Microsoft despedirá jefecillos y no programadores
Un tuit atribuido a una cuenta llamada @NIK asegura que Microsoft planea despedir a managers y a personal no codificador, no solo a los de bajo rendimiento, y que lo hará el mes siguiente al de la publicación. La noticia, enlazada a Business Insider, se convierte en el detonante de una discusión más amplia: qué pasa cuando la inteligencia artificial entra en la estructura de una empresa y no solo en su producto.
La paradoja es evidente. Durante años se vendió que la IA venía a por los programadores. El plan filtrado apunta a lo contrario: los que se quedan son los que escriben código, y los que salen por la puerta son los que gestionan, coordinan y supervisan a quienes escriben código. La reacción inmediata en el sector no es de alivio, sino de ajuste de cuentas.
Menos política y más producto: el nuevo reparto de poder
La lectura más repetida es que la IA no elimina trabajo, elimina intermediación. Un analista lo resume así: la tendencia es menos política y más producto, menos gestión y más código. Quien no aporte al producto, se reinventa. Y no será solo Microsoft, avisan: es una tendencia que se extenderá.
El argumento tiene una base concreta. En cualquier empresa de construcción hay curritos y un encargado, no más. En tecnología se han apilado project managers, project directors, asistentes de proyecto, product managers y una retahíla de escalafones. Cada cambio tiene que atravesar toda esa cadena antes de llegar al que pulsa la tecla. Aplicado a otro sector, sería una locura.
La conclusión que sacan varios es que los mandos intermedios son el puesto más prescindible. No tienen información específica, cobran más y su función se solapa con la del consejo que decide. Despedirlos es, en términos contables, un win-win.
La IA que ya sustituye al programador y al que no lo es
Hay un testimonio que conviene leer despacio. Un desarrollador que empezó programando en ensamblador Z80 sostiene que hoy hace mediante instrucciones a un modelo de lenguaje, en dos días, lo que antes le costaba dos meses. No se trata de ser buen o mal programador: la herramienta es de otro planeta si sabes comunicarte con ella. Otro caso: un proyecto íntegro en JavaScript, con llamadas a una API para integrar datos, unas 5.000 líneas y 300 funciones, desarrollado desde cero por una IA y dejado funcional con algunos retoques. Eso sí, hay que ir paso a paso y pedir las funciones de forma estructurada; pedir una tienda online y ya está devuelve un truño.
La consecuencia lógica es incómoda para el propio oficio. Si la IA escribe el código, el programador clásico también está en el aire. La diferencia es que el manager no tiene una herramienta equivalente que le sustituya con la misma eficacia, porque su trabajo no era producir, era intermediar.
El día que la IA sustituya al CEO
La pregunta que sobrevuela la conversación es por qué no se empieza por arriba. Para una IA es más fácil sustituir a un consejero delegado que a un programador, apunta un participante, y no es una cuestión de capacidad sino de gasto energético. El directivo toma decisiones con información agregada; el programador lidia con la excepción, el caso raro, el sistema que se rompe a las tres de la mañana.
El contraargumento es que los directivos siguen siendo necesarios, pero en su número: uno por sección, para poner orden y ejecutar lo que decide el consejo. La discusión no es si sobra el jefe, sino cuántos jefes sobran. Y la respuesta que da el plan filtrado es: casi todos.
Los que se quedan fuera y los que ya estaban fuera
El trasfondo social es el que más incomoda. Si Microsoft externaliza mantenimiento, limpieza, contabilidad, abogados y seguridad, el despido no toca a esos servicios: toca a la capa intermedia propia. Y si el fenómeno se generaliza, el reparto de clases que describe un participante es el siguiente: multimillonarios y políticos arriba, rentistas que viven de inversiones inmobiliarias y bursátiles, funcionarios que al menos tienen que ir a la oficina, perceptores de ayudas, y el resto de trabajadores de la privada repartiéndose entre esos tres últimos grupos. El único cambio real es que los de la privada caen a los escalones de abajo.
No es una predicción halagüeña, pero tampoco nueva. La discusión deriva hacia la inflación como mecanismo silencioso: si el dinero es la métrica de la relación entre tiempo y valor, eliminar la capacidad de ahorro equivale a eliminar la capacidad de disponer del propio tiempo de vida. De ahí la fórmula que se repite: inflación es esclavitud.
Queda la pregunta incómoda. Si la IA escribe el código, gestiona el proyecto y atiende al cliente, ¿qué queda exactamente de la estructura que la empresa construyó para supervisar todo eso? La respuesta, de momento, la tiene un plan filtrado que nadie ha desmentido.