendidos en noviembre fueron eléctricos, frente al 70% del mes anterior. Son cifras que el relato escéptico tiene difícil encajar, aunque siempre queda el recurso de decir que son mercados distintos.
Y lo son, al menos en precio. Un modelo como el Leapmotor B05 se lanza en China por el equivalente a 12.000-12.800 euros, mientras que en España se espera que ronde los 27.000-30.000. La empresa conjunta con Stellantis para el resto del mundo explica el salto: aquí nos los clavan a precios europeos. Ese diferencial, más que cualquier discurso, decide qué se compra y qué no.
La pregunta que queda flotando no es si el eléctrico es mejor o peor, sino para quién. Con garaje, placas y trayectos cortos, gana por goleada. Sin nada de eso, la cuenta no sale. Y mientras tanto, el brent sigue en 60 dólares y las gasolineras pierden clientes cada mes.