Milei promete dolarizar en 9 a 24 meses y saltarse al Congreso con plebiscitos
Javier Milei no ha ganado nada todavía y ya está gobernando por decreto imaginario. El candidato libertario sostiene que le han robado un 5% de los votos, que tiene denuncias cursadas por desaparición de papeletas y que, con tres cuartos del país detrás, puede permitirse el lujo de no ceder un ápice de su programa. Su plan estrella: quitar el peso y cerrar el Banco Central en un plazo que va de los 9 meses del modelo ecuatoriano a los 24 del salvadoreño, quedándose en un punto intermedio. En cuanto tres cuartos de la masa monetaria se conviertan libremente a dólares, el resto es dolarización directa. Así, sin anestesia.
La hoja de ruta no se queda ahí. Promete desmantelar lo que él llama una estructura estatal de desarrollo científico que emplea a 35.000 personas —argumenta que la NASA tiene la mitad de plantilla y produce más—, cambiar el modelo educativo entregando el dinero a los padres para que elijan colegio (modelo sueco) y someter sus reformas a plebiscito nacional cuando el Congreso le bloquee. La pregunta con la que desafía a la oposición es simple: por qué el pueblo no puede hablar.
Quién está detrás del equipo económico y qué dicen los números
El andamio financiero de la dolarización tiene dos agujeros que, según un cálculo que circula en el debate, el propio candidato y su entorno reconocen. El primero: los pesos en circulación equivalen a unos 10.000 millones de dólares, mientras el Banco Central solo tiene 2.000 millones en activos. El segundo: hay 30.000 millones de dólares de pasivo. La cuadratura del círculo pasa, según ese mismo cálculo, por que los argentinos repatríen parte de los 250.000 millones que tienen fuera del país y por dar valor a los bonos que cotizan a 25 centavos en Nueva York.
En el plano técnico, hay al menos cuatro esquemas de dolarización sobre la mesa. Uno de ellos, el de la Banca Simons de la escuela de Chicago, dejaría a la banca comercial con encaje del 100% y sin moneda de curso legal, con el
dólar como predominante. Otro, el del economista Emilio Ocampo, apuesta por una dolarización directa al estilo Panamá, sin Banco Central y con reserva fraccionaria. Que Milei lo haya fichado como asesor y no como miembro de su equipo económico alimenta la sospecha, según un participante, de que el debate técnico está menos cerrado de lo que se vende.
El gasto público, la educación y el ejército: qué piensa tocar
El recorte de Milei no distingue entre sagrados y profanos. Sobre la mesa está la eliminación del aparato científico estatal, la conversión del sistema educativo en un cheque escolar que los padres gasten donde quieran —con los colegios compitiendo por ser mejores— y la reorganización de las cuatro Fuerzas Armadas bajo la batuta de Victoria Villarruel como ministra de Defensa. No se habla de eliminar el ejército, pero sí de coordinar lo que hoy, según su entorno, no se coordina.
El argumento educativo tiene un dato incómodo: Argentina fue expulsada de la evaluación PISA por falsear las boletas. El argumento científico también tiene su anécdota. Un biólogo español que visitó un instituto de investigación sobre calamares describe cómo los jefes salían por otra puerta para no tener que demostrar que no sabían nada del tema. Son dos ejemplos que explican por qué el discurso de arrasar el aparato estatal encuentra eco.
El plebiscito como arma y el miedo como respuesta
Cuando le preguntan cómo piensa aprobar todo esto sin mayoría parlamentaria, Milei no se arruga: lo lleva a plebiscito nacional y que la oposición explique por qué el pueblo no puede hablar. Es una jugada de doble filo. Si gana, tiene mandato popular por encima de la Cámara. Si pierde, se queda sin programa y sin excusas.
Enfrente, el oficialismo de Sergio Massa juega la carta del miedo. El ministro de Economía en funciones puede presentarse como el único capaz de evitar el desastre que, según su relato, traería Milei. Con los indicadores macroeconómicos destrozados y un tipo de cambio en caída libre, la pregunta es si el electorado prefiere al que promete el caos controlado o al que gestiona el caos actual. La división de Juntos por el Cambio, con los votos de Horacio Rodríguez Larreta repartiéndose entre Massa y Patricia Bullrich, dibuja un escenario de tres tercios donde nadie tiene la victoria asegurada.
El argumento del paciente terminal y la factura pendiente
La defensa más repetida del experimento Milei es la del enfermo desahuciado. Argentina lleva décadas con todos los remedios convencionales aplicados y el paciente sigue en la UCI. Cuando alguien propone algo distinto, los que administraron el fracaso se arrogan la superioridad moral para descalificarlo. Es una lógica que tiene su punto: si el país está roto, el coste de oportunidad de probar otra cosa se reduce.
La objeción no es menor. La dolarización quita al país una capacidad inmensa de autonomía futura. Y el ajuste, si se hace de verdad, implica que cientos de miles de personas que hoy viven del Estado tengan que buscarse la vida. Eso no se hace sin conflicto social. La pregunta que sobrevuela todo el asunto no es si Milei puede ganar, sino si el sistema le dejará gobernar o si el primer año de legislatura acabará con un atentado contra su vida, como sostiene un participante. Con estos mimbres, el cristo padre no es una posibilidad: es el escenario base.